• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Crónica de Santiago (2)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Parte 3

 

Una carretera larga nos lleva a Valparaíso. Un pueblo amarillo y rojo que está incrustado en las faldas de los cerros. Me recuerda a los puertos venezolanos, pero tampoco puedo dejar de pensar en el famoso “Caminito” de Buenos Aires (que todo el mundo ama, pero que odio por ser la tourist trap más absurda de toda la ciudad). Hay un olor a diesel y agua marrón, hay un colorido extraño que se multiplica en los cientos de grafitis que inundan la ciudad. Hay calor, mucho calor, de ese que es de costa y que pica la piel, y que te persigue a medida que subes y bajas los peldaños infinitos que conectan los cerros entre sí, y que se vuelven los senderos de tan pintoresco lugar. Mucho hippy, mucho monte, mucha artesanía y vainas handmade.

Fuimos a una de las casas de Pablo Neruda, quien aparecía a cada rato en nuestro viaje y del que terminamos aprendiendo de más. La Sebastiana es empinada, también llena de peldaños y de colores brillantes, siendo una alusión directa al pueblo que la acoge. Ahí caminamos entre gringos y alemanes que miraban todo con la boca abierta, intentando escaparnos del tour, del audioguía, de lo obvio. Encontramos una corocora roja disecada y encapsulada en una burbuja de vidrio que guindaba del techo (wtf?) y que fue un souvenir que se llevó Neruda de uno de sus viajes a Venezuela. Vimos mapas navales en francés, fotografías de barcos, y una de las vistas más hermosas de todo el viaje. Mirando ese paisaje no es extraño que el viejo Neruda pudiese escribir tranquilo.

Nos fuimos entonces a otro cerro, donde había una prisión convertida en centro cultural. Un lugar hermoso y diferente a toda la arquitectura de pueblito marino que constituía el paisaje. No había lugar dónde estacionar adentro porque iban a hacer un desfile de modas esa noche, entonces tuvimos que estacionar afuera, en una calle de tierra al borde de un precipicio, donde un semidesnudo y sucio porteño (sí, es el gentilicio de los de Valparaíso) nos ofreció sus servicios de cuidador. “Ya no robo, solo la ropa y la comida que necesito” nos dijo antes de irnos, como para que nos tranquilizáramos un poco. Adentro no había mucho que ver por culpa del desfile, pero la arquitectura se robaba el show. La única sala de exposiciones abierta tenía una muestra fotográfica de Vivian Maier. Vivian, que fue niñera en Nueva York y Chicago, fue descubierta en 2007 por John Maloof, quien impulsó su obra y la mostró al mundo (hay un documental increíble al respecto: Finding Vivian Maier). La niñera extraña y retraída mantuvo oculta su pasión durante décadas, y ahí, en una cárcel, en un cerro de Valparaíso, podíamos ver parte de su trabajo. Rostros, basura, situaciones, personajes, autorretratos, todo en blanco y negro, todo abordado desde un voyeurismo sin tapujos que retrataba lo sucio, lo real, la calle.

Salimos felices de ahí. Nos fuimos a seguir caminando, a seguir el subibaja y meternos en el primer callejón raro que encontráramos hasta que nos dio hambre y pedimos ayuda. Nos mandaron al puerto, al muelle, que plagado de vacacionistas y reguetón, junto a sus precios de turistas (It’s a trap!), nos ahuyentó enseguida. Unas promotoras que nos vieron huyendo nos ofrecieron un menú accesible y sospechoso, que incluía traslado hasta el restaurante porque no quedaba ahí sino “un poquito más allá”. Había que montarnos en un carro enorme y blanco, que parecía un peñero, que nos llevaba detrás de unos edificios donde supuestamente estaba. Enseguida sonó mi alarma caraqueña: nos van a joder, si nos montamos en el carro nos van a joder. Pero estábamos de vacaciones, teníamos hambre, y en verdad era lo más económico del lugar por lejos. Fuimos, el carro/peñero nos dejó en el restaurante que sí existía. Entramos y nos dieron una carta con precios exorbitantes. Le mostramos el menú económico que nos habían dado las promotoras y, con cara de fastidio, aceptaron cobrarnos los precios que aparecían ahí. Comimos pescado, tomamos pisco, y nos regresamos caminando al muelle porque solo estaba incluido el viaje de ida en el servicio.

Nos fuimos a Viña del Mar, el polo opuesto a Valparaíso desde el punto de vista estético. Todo blanco, limpio, mayamero/arubiano. La gente caminaba por la costa y se empapaba con las olas, se amontonaban en la poca arena disponible, bebían alrededor del casino. Había tráfico y esnobismo suficiente como para que diéramos una vuelta y nos quisiéramos ir de ahí. Fuimos a Concón y Reñaca, llenos de rumba, curda y pavitos en busca de pasar la noche en trajes de baño ajenos. Seguimos rodando, se hizo de noche, pasamos por una refinería siniestra que escupía fuego y humo y que, obvio, me recordó a El Palito. Lástima que no había mujeres vendiendo empanadas. Rodamos por curvas, bosques y dunas de arena.

Llegamos a la Laguna de Zapallar, donde echamos los bolsos en el piso de la cabaña que habíamos alquilado y salimos a caminar por la playa que estaba a media cuadra. De playa con suéter porque hacía un frío incomprensible para alguien acostumbrado a la costa caribeña. Pero el vino ayudaba, aunque tuviéramos que beberlo escondidos para que los carabineros no nos dijeran nada. El olor a sal, el ruido de la ola rompiéndose en la orilla, dormimos profundo. Nos despertamos temprano a echarnos en la arena que se encontraba vacía. Había algunos turistas, pero la gran mayoría vacacionaba en las otras playas, donde había más rumba y descontrol. Podíamos escuchar el mar, observar el horizonte (esa línea casi invisible donde se funden los azules). Caminamos por la orilla, nos subimos a unas enormes rocas, observamos las algas, los caracoles y los pequeños peces que se quedaban atrapados en sus pliegues cuando bajaba la marea durante la mañana. Encontramos un extraño altar lleno de velas y un perro ciego que deambulaba por ahí y que habían abandonado. Lo dejamos con tristeza cuando empezábamos a encariñarnos. Nos fuimos a comer humitas y empanadas de pescado y dormimos la siesta en esterillas de paja.

El camino de regreso a Santiago iba a ser largo, unas doce horas de tráfico. Era un fin de semana de quincena, festivo, y miles de chilenos se iban a regresar por la misma vía que nosotros esa misma noche. Pero echados en el piso sobre las esterillas, mientras veíamos solitarias palmeras y tomábamos cerveza, mientras escuchábamos un rayado CD que habían abandonado en la cabaña y que sonaba una canción que decía “mami por qué me miras con esos ojos, ojos pecaminosos, y con ganas de bailar”, mientras sentíamos que nuestra piel se quemaba y sonreíamos solo porque sí, ignorábamos nuestro futuro, felices, con esa felicidad cansada que tiene el que descubre cosas nuevas; sin duda Marisela y Claudia se habían ocupado de ser las mejores guías costeras que podíamos haber pedido. Un par de señoras de la zona caminaron frente a la casa conversando, pero alcanzamos a escuchar: “…lo que pasa en esta vida, pasa. Y lo que no pasa, es porque no tenía que pasar...” Y sí, esas señoras eran sabias.