• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Género negro, a propósito de John Connolly

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Hace un mes tuve la posibilidad de asistir a una charla de John Connolly, aquí en Buenos Aires. El escritor irlandés era el invitado de lujo para un festival de novela negra y policial que se desarrollaba en la ciudad, por lo que la sala estaba llena. Para sorpresa de todos, John realizó su charla en español. O, más bien, un intento de español machucado que arrancó risas y desconcierto por igual. Habló de sus libros, de su vida, del proceso de escritura; en fin, de lo que habla un escritor normalmente cuando se le invita a algún evento. Sin embargo, dentro de su sencilla y amena charla, dijo algo que me pareció muy interesante.

La historia va más o menos así: era joven, universitario, y vivía en un vecindario corriente. Un día, ante la congregación de vecinos en la planta baja de un edificio, se acercó de curioso a ver qué pasaba. La policía sacaba el cuerpo de una chica, más joven que el propio Connolly. Había sido brutalmente asesinada a golpes dentro de su apartamento. La gente lloraba, estaba consternada. John, que para ese entonces apenas escribía su primera novela, se fue con aquella imagen en la cabeza. La noticia enseguida cobró importancia en toda Irlanda, y tomó la primera página de los periódicos. Hablaban de la pobre chica asesinada en la radio, en la televisión, en las calles. Y entonces, descubrieron que la chica ejercía como prostituta. Debía trabajar para poder ayudar a su madre, enferma de cáncer. Ambas eran inmigrantes ilegales, de alguna zona remota de Asia, es decir, que eran sumamente pobres. La madre moría lentamente, por lo que no podía buscar empleo. La chica tomó la única oportunidad que le brindaba la vida ante su ilegalidad: otro acto, en teoría ilegal, pero necesario para su supervivencia. John nos cuenta que apenas se supo que la chica era prostituta, la reacción de toda Irlanda cambió. La gente empezó a ver la historia de otro modo, a hablar de la chica de otra manera. Por su oficio, aquellas personas que ayer lloraban de lástima su partida hoy no lo hacían. Les parecía indiferente, o peor aún: justificaban aquella muerte con su profesión. Como si el hecho de no saber que ella fuera prostituta por alguna razón la subía en el podio de la compasión. Pero ahora la gente comentaba que seguro su muerte se debía a su trabajo, y hasta que se lo podía tener merecido. La radio y la televisión dejaron, poco a poco, de reseñar un asesinato que seguía siendo igual de macabro que desde el principio. La madre, enferma, fue deportada y murió sola en su país natal. El asesino, por supuesto, nunca fue encontrado. El caso se cerró. Irlanda pasó la página. Y, probablemente, el único que sigue pensando en aquella chica que jamás recibió justicia sea el propio John.

Pero algo cambió. John terminó su novela, y ya para la segunda la historia de la chica asesinada a golpes cobraba vida en sus páginas. En la novela de Connolly el crimen sí es resuelto. Su detective Charlie Parker, de una forma u otra, consigue vengar dentro de la historia el recuerdo de aquella que fue ignorada en la vida real. La ficción se vuelve una solución, al menos emocional, para el escritor que arrastra el recuerdo. Por fin se hace catarsis. Durante la charla, el dublinés nos contaba que había decidido escribir aquella historia por pura satisfacción personal. Era su manera de equilibrar un mundo que es cada vez más caótico, salvaje, abominable.

En la vida real extrañamos a detectives como Charlie Parker, que vengan a combatir contra las injusticias del mundo, que restauren, aunque sea un poco, el control perdido. Nos hacen falta un Philip Marlowe o un Sam Spade, que a pesar de ser inflexibles y duros, jamás perdieron la ética ni su idealismo. Ante la falta de respuestas en la vida misma, los héroes detectivescos necesitan entonces de las páginas para poder vivir. O de las pantallas. Quizás esa necesidad de ficcionar la justicia es lo que ha llevado a la realización de un gran número de series y películas del género negro en los años recientes. Si no puedes contra la maldad del mundo, crea una solución al menos para el alma. Y así nacen otros héroes. Por ejemplo, en la serie The Killing, somos testigos del brutal asesinato de una chica, que al igual que la de Connolly, a nadie parece importarle. La protagonista, la detective Sarah Linden, es quizás la única interesada de descubrir la verdad, de hacer justicia, de reestablecer el orden, de apaciguar el caos del universo. Nosotros como espectadores enseguida nos encariñamos con Linden porque, a fin de cuentas, todos los demás personajes de la serie (políticos, policías, familiares y amigos) son tan aterradoramente parecidos a nosotros, tan ajenos y egoístas, que terminamos aferrándonos a aquel chaleco salvavidas con forma de detective. Sarah Linden, al igual que Charlie Parker en los libros de Connolly, son tan reales, tan humanos, que terminan volviéndose más héroes que los propios Avengers. Ellos luchan contra el mal, el verdadero, no contra seres ficticios hechos de metal. Luchan contra seres humanos, como nuestros vecinos, nuestros alcaldes, nuestros amigos, tan llenos de secretos, vergüenzas, odios y rencores como los de cualquier otro ser humano. Eso los hace, de cierta forma, más cercanos. Más necesarios también.

Cuando vemos a Will Graham, de la serie Hannibal, o al detective Rust Cohle de True Detective vemos un engranaje de nuestra sociedad que está ausente, en peligro de extinción. Vemos una parte de nosotros que, faltante, late de nerviosismo al darse cuenta de que no podríamos hacer ni una décima parte de lo que ellos están dispuestos a hacer por alguien que no conocen. No solo eso; ellos son capaces de morir por intentar descubrir la verdad de algún desconocido ya muerto. ¿Acaso podríamos soñar con atrevernos a algo tan siquiera parecido? Probablemente no. Y quizás por eso es que dependemos de gente como John Connolly. Dependemos de sus mentes para justificar lo injustificable, retribuir a los caídos. Tal y como dijo el propio John, después de su charla: necesitamos más escritores del género. Yo también lo creo.