• Caracas (Venezuela)

S:D:B Alejandro Moreno

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A jugar se ha dicho

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 “Tú eres de arriba, yo soy de abajo; vamos a caernos a plomo”, le dice el chamito de cinco años a su primito de seis exhibiendo ambos su respectivo palito empuñado a guisa de pistola. Toda la vida y en todo el mundo los niños han, y hemos, jugado al enfrentamiento de buenos contra malos: indios y vaqueros, policías y ladrones, en España moros y cristianos. En los ilustrados colegios europeos, entre romanos y cartagineses se dirimían los debates escolares. Fuera justa o no la ubicación ética de los unos y los otros, en el lúdico conflicto se escenificaba la eterna lucha entre el bien y el mal que era lo que latía en el fondo si bien en la superficie se reflejaran las influencias del espectáculo, la batalla institucional contra el delito común o las ancestrales interpretaciones de ciertos acontecimientos históricos. De todos modos, el niño discriminaba y se ubicaba. El juego, así, era un ejercicio de aprendizajes y decisiones éticas.

Los niños de mi historia real, la de hoy en nuestros barrios, juegan a lo que se escenifica ante sus ojos y a lo que viven con la fuerza de lo que marca para toda la vida. No juegan a buenos contra malos sino a malos contra malos, armas contra armas, violencia contra violencia, poder contra poder. No existe un campo del bien para su ejercicio de ubicación ética; sólo los múltiples campos del mal, a menos que entendamos por bien el más débil de los dos males enfrentados.

Sociedades así han existido en la historia y en su sentido y valores fueron formados sus niños y jóvenes. Sociedades así parecen estar resurgiendo en distintos lugares del planeta.

¿Estará naciendo entre nosotros una sociedad en la que el bien esté barrido del sentido, del sistema de significados que habrán de constituir su campo de autocomprensión, su identificación como grupo humano, y sólo queden las múltiples gradaciones y variedades del mal?

Los adultos allí y aquí necesitan asumir distintas máscaras, cubrirse el rostro con disfraces religiosos, revolucionarios o mesiánicos. Los niños con su espontaneidad desvelan la verdad de fondo, la violencia que vibra detrás de las caretas, sin encubrimiento.

Me temo que los nuevos y actuales juegos de nuestros niños estén anunciando un futuro muy oscuro para esta Venezuela que tanto amamos y en la que nos toca vivir.

El remedio se dice estar en lo que suele entenderse por educación. Pero hay otra que no se tiene en cuenta, quizás porque no se la controla y que es la más eficaz: la provista por el discurrir cuotidiano de la vida, la que brota en los juegos de los niños.