• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

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Crónica de Santiago

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Parte 1

Santiago de Chile es una ciudad extraña. El centro se parece al de Caracas, tupido de gris y de gente que camina por todos lados y que se escabulle para no tocarte. Hay zonas parecidas a Los Palos Grandes, otras a Los Chaguaramos. Pero la gente no es igual, les falta el Caribe. Se quedan observando al extranjero, sin pudor, sin detenerse a parpadear para mediodisimular que aquello les parece extraño y ajeno. Así, cuando estás atrapado en hora pico en uno de los vagones del metro, rodeado a más no poder de santiagueños sudorosos, no puedes dejar de notar las miradas que se te clavan en la nuca. Bien intencionadas, curiosas, pero molestas después de quince minutos de escáner visual.

Vivir en Buenos Aires te hace olvidar los relieves. No hay cerros, montañas, ni nada que sobrepase un edificio a kilómetros a la redonda. El Ávila se vuelve un recuerdo ajeno, distante y pavoso como uno de los cuadros de Cabré. Por eso, cuando llegas a Santiago, lo primero que te impacta son sus montañas: dos cadenas montañosas que definen la ciudad y que la separan de todo lo demás. Rocas milenarias y llenas de nieve a pesar de los 35 grados del calor veraniego. Uno no puede dejar de pensar en el Ávila, sí, pero como un primito menor, joven y pretencioso de aquellas montañas. Te imaginas a Gandalf caminando por aquellos cráteres y peleando contra hordas de goblins que salen de todos lados. Las montañas segregan una magia rara y mapuche que se despliega por toda la ciudad, como la gruesa capa de smog que nunca se decide a irse y que te tiñe los pulmones con cada bocanada. Santiago se parece a Caracas, pero a la misma vez no se parecen en nada.

 

Parte 2

Fui con Ari al campus San Joaquín de la Universidad Católica. Fuimos porque Alejandro Aravena, último premio Pritzker hasta el momento (y chileno, además) tenía algunos edificios emblemáticos ahí. “Tienen que ver el Centro de Innovación UC”, nos decían. Esa oración, que se volvió insoportable, se repetía una y otra vez a lo largo del viaje. “Tienen que ver el Centro de Innovación UC. Es de Aravena. El Pritzker. ¿Ya lo vieron?”. Quizás esas cosas pasan por ser novio de una arquitecta. El hecho es que de tanto decirlo, lo lograron. Agarramos un autobús que nos dejó en el metro. Luego hicimos transferencia a otro ramal, que dejó de estar subterráneo y que se elevaba por encima de la autopista. Esa parte del metro al descubierto me recordaba a cuando acompañaba a mi papá a Caño Amarillo, a que diera clases de arte no convencional en la antigua escuela de arte Armando Reverón. El cielo descubierto era señal de que estábamos llegando a nuestro destino, y en el caso de Santiago también ocurrió así. Llegamos a una estación vertical e incómoda. Bordeamos a unos vendedores de sushi ambulantes que llevaban encima dudosos letreros que decían “fresco”, y salimos a la calle. Ahí estaba. Enorme, frío, gris. Un edificio erguido e imponente que atraía todas las miradas y que se volvía el centro absoluto de todo el universo que lo rodeaba. Ari sacó enseguida su cámara y empezó a tomarle fotos por todos lados a ese descomunal modelo de concreto. Yo me quedé mirándolo y me sentí diminuto. Cuando tenía 6 años me llevaron por primera vez al circo. El circo Hermanos Gasca era igual a cualquier otro circo mexicano que haya ido a Venezuela en los últimos sesenta años. Había trapecistas, un mago, una esfera/jaula metálica donde rodaban motorizados a toda velocidad. Había payasos que no daban risa y que siempre contaban los mismos chistes. Y había animales, la razón por la que me gustaba el circo y quería ir. Antes de entender que un tigre debería ser salvaje y no enjaulado y explotado de por vida para el divertimento ajeno, me parecían lo máximo. Yo quería ver a los tigres, que estaban obesos y fastidiados de hacer lo mismo tres veces por día. Pero lo más impactante sucedió no durante la función, sino en el intermedio. Ahí sacaban un elefante que colocaban a un extremo de la carpa, y donde los niños podían tomarse fotos montados encima por un precio equivalente a un riñón humano. Mi papá me llevó al elefante, no para tomarme una foto, sino para verlo de cerca, tocarlo. Yo no sabía que era una hembra de elefante asiático, yo no sabía que de asiática no tenía nada, pues había nacido en cautiverio en Baja California. Tampoco sabía que acercaba su trompa buscando comida y que se mantenía inmóvil porque estaba encadenada. Para mí era un animal enorme y maravilloso como nunca antes había visto. Grande, gris, silencioso y sabio. La toqué con miedo y sentí el frío de su seca piel, las grietas y surcos que se le formaban. Sentí el polvo y los restos de aserrín. Sentí su olor a selva a pesar de vivir en una carpa. Sentí al elefante y me sentí pequeño, diminuto e inexistente. Parado ahora frente al edificio de Aravena, veinte años después, sentí lo mismo. El edificio/elefante se levantaba con toda su grandiosidad ante mis ojos y no hacía más que recordarme que, después de todo, seguía siendo igual a mi yo de 6 años. Ari volvió de tomar sus fotos y decidimos entrar a recorrerlo. Lo caminamos e investigamos. Subimos por sus ascensores que marean por lo rápido que van y llegamos al último piso, donde no había nada, donde no había nadie. Una terraza que te mostraba la ciudad desde otro punto de vista, que te enseñaba el campus desde lo alto, como las palomas que sobrevolaban la universidad. Estábamos sobre el elefante, sobre todos los demás. Dos puntitos arriba de esa bestia grisácea, sobre nuestro golem personal. Y nos sentimos reyes, y entendimos por qué los reyes vivían en altos castillos, y por qué los rajás de la India andaban siempre montados sobre elefantes, y lo triste y solitaria que se debió sentir la pobre Laika allá arriba viendo a todos tan pequeñitos, tan inexistentes, y a aquel planeta azul de donde venía del tamaño de una pelota de tenis que deseaba atrapar con todas sus fuerzas. Entendimos, al menos por unos minutos, al menos hasta que volvimos a planta y salimos del interior del elefante, y seguimos caminando por el campus, y nos tomamos un jugo de naranja que sabía a todo menos naranja. Cuando nos fuimos regresamos al metro y nos apretujamos con el resto de los santiagueños que estaban ahí, y sudamos por el calor del sol del valle, y volvimos a donde nos estábamos quedando, y cenamos, y nos acostamos a dormir, y soñamos, al menos hasta ahí entendimos. A la mañana siguiente ya se nos había olvidado. Pero a lo largo del viaje, cuando la gente nos repetía “¿vieron el Centro de Innovación UC?” pensábamos en el elefante, volvíamos a entender, sonreíamos y decíamos que sí.