• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Godzilla, o cómo olvidar el Apocalipsis

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Godzilla (“Gojira” en su japonés natal) es una película japonesa de ciencia ficción realizada en 1954, es decir, hace 62 años. Fue producida y distribuida por la famosa Toho Company, que realizó en su momento un sinfín de películas parecidas al enorme monstruo verde. Sin embargo, con sus cientos de variaciones, fue Godzilla la primera de muchas películas de Kaiju que se producirían en Japón a partir de entonces. La traducción de Kaiju vendría siendo la de “monstruo gigante”, aunque para ser más exactos habría que añadirle “que destruye la ciudad”.

Sinopsis rápida: Godzilla, una bestia antigua emergida de las profundidades del océano (una suerte de dinosaurio gigante) e irradiado por las pruebas japonesas de la bomba H, reduce a Tokio a una pila de cenizas. Fin.

Sin embargo, aunque la trama es bastante sencilla, y si se quiere hasta tonta, hay mucho más detrás de todo esto. Mucha gente probablemente se aburriría con la inevitable destrucción de Tokio, que es considerada lenta para los estándares de hoy. Pero es que Godzilla no es una película de acción, sino un film noir. Uno clásico, además. Todo comienza con la desaparición de un bote. Cuando van a investigar, desaparece otro. Así, el misterioso “asesino” va cobrándose víctimas. Alguien logra sacarle una foto, apenas una pista que no logra descifrar de qué va el asunto. El gobierno y las autoridades no creen nada de lo que les dicen, no colaboran. El propio monstruo no se revela completamente durante un largo rato, y cuando finalmente se lo muestra, es un malévolo depredador negro de piel reluciente, que permanece en las sombras, y es mucho más temible que el monstruo verde y brillante (casi como mascota de cereal Kellogg’s) que se mostró en las muchísimas secuelas que le precedieron. El asesino, el monstruo, hace su completa aparición en el último tercio de la película, donde deciden asesinarlo. Los otros dos tercios están compuestos por una compleja superposición de tramas psicológicas, cargadas del típico drama oriental, donde hay amor frustrado, misterio, incógnita e incomunicación.

Sin embargo, parecido con lo que sucede con su homólogo americano King Kong, Godzilla parece ser menos incomprensible a medida que ataca. Los personajes hablan de él no como enemigo sino como una fuerza del destino, un dios. El subtexto ineludible es que Japón, de alguna manera extraña, se merece este infierno. Los ecos de la Segunda Guerra Mundial son muy fuertes, solo han pasado diez años, y la devastación llevada a cabo por el monstruo no es nada dulce; es un inquietante espejo de Hiroshima y Nagasaki, y las muertes y lesiones nos lo recuerdan. Esto volvió a Godzilla en el símbolo pop más magnífico del apocalipsis nuclear, pero también el espíritu primordial de la agresividad japonesa que se ha dado vuelta contra sí misma. Una suerte de moraleja, en vida, de que si siembras daño, si siembras guerra, cosecharás lo mismo más adelante.

En 2004, el documentalista norteamericano Michael Moore estrenó uno de sus largometrajes más exitosos: Fahrenheit 9/11. Una visión sobre lo que pasó en Estados Unidos tras el 11 de septiembre, y cómo la administración del presidente Bush usó aquellos desafortunados eventos para impulsar sus propios intereses y declararle injustamente la guerra a Iraq y Afganistán. Godzilla de cierta forma fue el Fahrenheit 9/11 de su época. Criticó duramente al gobierno y al ejército japonés y a sus decisiones, posturas y acciones durante la Segunda Guerra Mundial. La violencia generadora de violencia es reflejada bajo las escamas del enorme monstruo. Y a la vez, como el documental de Moore, era una advertencia para las futuras generaciones de japoneses que seguramente olvidarían todo muy rápido. Y, lastimosamente, así fue. Gojira se transformó en una industria, que mimetizaron a más no poder y que fue perdiendo su esencia mientras le agregaban más y más hielo. Se volvió un defensor de la raza humana que peleaba en medio de explosiones y destrucción. Combatía contra otros monstruos, contra polillas gigantes, invasores del espacio, contra su simiesco homólogo americano, y contra una versión metalizada de él mismo. De Godzilla surgió Ultra Man, Mazinger Z, luego los Power Rangers. Se versionó y utilizó en millones de referencias a nivel mundial, desde la caricatura Rugrats, pasando por Pokemon, hasta en episodios de South Park. En Japón es una imagen de culto, popular, cool. Montones de merchandising aglutinados en las esquinas alumbradas por neón de las calles de Tokio. Franelas del monstruo destruyendo la ciudad al lado de una de David Bowie como Ziggy Stardust. Figuras de acción coleccionables al lado de Pikachu y Homero Simpson. No queda ni un poquito de su pasado, de su advertencia, de su sangrienta moraleja en esas tazas, ni en las chapas, ni en la mochila que imita sus características placas de estegosaurio. Como el documental de Michael Moore, que ganó palma de oro en Cannes, fue olvidado, trasformado y engavetado por generaciones. Y resulta extraño pensar que teniendo al alcance de nuestras manos la información, que viviendo con una pantalla inteligente en nuestros bolsillos que nos puede conectar con toda la información del mundo a todo momento, sigamos siendo tan ajenos a la historia, al pasado. Nuestra era de comunicación nos hace reconocer a Godzilla como ese “monstruo verde japonés” y diferenciarlo del “monstruo verde de Star Wars”, pero sin contenido ni fondo. Pareciera que a medida que estamos más conectados prestamos menos atención no solo a nuestro entorno inmediato y directo, sino a la breve información que consumimos por diversas redes. Una generación que lee menos, que profundiza menos, que vive de la síntesis, de los títulos, de los hashtags, de los gifs y los memes, pero que es incapaz de recordar lo vivido hace apenas unos años atrás. Quizás, como los japoneses de ahora, hemos guardado aquello que debía subrayarse y recordarse en una gaveta muy oculta de nuestro inconsciente, y hemos suplantado esa información por un material audiovisual breve y brillante. Los adolescentes millenials norteamericanos no se acuerdan de lo que ocurrió el 9/11, y muchos adultos que apoyan a Trump para las próximas elecciones, tampoco. En Perú parece ocurrir lo mismo, demostrando que han olvidado su historia reciente apoyando a la hija de uno de sus más terribles dictadores. En Venezuela, bueno… la memoria nunca ha sido una de sus grandes virtudes, y quizás lo que haga falta sea justamente eso: inculcar, motivar y mantener una conciencia histórica de lo que hemos sido y de lo que pasó. Sin alterarla a conveniencia, sin transformar a nuestros próceres a la imagen y semejanza del líder de turno, sin aprovecharse de la incultura de las masas. Que aprendamos, para luego no volver a caer en el mismo hueco, y que no transformemos a los pranes, por ejemplo, en el símbolo pop más magnífico de nuestro apocalipsis social.