• Caracas (Venezuela)

Sandra Lepanto

Al instante

En el ferrocarril

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Fue el viernes pasado cuando por primera vez subí al ferrocarril que me llevaría a Charallave  para atender un compromiso. Habiendo escuchado muchos comentarios sobre los sucesos que allí ocurren casi a diario en las horas de mayor congestión, decidí tomar algunas precauciones tal como seguramente lo hacen quienes –con frecuencia– utilizan ese medio de transporte. Lo primero que hice fue colocar en el pequeño koala mi documento de identidad, las llaves de mi casa, una tarjeta de débito, el celular y algo de dinero efectivo. En mi maletín llevaba todo lo que utilizaría durante esa noche y al día siguiente cuando ya regresaría a mi hogar. Allí también llevaba un pesado libro que aún no he terminado de leer y al que, ingenuamente, creí que le dedicaría algo de tiempo en el vagón, si es que tenía la suerte de sentarme. 

Mientras esperaba el tren, vi como iban llegando personas que se colocaban por todos lados, irrespetando el orden que teníamos quienes estábamos adelante. Eso se supone que es el pan de cada día para muchos, la novedad era sólo para mí. Abruptamente y apareciendo casi de la nada, cuatro hombres muy altos, fornidos y mal encarados se colocaron en una posición que indicaba que, al llegar el ferrocarril, entrarían forzosamente entre los primeros.  Uno de ellos en su afán por abrirse paso lanzó su brazo derecho hacia atrás y golpeó a una niña de unos siete años que estaba acompañada con su mamá, quien al ver la agresión hacia la criatura,  vociferó unos cuantos improperios al malviviente, si es que de alguna manera se le puede aplicar este calificativo. Sintiéndose apoyado por sus compinches, el aludido respondió a la verborrea de la señora pero igual se mantuvo en el lugar donde estaba. Un joven  moreno, alto y delgado, de unos dieciséis años que estaba a mi lado, se ofreció a llevar mi equipaje: “Si quiere me da su maletín para ayudarla, aquí la pueden hacer caer”. Yo, viendo el rostro sereno, amable y humilde del muchacho, no lo pensé dos veces pues él conocía ese territorio y yo me sentía como una inmigrante en un país inhóspito. Cada vez llegaba más gente y crecían los remolinos hacia los primeros puestos. Tenía  que nadar con la corriente, pensé.

Cuando a los pocos minutos llegó el ferrocarril y se abrieron las puertas, fuimos todos prácticamente arrastrados hacia adentro y aquellos cuatro individuos en su furia por ingresar al vagón lanzaron al piso a una señora cuya cabeza aterrizó al lado de uno de los asientos. Atónita ante la salvaje escena, vi como el chico que llevaba mi maletín lo soltó por un momento para socorrer a la anciana. Fue el único que hizo un gesto solidario hacia ella. La tomó de la mano y la ayudó a incorporarse. Cada quien trataba de ubicarse y a nadie parecía importarle lo sucedido. Siendo empujada por quienes venían como un vendaval detrás de mí, logré –dando traspiés– ocupar el primer asiento.  Traté de guardar un puesto para el joven pero una mujer se sentó y aunque yo le dije que era para mi hijo (¡en mi corazón ya lo había adoptado!) ella me miró con desdén: “¿Pero qué le pasa?”, así que sintiéndome peor que una loca a la orilla de una carretera, decidí que era mejor dejar ese asunto así. Busqué con la mirada al adolescente y lo vi recostado a uno de los lados del vagón, cerca de mí. Durante casi todo el trayecto, mantuvo sus ojos cerrados  a la aparente calma que en esos momentos se había instalado en el otrora convulsionado espacio. Antes de bajarse en la primera estación, el chico avanzó hacia mí y me entregó el pequeño equipaje que había sostenido entre sus pies como si hubiese sido suyo y yo, agradeciéndole la ayuda, lo bendije en voz alta para que todos me oyeran y conservé su imagen en mi memoria para pedir a Dios su protección.

Mientras una chica embarazada ofrecía golosinas para ganarse la vida, divisé en uno de los asientos a la señora que habían lanzado al piso. Ocultaba su cara entre las manos, con los brazos apoyados encima de un viejo morral. No sé si lloraba. Luego contemplé lo que reflejaban los rostros de aquellos seres que habían permanecido ajenos a un hecho que pudo haberle ocurrido a cualquiera de ellos. Unos tristes con miradas ausentes. Abatidos por el dolor y la desesperanza. Cansados de luchar.  Otros quizá  inmersos en la ruina de sus odios,  sus vilezas  y  sus resentimientos.  Pero tanto los unos como los otros,  incapaces de ayudar a su prójimo, de tenderle la mano al caído, sin importar edad, sexo, raza, nacionalidad, religión u otras razones. No hablemos de dinero. Pensemos en esa ayuda  que debería nacer  en nuestros corazones. Nos estamos dejando llevar por una indolencia  que nos aleja en la hermandad, en el cariño que como un solo pueblo debemos profesarnos. Hagamos un esfuerzo por apartar de nuestras vidas actitudes egoístas que abren paso a fuerzas que oscurecen la esencia del ser humano. Sería injusto permitir que la apatía o  la maldad se alberguen en nuestras almas ignorando el dolor ajeno.  Ayudémonos unos a otros si queremos vivir en un mundo mejor que comienza, justamente, dentro de nosotros mismos.

@sandralepanto