• Caracas (Venezuela)

S:D:B Alejandro Moreno

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S:D:B Alejandro Moreno

Víctima del terror político

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No defendió ni a la izquierda ni a la derecha ni se puso de parte de ninguna de las dos. Defendió a las personas y por ellas se parcializó. Ni ensalzó ni denigró a las fuerzas armadas de su país; sólo las llamó al cumplimiento de la ley moral. Y por eso lo asesinaron un 24 de marzo. Testificó que la defensa de la vida de los hombres, tengan lo que tengan dentro del cráneo, está más allá de cualquier otra defensa. Se llamaba Oscar Arnulfo Romero y este papa Francisco, 35 años después de su testimonio definitivo, lo declara beato, mártir de Jesucristo y del amor al prójimo. Hoy que se mata, se permite matar y se incita a hacerlo en defensa de un dios, blasfemando de Dios, de la permanencia y estabilidad de un gobierno o de un algo que llaman patria, blasfemando también de la Patria, sacuden nuestra conciencia sus palabras por su paladina actualidad en Venezuela, esas mismas palabras por las que el poder político-militar de este mundo decretó su muerte: “Yo quisiera hacer un llamamiento muy especial a los hombres del Ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional (¿B?), de la policía (¿B?), de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos (¿estudiantes?), y ante una orden (¿8610?) de matar que dé un hombre debe permanecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas (¿las revoluciones?) si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

Su condena de la “obediencia debida”, nada subliminal, que los gobiernos de la “seguridad nacional” siempre exhibieron para bloquear el espontáneo rechazo que todo humano normal siente a perpetrar la muerte del otro hombre justificando, así, y liberando de culpa a quien es incitado a ejecutar la brutal represión, y que hoy repunta bajo otros nombres y resoluciones, selló su sentencia de muerte. ¿A qué sonó el plomo entrando en su lleno corazón?

“Y si me matan, resucitaré en el pueblo”. A eso.