• Caracas (Venezuela)

Santiago Zerpa

Al instante

Arquitectura, Ética y Estética

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Entrevista en dos partes a Víctor Sánchez Taffur.

Víctor Sánchez Taffur es arquitecto y docente desde hace muchos años. Quizás la pasión/obsesión que siente por ambas profesiones es lo que lo impulsa a destacarse tanto, y conversar cómodamente de ellas durante horas. Habla de Le Corbusier, Villanueva o Campo Baeza con la misma emoción con que cuenta una de sus clases. Quise entrevistarlo porque me interesa su mirada audaz, honesta y crítica que tiene del mundo que lo rodea. Más que una entrevista es una conversación inteligente, de esas que puede tener con sus alumnos de la Unidad Docente Nueve o con los arquitectos que trabajan en su firma. ¿Es una suerte de clase de arquitectura?, sí, pero también es una mirada mordaz del país que estamos viviendo, la crítica una sociedad que ha ido decayendo en valores y cultura, y una lección de vida de un creador que ha dedicado su vida, esfuerzo y talento en proyectar lo que ama.

 

Primera Parte: sobre la arquitectura, la cultura, la docencia y el país.

—Hola Víctor, para empezar me gustaría que me contaras qué es la arquitectura. Quizás de la forma como se lo enseñarías en la universidad a tus alumnos. Y luego, ¿qué es la arquitectura para ti?

—Empezaría comentándote que no todo lo que uno piensa que es arquitectura lo es. La arquitectura va más allá de la imagen o la mera construcción de un edificio. Es un ejercicio intelectual que implica no solo habilidades u oportunidades para “hacer” sino conocimiento, reflexión, propuesta y apuesta. Llamamos obra de arquitectura aquella que supera el paso del tiempo y mantiene su dignidad formal, espacial, constructiva, de lenguaje, y además es profunda y densa porque tiene detrás un pensamiento coherente que la soporta. No es capricho ni una moda como muchos políticos, clientes o empresarios la entienden. La arquitectura debe tener serios compromisos con la historia, con la técnica y con el lugar donde se desarrolla, es desde allí donde nace la obra y no de actitudes viscerales o exigencias momentáneas; esto luego cae siempre por su propio peso. Tampoco es necesariamente espectacular (de ostentosa o aparatosa) aunque sí puede llegar a ser impactante y conmovedora, a la vez que resuelve o propicia solución a una serie de demandas. En definitiva, debe despertar algún tipo de pasión-obsesión y es lo que te induce como proyectista a investigar y a crear. Ser arquitecto te condiciona a ver el mundo de una manera particular, no es ni mejor ni peor que cualquier otra profesión, solo que hace que filtres información y la desgloses de una determinada manera para que te funcione. Nuestro trabajo posee una cantidad de variables de naturaleza distinta con las que hay que lidiar y por eso es tan compleja y difícil.

—¿Consideras la arquitectura como una aliada de la cultura? ¿Es necesaria/innecesaria esa alianza?

—La arquitectura, al igual que otras disciplinas, tiene que ver con la cultura. Siempre será importante conocer lo más que se pueda sobre lo que se hace, las teorías, la historia, obras significativas, etc., estar al día sobre un conjunto de conocimientos, incluso de otras disciplinas, que permitan desarrollar algún tipo de juicio crítico. Es un deber y una responsabilidad personal estar al tanto de todas estas cosas. Aunque es una discusión eventual con algunos colegas, para mí existe una arquitectura culta y una menos culta. Eso se nota sobre todo cuando ves la obra en extenso de un arquitecto. Allí, percibes los vacíos de conocimiento, los caprichos e incoherencias o, por el contrario, el rigor y la profundidad, las búsquedas constantes, el dominio del lugar y de la historia, la evolución de los problemas inherentes a la disciplina. Quizá por eso es que la arquitectura es tan difícil siempre para los que se la toman en serio.

—¿Cómo hacer arquitectura en un país donde hay tantas dificultades, tanto a nivel de materiales como de apoyo a la cultura?

