• Caracas (Venezuela)

Samuel González-Seijas

Al instante

Los huesos de la barbarie

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 

Diego telefonea para decirme, el colmo, que los huesos de Gallegos y de su esposa doña Teotiste han sido robados del mausoleo que les pertenece en el Cementerio General del Sur. Como tantas tumbas, nichos y fosas, violentadas y saqueadas en los últimos años, esta no corrió con mejor suerte. Fue identificada, y la sevicia que hoy dinamiza casi todo el hacer de la ciudad, hizo de la suyas con esos restos, que son, en una medida muy alta, también los nuestros. Al caer como fieras sobre lo poco que va quedando de lo que hemos sido, ocurre en uno la desgraciada constatación de que la absoluta disolución de lo civilizado está consumándose.

Mientras mi amigo me ponía al tanto del acontecimiento, iba pensando en el destino de mis huesos familiares, en los vestigios de mis muertos, y dije, casi como queriendo hacer una broma, que ahora deben andar al viento, o que han sido presa de esta hambre de horror y de daño que se ha hecho común; que han ido a engrosar el trabajo oscuro de algún hechicero, o que se han convertido en ceniza calinosa en una quema levantada para traer la lluvia, cuando padecimos su falta. Le dije que tal vez logro conversar con ellos cuando entran por mi balcón en forma de nube de polvo, disfrazados en la contaminación generalizada.

Lo dije e inmediatamente me entristecí. Por los huesos de los míos y por los del maestro Gallegos. Pensé, también, qué cruel y repetida ironía esta de ser víctima de la barbarie venezolana, esa misma que él nos ayudó a arrostrar, aun con la miopía que le ha sido endilgada, con las limitaciones que lo movían, con la candidez o la ingenuidad o la fe en un pueblo que nunca pudo caber en sus aspiraciones.

Porque Gallegos nos enseñó a ver, eso es lo mayor. Fue de los pocos que nos dieron una imagen, una suerte de entidad plástica, una pintura viva de nuestra interioridad (que él llamaba de la raza) de lo que hemos sido colectivamente, de cómo podríamos ser. Está en sus historias, en sus personajes, en la forma de narrar. Gallegos creyó, con tenacidad de iluminado, de místico a su manera, que primero se hace imperioso reconocer el segmento de sombra que nos constituye para intentar luego conjurarlo, desarmarlo, impedirle reaccionar regresivamente, del modo en que la historia vernácula lo había puesto de bulto siempre. Reconocer ese terrible fondo nuestro, recreado en sus novelas, era como el paso inicial que nos impediría volvernos ese salvaje, ese bicho que se sacude toda forma, ese animal de cubil que se enmogota y se engrincha cuando algo que tiene los visos de construir, de edificar, de ordenar y ejecutar con cierta orientación de beneficio y hasta de bondad, se nos pone por delante a los venezolanos.

Es una lástima que ahora sus restos hayan caído en manos de las fuerzas que azotan la vida ciudadana. Como tantas cosas que no mereció, como otras que no debieron haberle acaecido en la historia de nuestro desalmado suelo, esta tampoco debió de ocurrirle, porque no es posible ni soportable que lo poco de levantado por una nación que ahora se desmorona, termine siendo pasto de la fiera que siempre nos sale al encuentro.