• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Santiago Zerpa

Extranjero

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Pronto cumpliré un año fuera de Venezuela, me acabo de dar cuenta de eso y no puedo dejar de pensar que se siente extraño ser inmigrante. Estudio cine con brasileños, ecuatorianos, chilenos, uruguayos y un montón de colombianos, pero ellos no tuvieron que irse de sus países como lo hice yo, casi huyendo. De hecho, se van de vacaciones a sus tierras natales a disfrutar de la comida regional, de la familia, del calor de la patria. Me cuesta explicar por qué yo no puedo hacer lo mismo, que entiendan que mi país (aunque no sea una isla) está cada vez más aislado del mundo. Sin embargo, ya hay muchos textos que hablan de las desventajas de la Venezuela actual y del caos en el que vive inmersa. Basta con ver las otras columnas de opinión para hacerse una idea de los presos políticos, las 70.000 muertes violentas manchadas de “revolución”, la falta de verdad, la inflación, el desabastecimiento, etc. (la lista es larga). Cuando digo que se siente extraño ser extranjero es por varios motivos que se escapan de los calificativos “bueno” o “malo”. Las cosas cambian.

La ventana de mi apartamento en Argentina da con la ventana de otro apartamento. Nos separan tres metros y trece pisos. Aquí los carros no dejan de sonar porque vivo en una avenida que nunca duerme. En Caracas me dormía con el sonido de las ranas que lograban hacer su casa en el metro cuadrado de jardín que había en mi casa. Pero me despertaban cosas desagradables. Una vez me desperté con los gritos de una mujer que habían secuestrado. Ella y su esposo estaban desnudos frente a la ventana de mi cuarto, llorando y procesando el shock de los que les había terminado de suceder. Habían estado dos días en la maleta de un carro. Otras veces me despertaban las peleas que se armaban entre los piedreros de la zona. Acampaban entre la basura de la calle y se caían a puñaladas por un último jalón de la pipa. A veces saltaban la reja de mi casa para robarse los bombillos, con los que hacían pipas nuevas. Quizás lo peor eran las rumbas que se armaban a dos casas de distancia, en lo que debía ser un centro de Misión Vivienda. El reguetón y el vallenato sin parar, las botellas rotas, los gritos, los insultos, y la caravana de motorizados armados (que muchas veces disparaban al aire para celebrar, como película Western) era el pan de cada noche de aquella organización del gobierno. Es raro no despertarse con ese tipo de cosas, ni escuchar tiros, ni gritos. Por primera vez en años puedo dormir corrido y he tenido que volverme esclavo del despertador. A veces, extrañado, oigo a lo lejos el sonido de una ambulancia. La contaminación sonora de Caracas no se vino conmigo, pero dejó su huella.

Cuando eres extranjero te vuelves un radar de otros venezolanos. Logras reconocerlos y encontrarlos por todas partes. Es difícil, al menos para mí, ver a muchos de ellos con gorras rojas caminando por Buenos Aires. Después de todo, pertenecer a un partido es lo que te permite hoy en día tener dinero y contactos para conseguir un pasaje y poder salir de Venezuela. Pero más difícil es verlos lanzando basura en la calle, cruzando semáforos sin tener la luz y por donde les da la gana, gritar cosas como: “¡Coño! La casa rosada parece sendo burdel”, a viva voz, mientras los argentinos voltean extrañados y se les quedan mirando. No me avergüenza ser venezolano, porque sé que como yo hay muchos otros. Me consta, lo he visto. Personas que han salido del país porque necesitaban agarrar aire antes de morir ahogados. Que trabajan como burros y ahorran para llegar a fin de mes. Que intentan adaptarse a las diferentes ciudades a las que se han ido, y siempre se van a sentir extraños, y siempre se recordarán de que toda la roncha que están pasando ahorita no se compara con la que pasarían si todavía estuvieran en Venezuela. Sí me avergüenzan, en cambio, los otros. Los que vienen a ensuciar una ciudad que no es suya porque han adquirido el terrible hábito de hacerlo en sus casas. Los que vienen pensando que en Venezuela todo está bien, y esto es un viaje para comprarse ropa y cositas de cuero, y comer rico, y tomar vino, y luego regresar a Venezuela que no está tan mal como la pintan, en donde todo está bien, chévere, normal. Los que se saltan un semáforo en rojo, y se colean en cualquier lado, y escupen gargajos en la calle, y regatean hasta un alfajor con el viejito del quiosco. Los que hablan insultando y bebiendo alcohol a pico de botella un martes al mediodía, porque tienen metido en la cabeza que la anarquía es algo natural y la viveza debe mostrarse siempre como la primera cualidad de supervivencia. Me avergüenzan porque son el producto de un país en decadencia, porque reflejan una dura realidad de lo que nos hemos vuelto. Y aunque haya excepciones (y menos mal que las hay) cada vez son menos. Poco a poco son más los niños que quieren ser malandros cuando crezcan y que tienen un video porno de una compañerita de clases en el celular. Me avergüenza y me da rabia que durante tantos años se haya premiado el hurto, la indecencia, la falta de cultura, la falta de educación, la inmoralidad, la desigualdad, el oportunismo, el salvajismo, la decadencia. Me entristece sentirme un extraterrestre dentro de mi propio país, menos extranjero aquí donde no nací, ni me crié, ni crecí.

Es extraño darse cuenta de estas cosas. No voy a decir que ahora estoy mejor ni peor porque no se trata de eso. Es un sentimiento raro, como el que ve un pez nadando en el río y sabe que es incapaz de atraparlo. Solo puedes quedarte sentado, pensando, mientras lo ves alejarse lentamente de tus manos. Y aceptar, aunque no lo entiendas, que hay cosas enormes que no puedes controlar.