—Lo primero que deberíamos aclarar es que aquí en Venezuela no se está haciendo ni se puede hacer arquitectura dignamente, o al menos, como se haría en cualquier país en vías de desarrollo: mediante la oferta de oportunidades equitativas y el apoyo gubernamental para todos los profesionales por igual. Aquí estamos sobreviviendo ante el veto para construir, por falta de insumos para la construcción, por falta de inversión privada y por falta de leyes. Estamos defendiéndonos de un sistema que no entiende que debe dar ejemplo desde el poder y hacer concursos de arquitectura públicos y abiertos, que debe extender la convocatoria para hacer proyectos independientemente de las ideas políticas, que tiene la obligación de apoyar al Colegio de Arquitectos, que está comprometido a llamar a los premios nacionales para hacer obras importantes y quizá lo más urgente, diría yo: debe pensar seriamente la ciudad con los expertos y la empresa privada. Se han realizado una serie de intentos fallidos, descoordinados y mal enfocados para ofrecer viviendas desde una visión inmediatista y populista. Poco se ha cumplido y mucho se ha afectado con esas intervenciones inoportunas. Lejos de que pudiera haber algún caso aislado de un edificio interesante y un logro social puntual a mi juicio se ha alterado gravemente la calidad de la ciudad como totalidad. Por otro lado, se ha perdido una oportunidad de oro en lo relacionado con la experimentación sobre la vivienda y la construcción al no convocar a todos los arquitectos del país para luego seleccionar a los mejores y realizar así obras de la más alta calidad. Así es que se busca el progreso y la excelencia. Tampoco se han construido nuevos edificios gubernamentales, importantes parques, plazas, etc., cosas de verdadera relevancia. La política gubernamental se ha centrado en ofrecer una serie de construcciones de pequeña escala que para mí son siempre “parches” de muy mala calidad que han denominado “arquitectura social” (cosa que además no sé qué es) bajo unas premisas con las que, por supuesto, a estas alturas de mi vida profesional y como ciudadano, no comulgo ni comparto. Toca seguir trabajando en lo que uno cree, como siempre lo he hecho, desde la academia y mi oficina, aunque “por ahora” sea contracorriente.

—¿La arquitectura es un arte? ¿Son polos opuestos o aliadas? ¿Por qué la carrera de arquitectura atrae a personas que desean ser artistas?

—Siempre he visto la disciplina como un oficio con una raíz más humanista que científica, esta mirada por supuesto le abre camino a una infinidad de cosas incluyendo al arte. Pese a que muchos colegas se sienten artistas “per se” por ser arquitectos, creo que nuestra disciplina entra en otra categoría que no es fácil de definir, es difusa. Prefiero pensar que es un oficio que te ofrece la posibilidad de tener distintas capas y espesores de información que tú utilizas, quitas o superpones a placer con el objeto de procurar la belleza mediante la razón. Aunque hacer arquitectura tiene que ver con un acto de creatividad, pienso que los arquitectos estamos lejos de hacer obras de arte porque tenemos unas claras responsabilidades sociales, urbanas, legales, programáticas, etc. Por otro lado, dependemos de muchas personas para llevar a feliz término una obra. Quizá concebir la arquitectura pudiera ser un acto necesariamente íntimo como la pintura, la escultura o la escritura pero cuando se procede a materializar esas ideas, mediante la ejecución de la obra, entramos en una condición distinta. Pese a todo esto, paradójicamente, con los años uno puede buscar las maneras de “convidar” a que el acto creativo, el cliente y finalmente la obra tengan que ver con una comprobación de inquietudes personales. Es posible que el arte y algunas disciplinas no sean polos opuestos a la arquitectura, sencillamente son distintas, lo que sí es cierto es que se atraen y pueden llegar a convivir porque se entrecruzan en algunos momentos. La carrera de arquitectura en cierto modo te estimula para ser artista porque te sensibiliza ante el entorno, te muestra caminos, te enseña sobre obras, autores, historia del arte, etc. Por otro lado, existen asignaturas que además te invitan a hacer prácticas relacionadas con esa disciplina. En la facultad vemos estudiantes que entran en la carrera con esa inquietud o, por el contrario, la descubren allí y es totalmente válido. Lo que me parece contraproducente es que confundan una cosa con la otra. Al finalizar los estudios se está optando por un título de arquitecto. Aunque luego se decida no ejercer la carrera, son estudios de arquitectura y deben superarse como tales. En el caso de que la vocación sea el arte, sería mejor no perder el tiempo viendo tantas asignaturas que no interesan y por las que generalmente esos estudiantes no muestran ningún tipo de interés, como es lógico. Si se  toman el arte en serio y luego se preparan formalmente estudiando todo lo que les falta quizá no sea tan grave, sin embargo, y vuelvo a insistir, sería preferible que se formaran desde los inicios en un centro para el estudio del arte, con buenas bases en lo que les interesa realmente, que por cierto, es mucho más serio y complejo de lo que a veces ellos piensan.

