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Besar no pasa de moda

Pareja besándose/ El Nacional

Pareja besándose/ El Nacional

El beso del amante, beso de judas, el beso del amigo, el beso de la madre. La experenciencia humana de besar sigue siendo algo de lo que a todos les gusta hablar

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No hay sensación similar al del roce de un par de labios por primera vez. Una piel distinta, más suave, desconocida, una piel que también come, nos toca sin más. Poco a poco se abren los labios, la sensación se vuelve húmeda y la conversación se torna más complicada con rutas que no sabíamos que nuestras lenguas conocían. Todo eso, sin haber dicho una palabra.

Porque besamos cotidianamente, besamos con amor de madre o padre, de hijo o hija, besamos a los amigos, besamos en la frente y besamos al amante a la luz del día o en secreto, robamos besos, nos los dejamos robar, pero besamos porque besar es una cosa muy humana tanto así que lo exótico, lo raro es encontrar culturas que no lo hagan. Y las hay, tal y como lo documenta el estudioso Christopher Nyrop en su famoso libro El beso y su historia publicado en el 1901, donde el autor da cuenta de ciertas tribus africanas en las que se acostumbra decorar o alterar la forma natural de los labios y en las que los besos no son una expresión de nada. Sencillamente, no se besan. Lo mismo sucede en otras tribus finlandesas en las que es normal, por ejemplo, bañarse juntos totalmente desnudos pero un beso es considerado algo absolutamente indecente. Y aunque es así y se ha documentado, la verdad, es que es la excepción y no la regla.

Sigmund Freud, como es natural, abordó el tema hasta la saciedad y vinculaba la naturalidad del beso al primer gran encuentro vínculo del ser humano: el pecho materno. Incluso, se ha teorizado acerca de que es esa la razón por la cual la mayor parte de las personas suelen inclinar la cabeza hacia la derecha cuando besan. En esa misma línea Freud dijo que besamos a otros porque somos incapaces de besarnos a nosotros mismos. En el beso aparece ese primer límite del placer individual.

El ser humano se besa desde tiempos inmemoriables. La antropología ha reconocido que hace más de dos millones de años los homínidos se besaban, del mismo modo que lo hacían -y hacen todavía- los chimpancés. Esto se ha atribuido a la necesidad de las homínidas de masticar la comida antes para luego poder darla a sus bebés.

Quizás los monos, que suelen besarse, nos recuerdan eso casi con tanta elocuencia como la abundante poesía y literatura antigua que habla de la experiencia del beso. Nos cuenta la experta en estudios culturales Lilliana Ramos Collado, quien ha dedicado multiplicidad de ensayos al tema del beso, que un ejemplo sobre ello es la obra del escritor griego del siglo II d.C. Aquiles Tacio quien en su Leucipa y Clitofonte, libro II narra: “Nos apartamos porque venía la sirvienta. Sentía la presión del beso como si fuese algo corpóreo y lo guardaba celosamente,vigilándolo como un tesoro de placer por ser una dulce avanzadilla. Pues incluso nace del órgano más hermoso del cuerpo, ya que la boca es el órgano de la voz y la voz reflejo del alma. Al producirse el contacto de las bocas y al descender la placentera sensación, izan las almas hasta el beso, y sé que, de un modo igual, no había gozado antes mi corazón. Fue en ese momento por primera vez cuando aprendí que nada hay que compita en deleite con un beso de amor”.

Igualmente, en el bellísimo, erótico y romántico libro bíblico del Cantar de los cantares, el primer cantar comienza con un llamado desesperado a que el amante responda: “Bésame con los besos de tu boca”, clama la amada.

Ejemplos donde el beso protagonice un relato de amor, incluso como un momento climático más intenso que el sexo, hay incontables en todas las manifestaciones artísticas. A vuelo de pájaro habría que pensar en el beso que se dieron los actores Regis Toomey y Jane Wyman en la película You're in the army now (1941). Este fue uno de los besos más largos de la historia del cine con una duración de tres minutos y cinco segundos. Igualmente, en la famosísima escultura del beso de Rodin o en el cuadro del mismo nombre de Gustav Klimt. En el primero los cuerpos de los amantes apenas se tocan porque toda la intimidad posible acontece en sus bocas. En el segundo, el beso acaba por confundir sus siluetas y no sabemos dónde empieza él y donde acaba ella. En el beso el dos deja de ser un número par.

“Hay una convención artística de que el beso es secreto, que el beso verdadero es ilegal”, observa Ramos Collado quien nos recuerda que desde la perspectiva platónica y neoplatónica el foco del amor era la mirada. “La vista es profundamente espiritual, mientras que la boca nos indica que las cosas que nos gustan van a estar dentro de nosotros, por eso es el sentido más rastrero”.

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“Con el beso viene la voz, el gusto y por ello se va a convertir además en una manera de hablar indirectamente del sexo, es el asiento del eufemismo”, nos dice Ramos Collado toda vez que nos recuerda el trabajo del antropólogo Adam Phillips en su libro On Kissing, Tickling and Being Bored (1994) quien elabora en torno a la sensualidad que deriva de la idea de probar y saborear a otra persona, así como porque se trata de el modo en que logramos saciar el deseo de poseer al ser amado. “Las bocas aprenden a besar (...) como una manera de saciar ese otro apetito, el apetito del placer que es independiente. Cuando besamos, devoramos el objeto del deseo acariciándolo, lo comenos y en un sentido eso sostiene su presencia. Besarse en la boca es además una manera de difuminar la línea entre el que da y el que toma”, argumenta Phillips en su libro.

Para la ensayista Diane Akermann al besarnos “jugamos a devorarnos” como dice en su libro Una historia natural de los sentidos (1990), en el que habla además del beso como ese contrato silencioso que sella el amor, el deseo y la complicidad y del beso desde una mirada erótica como ese “exquisito tormento” al que nos sometemos como preámbulo a hacer el amor.

Porque si algo tiene el beso es que sella, marca, cierra e inicia ciclos. Descubrimos las mariposas en el estómago con un beso, sellamos una ceremonia nupcial con un beso, damos la bienvenida o la despedida, sabemos incluso si nos entendemos con alguien por el modo en que nos besa. Besamos con ternura, con fuerza, con suavidad, besamos como somos en esa carnosa versión de esa otra manera de hablar.