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Cuando la mujer rechaza la tiranía del coito

 En el ámbito científico el sexo también aporta | EFE

En el ámbito científico el sexo también aporta | EFE

Sexólogos advierten a hombres y mujeres acerca del riesgo de limitar la sexualidad al órgano sexual masculino

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En sentido literal, Juan Alberto no hace el amor con Daira. Cuando vuelve a casa, tras una jornada de mucho trabajo, agobiado por las colas y azotado por la estresante ciudad, lo primero que hace es sacarse la ropa, tomar una cerveza y llevarse a su esposa a la cama. En cuestión de minutos, el abogado de 38 años de edad ha saciado la cerveza y su deseo. La descripción apurada de la intimidad de esa pareja, con más de 6 años juntos y afiliados a la fidelidad, es lo que los impulsa –al igual que a 2 de cada 10 matrimonios– a visitar al sexólogo. En su caso, Daira presiente que algo anda mal.

“Para decirlo con un término de moda: forma parte de la dictadura del coito, suerte de dominación que ha pasado a convertirse en un hecho culturalmente aceptado”, explica el psiquiatra Rubén Márquez, en un esfuerzo por diferenciar la dicotomía que otros de sus colegas identifican como “sexo blando” versus “sexo duro”.

Márquez admite que aunque es cierto que la mayoría de las parejas en sus primeros años practican el acto sexual con intensidad, lo cual los une emocionalmente, también es verdad que con el paso del tiempo “la rutina doméstica llevada a la cama es capaz de matar todas las pasiones eróticas, y el sexo termina por limitarse a la obtención del trofeo: el orgasmo”.

Macho y hembra. En su artículo “Machos, varones y sexo”, el médico Juan Impallari, director del Instituto Kinsey de Sexología, en Argentina, afirma: “No nacemos varones, nos hacemos, recorriendo un proceso de socialización en un marco cultural determinado”. Es en ese contexto en el que Márquez retoma el proceso que masifica normas para ellas y para ellos, de modo que llevado al ámbito del sexo asoman conductas que algunos hombres desarrollan y que por la imposición de cierto arquetipo machista tienden a limitar en exceso el placer en sí mismo.

“Es a lo que Impallari se refiere como el imperialismo del coito, que traducido en buen cristiano alude al hecho de que para los hombres la única posibilidad de pleno disfrute sexual es cuando hay penetración vaginal, dejando de lado otras múltiples prácticas que construyen el placer. Si el coito no se concreta, todo lo que pasa antes no tiene sentido porque las acciones previas existen en tanto se produzca ese fin. ¿Qué pasa cuando esto no sucede? La tragedia, ya que si se limita la sexualidad al pene, si éste no responde, el mundo sexual se derrumba porque, además, puede tender a ver las relaciones como una expresión de masculinidad”, afirmó Márquez.

La fuente del placer. El clítoris fue descubierto en el siglo XVI y redescubierto por la sexología a finales del XIX. El orgasmo múltiple en el XX. Hasta entonces había sido exclusivamente cosa de hombres. Obviamente que las mujeres sabían lo del clítoris y conocían los orgasmos múltiples sin que ningún especialista lo descubriera. Pero para la opinión pública supuso un escándalo constatar no sólo que la sexualidad femenina no es inferior ni más débil que la masculina, sino probablemente más placentera que la masculina porque la mujer no se descarga y muere, sino que es capaz de perderse en las cimas del placer sin descender de ellas durante mucho tiempo.

En el caso de los hombres, el orgasmo es esencial para la inseminación: las embestidas empujan los espermatozoides dentro de la vagina. El óvulo de la mujer, sin embargo, es expulsado naturalmente por el ovario una vez al mes, independientemente de su respuesta sexual. De acuerdo con Helen Fisher, una de las causas del orgasmo femenino radica en el placer que siente la mujer. “Para la mujer, el orgasmo es un viaje, un estado alterado de conciencia”.

Mujer fatal

De 1970 a 1988, William Hartmann, del Centro para Problemas Maritales y Sexuales, en California, Estados Unidos, monitorizó el orgasmo de 469 mujeres y 289 hombres. El mayor número de orgasmos en una hora fue de 134 para la mujer y 16 para su pareja. Expertos sostienen que el miedo de los hombres a la potencia de la sexualidad femenina ha sido uno de los grandes motivos para encerrar a las mujeres en el ámbito doméstico, desde cubrir sus cuerpos (del velo a la burka), o mutilarlos (2 millones de niñas al año son castradas a manos de familiares) o para estigmatizarlas como seres más cercanos a la irracionalidad que a la cultura y la civilización humana. Como el orgasmo es señal de haber llegado a la máxima satisfacción, a los hombres les gusta que la mujer lo experimente porque es la prueba de la gratificación de su compañera, y tal vez porque suponen que de ese modo tenderá menos a buscar aventuras sexuales. Desde esa óptica, el orgasmo femenino sirve o existe para alimentar el ego del macho y lo prueba el hecho de que muchas fingen tenerlo para no herir a su compañero.