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El extraño afrodisíaco de la mirada voyeurista

Hay parejas que disfrutan espiando al otro mientras hace el amor con desconocidos

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Para Jorge y Daniela, su mejor sexo es la puesta en escena de dos protagonistas y un solo espectador. “Te confieso que la primera vez que Jorge me lo propuso, sentí asco y hasta vomité; pero ya con la experiencia que da esta aventura puedo pararme aquí y recomendársela a otras parejas”, confiesa la joven caraqueña, 29 años de edad, casada con un ingeniero de su misma edad y, por ahora, sin hijos.
Quien habla no es una actriz porno después de haber pasado por el casting o alguien que sigue los pasos de la célebre Torremolinos 73, el filme español de Pablo Berger que narra la experiencia del empobrecido vendedor de enciclopedias, quien un día decide filmar en super 8 a su mujer en actos sexuales con otros, para salir de problemas económicos.
En este caso, Daniela se enreda en explicaciones hasta que Jorge la saca de apuros y ofrece su punto de vista con mayor claridad, con el fin de evitar etiquetas y confusiones. “No se trata de un trío, ni somos voyeuristas ni hacemos intercambio de pareja, simplemente sentimos placer al ver que uno de los dos hace el amor con un desconocido mientras el otro observa”.
“Llámelo como se le llame, se trata de un acto voyeurista, un tipo de placer que se obtiene al observar, generalmente a escondidas, a otras personas desnudas, en vías de estarlo o practicando el acto sexual, y forma parte de las 130 parafilias registradas por el Manual de Diagnóstico de los Trastornos Mentales de la Asociación de Psiquiatría de Estados Unidos”, indica el psicólogo clínico y profesor universitario Néstor González Batista, quien lo define como fantasías recurrentes y excitantes que obedecen a impulsos desarrollados a veces desde la niñez o la adolescencia, y “que acompañan al adulto como un requisito para completar su vida sexual”.
“Por lo general, esta parafilia tiene su origen en la adolescencia, cuando el descubrimiento o revelación del sexo del otro sucede en circunstancias que rozan con lo prohibido, según los cánones morales expresados en la formación familiar o el entorno”, expresa. González pide diferenciar con atención al voyeurista del adicto al sexo. “Para que haya un voyeur debe haber exhibición de un objeto deseado, una especie de observación clandestina y el resto lo hace la mente”, sostiene.
 
La emoción de espiar. El término proviene del francés voyeur (mirón) y dicta en buena medida la excitación en el hecho de esconderse para observar. “No ser descubierto genera una emoción que incrementa el placer porque se está viendo. Es por ello que algunos especialistas no reconocen como voyeuristas a quienes son aficionados a la pornografía o a quienes pagan por ver un acto sexual en vivo”.
En realidad psicólogos y sexólogos no se ponen de acuerdo sobre hasta dónde debe ampliarse el término voyeurista, pues algunos aceptan como tal la mastolagnia (placer al contemplar los senos de la mujer), cuando otros lo catalogan como simple fetichismo (el estímulo sexual lo proporcionan objetos o prendas). “En materia de goce sexual sin contacto, desde simples desnudos hasta escenas de parejas hetero y homosexuales, existe un amplio abanico muy difícil de definir”.
En el caso de Jorge y Daniela, se trata de una decisión personal que, aseguran, no asumen de manera pública y para la cual son muy selectivos. Jorge apunta que, a diferencia del clásico trío, él no interviene: “Me limito a mirar”. Lo que a veces incomoda al invitado.
“Aunque no lo creas, esa emoción límite es la que nos excita sexualmente y nos une en nuestro compromiso de pareja”, apunta.

Candaulismo
Una práctica habitual en burdeles franceses, a principios del siglo XX era que los maridos observaban cómo sus mujeres se acostaban con otros hombres. Se le denominó candaulismo, y al parecer deriva del nombre del rey griego Candaules (siglo VIII-VII a. C.), quien ideó un complot para mostrar a su esposa desnuda a su siervo Giges de Lidia, sin que ella lo supiera. Tras descubrir que Giges la estaba mirando desnuda, la esposa de Candaules le ordenó elegir entre matarse a sí mismo o matar a Candaules para castigar su falta. Giges mató al rey y lo reemplazó en el trono.