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Un beso apasionado alivia la depresión

El gesto no sólo constituye la puerta de entrada al acto sexual, sino que es la clave del afecto y enseña a vivir en armonía

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Comparado con el novio anterior, Luis es un campeón con medalla de oro en el arte de besar. Ese gesto, que los científicos llaman "la tormenta bioquímica", desarma a Laura, 32 años de edad, cuyo primer enamorado no sólo no sabía enlazar su lengua con la de ella.

"Tampoco le daba importancia a ese contacto de afecto", recuerda la chica.

"Seducir es, ante todo, interesarse en el otro, verlo, interactuar y así iniciar una relación", define Arnaud Rubí, propulsor de las técnicas de coaching enfocadas en la comunicación amorosa. El sociólogo francés, egresado de La Sorbonne, dice que con la seducción van emociones muy poderosas y que el impulso hacia el otro, la espera y la esperanza, en ese instante nos hace sentir totalmente vivos. "Seducir es probablemente una forma de alejarse de la soledad, de la depresión y hasta de la muerte".

En un beso, la vida. De ese acto atávico, que los libros afirman va antes que el de golpear, se ha escrito tanto que poca falta hace exaltar sus bondades. "Vivimos mejor y vivimos más gracias al beso", dice Arthur Sazbo, de la Universidad Wilfrid Laurier, en Ontario, Canadá. Asegura que las parejas que se despiden con un beso antes de irse al trabajo tienen menos accidentes de tráfico, ganan 25% de dinero más y su esperanza de vida se alarga cinco años. La explicación es sencilla: "Los que empiezan el día con un beso lo hacen con una actitud más positiva y más energía vital".

Para los sexólogos, cuando besamos se libera un buen número de hormonas, como las endorfinas, que generan sensación de bienestar y tienen efecto analgésico. A ellas se les unen la oxitocina y la testosterona, la primera relacionada con la lactancia y la excitación sexual, mientras que la otra se involucra en variados procesos fisiológicos, incluido el relacionado con el deseo sexual. A estas les seguirá la adrenalina y noradrenalina, que elevarán la tensión arterial y los latidos del corazón. Un estudio de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, demostró que el cerebro humano está equipado con neuronas que le ayudan a encontrar los labios de su pareja tanto con los ojos cerrados como en espacios sin luz.

Edgard Flores, psicólogo clínico, agrega que cada vez que unos labios apasionados se unen a otros se consumen 12 calorías, se mueven 36 músculos y las pulsaciones del corazón aumentan de 60 a 100 latidos. "La huella de cada beso viaja hasta el cerebro, no sólo deja rastro en la memoria, sino que interviene en un gran número de circuitos neuronales".

La historia ha registrado en textos, dibujos, grabados, fotos y otras expresiones el modo como la cultura o las religiones influyen en la expresión del amor, pública y privada. El jefe de Psiquiatría del Complejo Asistencial de Burgos, España, Jesús de la Gándara, autor de El planeta de los besos, cita un estudio de la Universidad de Bochum, Alemania, en el que se afirma que 10% de la población mundial, cerca de 650 millones de personas, no se besa nunca, como sucede en tribus de Finlandia, en ciertas regiones de China o en Mongolia, donde los padres no besan a sus hijos sino que les huelen la cabeza. Más sorprendentes son los maoríes, quienes ­a lo Tyson­ se muerden la cara en vez de besarse.

El Kamasutra dice que hay 30 formas diferentes de besar, pero privilegia el beso en el clítoris. Los romanos distinguían tres clases de besos: los ósculos, amistosos; los vasia, propios del afecto; y los suavia, besos del sexo. En todo caso, como preguntaba Shakespeare, en su poema Adonis y Venus, "¿Qué mal podría hacer si pongo un beso en vuestros labios?".