• Caracas (Venezuela)

Salvatore Basile

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Salvatore Basile

Un helado revolucionario

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Cuando, en el 36.° Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, salimos del cine Yara, nos topamos con una cola de ciudadanos cubanos esperando la entrada a la mítica heladería Coppelia, escenario de la famosa película de Tomás Gutiérrez Alea Fresa y chocolate, nuestro amor por el cine cubano nos impulsó a unirnos a los ciudadanos en la fila. Este fue uno de los primeros proyectos de la revolución castrista para hacerles competencia a las grandes heladerías norteamericanas que en los viejos tiempos pululaban en la muy de moda Rampa, y especialmente al Howard Johnson, en la esquina de la calle 23 y G, que ofrecía 28 sabores de helado y era un privilegio reservado para la burguesía cubana.

El mismo Fidel, buen consumidor de helado, impulsó este megaproyecto para superar a los yanquis, ofreciendo 29 sabores. Se dice que saliendo de una reunión política en el hotel Habana Libre, diagonal al parque, Fidel comisionó al famoso arquitecto cubano Mario Gironi el aprovechamiento de este enorme espacio, que fue un viejo hospital descontinuado, el Reina Mercedes, para construir una heladería popular al servicio de los cubanos de a pie.

El arquitecto, influido por grandes colegas internacionales como Pier Luigi Nervi y Óscar Niemeyer, de la nueva escuela de arquitectura mundial modernista, le dio la forma de un platillo volador, que es seguramente la más grande heladería del mundo, capaz de atender a miles de clientes diariamente y con sistema de acomodación muy particular.

“Cuatro personas”, anunciaba una ujier; “6 personas”, y la familia que nos precedía subía y la cola, como el tráfico bogotano, lentamente fluía. Al fin nos tocó, pero la ujier anunció “4 personas” y nosotros éramos dos. Así descubrimos que Coppelia era un restaurante familiar comunitario. Nos sentamos con dos cubanas más, madre e hija, gorditas las dos, pero sin agüero pidieron varias bolas de helado y un flan de caramelo con galleta.

Yo, goloso, pedí una ‘ensalada’ 5 bolas, y Jacqueline, más discreta, solo 3 bolas. Y, copiando a las gorditas, dos flanes con galleta. Nos comimos un buen helado, no el mejor del mundo, como pretendía Fidel, pero seguro el más económico: mi cuenta arrojó la impresionante cifra de 20 pesos cubanos, que corresponden a 80 centavos de dólar americano. Si esto no es revolucionario...