• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Decir adiós

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La semana pasada fuimos a ver a Buena Vista Social Club. La gira, Adiós Tour, supone el fin de la agrupación cubana sobre los escenarios, y en verdad se merecen un descanso después de hacer, durante tanto tiempo, lo que mejor saben: tocar buena música. De todos los músicos y nombres que han pasado por la agrupación a lo largo de los años, solo quedan cuatro integrantes vivos. Omara Portuondo, Barbarito Torres, Guajiro Mirabal y Jesús “Aguaje” Ramos se encargan de mantener en pie un proyecto que, a pesar de todo, sigue funcionando. Las interpretaciones y el show fueron increíbles, redondos y nostálgicos, con sus respectivos tributos a los que ya no están. Más de dieciséis años tocando juntos y cerrando por todo lo alto un proyecto que pudo haber terminado antes, sí, pero que siguió viviendo con mucha honra hasta hoy. Salimos del concierto felices, por supuesto, pero también un poco tristes: ¿ya no habrá más Buena Vista?

Cerrar ciclos es complicado. Alejarse de la comodidad o arrojarse hacia un nuevo proyecto son cosas que nos aterran, nos paralizan. También lo es terminar algo. Darse cuenta de cuándo uno debe poner un punto y aparte, en vez de un punto y seguido, es quizás una de las decisiones más difíciles que debemos tomar como seres humanos. Nuestra naturaleza nos obliga a aferrarnos a aquello que nos ha hecho sentir bien, a aquello que nos hizo sentir importantes, que nos dio un nombre, cierto estatus, dinero, fama, amor, sin darnos (a veces) cuenta de que es hora de pasar la página y comenzar a escribir en una nueva hoja en blanco. Le pasa a los políticos afincados en sus cargos que se hacen perpetuos, al escritor que se aferra al libro que escribió hace treinta años y con el que ganó algún premio, le pasa a la pareja que sigue junta a pesar de que saben que todo tiene tiempo pudriéndose entre ellos, etc. Es improbable darse cuenta de que uno está estancado hasta que es demasiado tarde, o hasta que logró salir del estancamiento. Y la vida nos lleva una y otra vez a situaciones similares, donde por X o por Y, seguimos aferrándonos a aquello que en realidad ya no existe. O mejor dicho, solo existe en la memoria, como recuerdos que nos hinchan el orgullo pero que forman parte de un pasado que cada día se queda más atrás. ¿Entonces? Hay que pasar la página y empezar de cero. Sin embargo, esto no es un artículo de autoayuda. Lo que me interesa reflejar, y por eso comencé hablando de Buena Vista Social Club, es que es necesario para los seres creadores (en su caso músicos, pero se aplica para la literatura, artes plásticas, cine, fotografía, y cualquier persona creadora en general) renovarse; entendiéndolo como un proceso ajeno a la experiencia o la edad pero fuertemente vinculado a la salud emocional y mental del creador. Quizás los de Buena Vista empiecen o continúen otros proyectos, también está la posibilidad de que se retiren de todo lo relacionado con la música y terminen de pasar sus días en una mecedora tocando solo para ellos. Pero “sacarse” la agrupación de encima, después de años, después de todo el reconocimiento y éxito que han tenido a costa de ella, no es una decisión fácil que sin duda les ha quitado un peso de encima. Otro ejemplo, quizás más gráfico, es el de Clint Eastwood: la cara bonita de Hollywood que representaba el ideal de belleza, de valores y de masculinidad norteamericana. Como vaquero en los spaghetti western, o policía con la serie Dirty Harry, Eastwood logró toda la fama que un actor pudiese desear. Y, sin embargo, en su respectivo momento, supo cerrar el círculo. Se volvió director, uno además bastante bueno según lo que creo. Se arriesgó a comenzar de cero en un terreno donde su apariencia, estatus y gloria pasada significaban poco: o sabía filmar una película o no sabía. Y ahí se descubrió una nueva faceta del viejo Clint, una que sigue siendo patriótica y moralmente correcta pero donde habla desde su voz. Esto no hubiese podido pasar si se hubiese resguardado en su mansión con el éxito pasado, y mucho menos si hubiese seguido actuando en los mismos papeles de siempre.

Cuando Andy Warhol declaró que en el futuro todos iban a tener sus quince minutos de fama, nunca supo el daño que iba a hacerle a la gente. La necesidad de aferrarse a esos quince minutos de fama ciegan e inmovilizan a personas que quizás hubiesen podido producir más y mejores cosas, pero que nunca se atrevieron a dar el siguiente paso. O al contrario, se aferraron y multiplicaron tanto una sola idea que terminaron distorsionándola y destruyéndola en el proceso. La capacidad de renovación, de trabajo continuo y de innovación, junto a la habilidad de saber cuándo es necesario parar, son cosas que hace falta que sucedan más a menudo hoy en día. Asumir sin problemas que quince minutos pueden ser los únicos, pero pelear por otro quince, veinte, mejores. Después de todo, citando a Roberto Echeto, “nosotros vinimos al mundo a hacer el ridículo”. Entonces, como los de Buena Vista, hay veces que debemos decir adiós, para volver a saludar al día siguiente.