—Hablemos de tu papel como profesor. ¿Qué te impulsó a impartir clases, en un primer lugar? ¿Qué te ha mantenido en la docencia durante todos estos años?

—Podría decir que la docencia en mi caso es lo que realmente guía el accionar de todos mis movimientos, es una manera de vivir. Me exige estar al día, probar distintas maneras de enseñar, reinventarme, y eso es muy estimulante y tentador. Soy profesor por vocación y porque me gusta compartir todo lo que aprendo, eso es todo. Es muy posible que haya heredado algo de esto directamente de mi abuelo Víctor Taffur que fue un gran maestro, de sus alumnos y luego de toda nuestra familia. Con más de 20 años dando clases y ejerciendo la profesión, creo que he logrado encontrar la fórmula para convertir en una cosa lo que durante un buen tiempo fueron dos actividades independientes. Para mí la docencia se extiende hasta la oficina cada vez que converso con el equipo que trabaja allí. En mi caso particular, la academia y la oficina se complementan, pareciera obvio, pero no lo es tanto. En la academia pienso con mucha libertad, reflexiono sobre lo ideal y a veces incluso lo necesariamente utópico, y en la oficina básicamente actúo con restricciones de todo tipo, con los pies sobre la tierra pero igualmente imaginando y soñando. Doy clases porque me interesa por encima de todo el conocimiento, y eso es común para ambos ámbitos, no me gusta estar estancando o detenido, no va con mi manera de ver el mundo. Las clases me otorgan el poder de explorar, de inventar, de equivocarme y de conocer cada vez nuevos grupos de personas y adentrarme constantemente a nuevos tiempos. No me considero maestro ni mucho menos, en todo caso un guía por tener más experiencia. Tengo la impresión de que daré clases por muchos años más, o al menos mientras me mantenga estimulado, lúcido y sienta que no me alejo demasiado de las inquietudes de mis estudiantes. Es muy posible que cuando esto pase y note que ya no fluye una comunicación “nítida”, que ya no voy al mismo ritmo, y que ya no existen intereses comunes, etc., sabré parar y seguir en otra línea de aprendizaje personal. Espero retirarme en un año redondo: 2020, 30, etc., me gustan esos números que cierran ciclos. Por los momentos, no tengo demasiado claro si será aquí en Venezuela o en algún otro lugar, pero en donde esté y como esté, seguramente intentaré dar clases.

—¿Cómo es ser profesor hoy en día en Venezuela? ¿Qué se debería hacer para no perder la excelencia a la hora de impartir/recibir clases?

