• Caracas (Venezuela)

Samuel González-Seijas

Al instante

Brisa blanca

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El segundo fin de semana de junio fui al litoral.

La suerte me permitió hospedarme en un edificio de una calle de Tanaguarena, muy cerca del club que lleva ese nombre y que ahora luce nueva entrada, reconstruida luego de las pérdidas que ocasionaron el deslave del 99. Llegué –llegamos, en familia– con el sol de las cuatro de la tarde, algo alelados por creer que la dirección exacta se nos escabullía. Nos registramos, subimos a la habitación, descargamos el equipaje, y bajamos a la piscina.

Toda el área está construida como si funcionara, también allí, un club, un lugar recreacional a buena escala. Tiene dos piscinas, una de ellas tan larga y sinuosa que parece que está dividida en dos, como dos cayos de mar que apenas los separase un bajo piso de arena cubierto de agua. Los bordes están trazados en blanco y toda la orilla corre sinuosa, sin un solo ángulo. Hay niños y hay palmeras. Hay sillas de plástico que comparten el color de los muros y barandas. Hay un estanque que vigila una garza de pinza amarilla y palomas que van de visita. 

No era mucho lo que podíamos aprovechar a esa hora, faltaba poco para que anocheciera. Pero al menos estar ahí me permitió recibir en toda su dimensión el cuerpo de agua que se abría al mar Caribe. El punto de mira era privilegiado porque regalaba una visión de 180 grados. Y hacia delante todo el mar era muy azul, en una degradación del color hacia su tinte más oscuro. No sé por cuál motivo ocurrió, pero me vino a la boca la frase: “Aquí ocurrió”. La dije como si fuese emitida mientras dormía, automáticamente, sin pensarla. Luego la escuché como si no hubiese sido pronunciada por mí. Me extrañé. ¿Por qué dije eso?

Regresamos a la habitación, para cenar y descansar. Había que prepararse para el día siguiente, planificado en dos mitades: una, para holgarnos en la playa, contigua al edificio; otra, para disfrutar, ahora sí, de la piscina. Pasé la noche escrutando la respiración enorme de un mar que alguna vez me fue familiar. Cuando apagué la última luz, quise quedarme unos segundos envuelto en la espesura nocturna, oyendo aquel pulmón llenarse y disolverse como las nubes.

Fue otra vez de día. Paulita saltaba como si el suelo de la habitación estuviese repleto de guijarros calientes. Un niño cerca del mar es un ser mitológico, mitad delfín, o pez volador, mitad garganta y brazos. Cumplimos la rutina de rigor –café, desayuno­– y nos largamos a vivir el primer tramo de nuestra vacación. Salimos a un pasillo íngrimo, de paredes cubiertas con mosaicos azules y blancos, luego el ascensor y la caminata rauda hacia el sendero que terminaría en la playita vecina del hotel. Pasamos cerca del estanque, donde la garza presidía parada sobre un banco. No supe si aún dormía o estaba meditando.

Las cinco horas que transcurrieron desde que nos instalamos bajo los toldos de lona y las sillas de extensión pasaron como encapsuladas, de un solo trago podría decirse, sin sobresaltos. Cada uno gozó su tiempo bajo la luz de una lámpara recia, que fue el sol durante ese lapso. Paulita no fue nuestra, era del agua verde y de la sal y se movía como un espejismo de la luz. En algún momento, pero esta vez consciente de lo que pensaba, dije para mí: “Aquí fue”.   

Cuando la hora dio para retirarnos de la arena y aprovechar la segunda porción de la jornada, habíamos consumido las dosis que requiere todo el que tiene largo tiempo metido en oficinas, salones, escritorios. La pequeña Paula, contra su voluntad, terminó aceptando la mudanza, seducida por los ofrecimientos de merienda que solo podíamos obtener del modesto restaurante de la piscina. Saber que regresar la recompensaría con algún helado de la tienda, la puso en marcha rápidamente.

Instalados ahora de lleno en nuestra última parte del día, el agua de la alberca recibió a cada uno, menos a mí, que preferí quedarme fuera para intentar leer otro poco ­–en la playita pude hojear algo–, buscar refrescos, traer toallas, mover las sillas. Entonces, y solo entonces fue cuando me ocurrió lo que no puedo definir con otra palabra que no sea la de misterio. Mientras movía una de esas sillas blancas, casi nuevas, que hacían juego con el color de las barandas y de las paredes, y la pérgola, mientras la llevaba cerca del grupo familiar, sentí que no podía colocarla donde mi deseo indicaba: a cada momento que las cuatro patas tocaban el suelo, un soplo, una viento leve y rápido me soplaba las orejas, como un susurro que nadie hace, y que me incomodaba la tarea de sentarme. Volvía, extrañado, a levantar la vista para identificar otro posible lugar, iba hasta él, y se repetía el soplido detrás de mí, como dedos ligeros sobre la nuca, y volvía yo a detenerme, a voltear para comprobar el vacío, para ver a nadie.

No podía creer que algo así me estuviera ocurriendo. Conté mentalmente las cervezas que ingerí. No fueron más que cuatro en cinco horas, y con el calor, imposible no haberse disuelto su potencia. Miré al grupo, con ganas de intentar comentar, como chiste, la rareza de la sensación, el impedimento de poder sentarme limpiamente a gozar la tarde. No lo hice. Me sobrevino un escalofrío. Volví a mirar el mar, enorme. Miré más arriba: el cielo repetía aquella enormidad. Vi el edificio, bajé por las ventanas, las cornisas, hasta llegar de nuevo a la caminería, el pequeño jardín, una curva del estanque. En letras color naranja tostado, puestas en un rótulo bien hecho sobre paredes de granito, se leía la frase “Brisa blanca”.

Me olvidé de la silla y pensé que hay momentos en que el paisaje nos pide concentrada atención. Pensé que en un lugar en el que tantas personas habían llegado al mar con los ojos abiertos, todavía con alguna frase en los labios, con algún grito; gente que cruzó el borde de la arena hundida en un torrente vertiginoso, entregando su respiración a la profundidad desconocida, sin despedirse, sin siquiera parpadear, pensé, ahí, que lo que fue obligado a callar, a hacer silencio de golpe, encuentra una vía para hacer sonar su aliento, nunca listo para callarse definitivamente.

Nos fuimos al día siguiente. Antes de salir, a través del vidrio de la ventana miré un día pleno, sólido en sus cuatro columnas de cielo, y mi rostro asomó una sonrisa, de temblor pero también de asentimiento, de respeto.