• Caracas (Venezuela)

S:D:B Alejandro Moreno

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S:D:B Alejandro Moreno

La naturalidad del mal

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“¡Sangre!”, dijo mi vecinito de cinco años señalando con su índice una mancha roja en el suelo ante su puerta. “Sí, sangre”, le dije yo, “los tiros de anoche”. Era una mancha; no un charco. De un herido; no de un muerto.

“Sangre”, han podido gritar, si no lo han hecho, al ver el chorro que brotó ante sus ojos cuando salían del colegio en La Dolorita, otros niños. Mototaxista muerto en un charco rojo. 

La sangre en los ojos de los niños. ¿Cuántos la llevan ya, y cuánta acumulada, en sus retinas, como un componente natural de su paisaje familiar?

Una mancha más en el asfalto. Como las de aceite que le gotearon a un vehículo, como las de orina de un perro, como el chicle que aplastó el pie de un muchacho, como la huella roja de un tomate despachurrado. Circunstancias naturales en una calle normal de cualquier barrio, la misma que el niño recorre todos los días para ir a la escuela, para hacer un mandado o para jugar al escondido evadiendo el circular de los carros y las motos. El mal convertido en parte corriente de la cotidianidad, el que en su ordinario acontecer pierde su identidad de mal y pasa a ser un accidente cualquiera de la vida. Para los que ya somos adultos, la muerte violenta en nuestro entorno nos sorprendía como un choque, como una inesperada y brutal torcedura de la existencia, como aquello que no tenía cabida en nuestra manera de comprender el mundo. Nunca pensamos que pudiera llegar a convertirse en una parte cualquiera de lo común. Para nuestros niños –¿la mayoría?–  ya lo es. Para ellos no hay mundo sin sangre derramada en la calle. Aprenden, así, a contar con ella. ¿Hasta dónde? ¿Hasta sentir que no importa mucho si ellos mismos la derraman algún día?

Me regalaron un libro, me marcaron un párrafo con una flecha. El autor, un psiquiatra acucioso, reporta una conversación con un policía que hace de taxista. Dice el agente: “Los malandros (…) cuando los vas a fusilar, cómo lloran (…) los niños son valientes; a uno que nos disparó, y por eso había que fusilarlo, no tendría doce, ni lloró ni nada, él mismo se arrodilló y puso el cuello para que le diera el tiro”.

Lo más significativo es la fría y absoluta naturalidad con que lo dice. Fusilar a malandros, lo mismo que a niños, es algo que “había que hacer”. Sobreentendida la total impunidad. ¿Cuántos como él habrá en la institución? ¿Fusilar es la orden? ¿Cuánta sangre habrá acumulado en sus ojos desde que era niño?

¿Podrán la educación, la moral cristiana, la dignidad ciudadana, por sí solas, lavar tanta sangre de los ojos de los niños?