—Esta pregunta es muy difícil y larga de contestar porque es necesario explicar bien qué es ser un académico en este país. Realizamos día a día la hazaña de llegar a dar clases luchando contra nuestra realidad, sin que el reconocimiento social ni económico nos echen una mano. Lo hacemos por un acto de fe en nuestra juventud y en la construcción de otro tipo de país, de lo contrario, es posible que nuestra universidad pública se hubiera extinguido. Dedicarnos a esta actividad implica, para los que tenemos cierta vocación, un obligado cambio de mentalidad desde el primer día; y da la ligera impresión de que parte importante de la sociedad no pareciera comprender aún la dimensión y sobre todo la trascendencia de lo que es la academia. Hoy, un profesor de una universidad nacional tiene que tener uno o varios trabajos porque es imposible que se pueda dedicar “como debe ser” a vivir dignamente de sus clases. Esto no es normal, ni debería serlo, debemos tenerlo claro. Las desmotivaciones en la carrera docente vienen por diferentes frentes. En nuestro esquema social, al conocimiento y al que sabe se le menosprecia y hasta se llega a sentir por él compasión o lástima, tampoco desde el gobierno se le considera un pilar de apoyo en la construcción de país. Esto tiene consecuencias y se ha venido manifestando silenciosamente con la merma progresiva y constante de la calidad académica y en el peor de los casos con la deserción de profesores competentes que en otros contextos son reconocidos y remunerados (por no decir muy bien pagados en reconocimiento a lo que hacen). Por otro lado, los profesores que nos quedamos en el país tratamos de formar estudiantes en una burbuja, procuramos ofrecerles lo mejor de la institución, dentro de lo que cabe, para que luego al terminar sus estudios el contexto nacional los obligue, con toda razón, a buscar un mejor futuro en otro lugar. Adicionalmente, la universidad se encuentra cada vez más asfixiada en cuanto a recursos, con constantes recortes presupuestarios que no permiten contar con lo mínimo indispensable, literalmente. Nuestra situación en la institución es parecida a la de una posguerra, no hay sillas, baños, ascensores, papel, libros, seguridad, etc. El gobierno no es un apoyo, y sus prioridades están en otros lados, no en la cultura. Quizá la respuesta de base es sencilla: no hemos invertido lo suficiente en la educación. Sin embargo, creo que estamos llegando a unos extremos en los que la situación universitaria se torna cada vez más crítica y evidente, posiblemente con consecuencias mayores. Para la Venezuela que viene quedará como una experiencia que no se debe repetir, dura para los que nos ha tocado de cerca durante estos últimos 15 años, pero de la que se debe aprender y cambiar radicalmente si queremos avanzar como país. Es necesario darles reconocimiento a todos, sin importar su oficio o profesión. La universidad pública se mantiene porque los profesores no han querido abandonarla, única y exclusivamente por eso; porque creen fielmente en ella, porque no les interesa el conflicto sino que esperan con paciencia que el país y los políticos de turno, algún día no muy lejano, entiendan y recapaciten, que caigan en cuenta de que la educación es la mejor inversión y la única vía que permite progresar. Pese a todo este panorama, desde hace algunos años decidí que no me iba a dejar arrastrar por la mediocridad ni el desánimo que impera a nuestro alrededor en estos momentos. Sin ignorar nunca lo hostil de nuestra realidad nacional, me ha tocado construir alrededor de mis clases una muralla que cuide y proteja lo que hay dentro. Además, hago los esfuerzos porque sea una actividad dinámica y se sienta mucha energía y optimismo porque allí permea solo lo que nos interesa para aprender. Gracias a las redes podemos enterarnos y ponernos a nivel de lo que se hace afuera, buscamos competir y ser los mejores con lo que tenemos, apostando por lo que viene o lo que les vendrá a cada uno donde esté. Ahora y aquí hay que tratar de buscar la excelencia, no veo otra opción para superarnos. La docencia, en resumidas cuentas, me ha dado una gran cantidad de cosas que no pueden comprarse ni medirse con dinero: por un lado, el conocimiento, la disciplina y la necesidad de aprender, y por el otro, una gran cantidad de maestros y alumnos con los que me une una fuerte relación de admiración y amistad. La academia en cuanto a alcances todo lo permite, si se está interesado en compartir, aportar y aprender.

 

Podrán leer la segunda parte de esta entrevista el viernes 29 de mayo de 2015.

Víctor Sánchez Taffur es arquitecto y docente desde 1994. Profesor de proyectos de la Unidad Docente Nueve, Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela. También es director de Sánchez Taffur Arquitectos.

https://sancheztaffurarquitecto.wordpress.com/