• Caracas (Venezuela)

S:D:B Alejandro Moreno

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18 de junio de 1815. Waterloo. Derrota definitiva de Napoleón, uno de los hombres más violentos de la historia. Casi dos meses después, el 16 de agosto, nacía en medio de la pobreza, producida también por esa violencia, su antípoda, un humilde campesino, Juan Bosco. Dos bicentenarios que nos hacen pensar.

Don Bosco es bien conocido como educador de los jóvenes pobres y abandonados, pero poco en cuanto a sus relaciones con la violencia juvenil. Y sin embargo, de ellas surge su dedicación educativa. Es precisamente durante sus primeros cinco años de sacerdote, entre los 26 y 31 de edad, en los que establece permanentes contactos con las cárceles de Turín, cuando surge en él la decisión de dedicar a ellos su vida. Turín, entonces, es una ciudad que está iniciando su revolución industrial. Sus calles pululan de jóvenes campesinos pobres, como el mismo Juan, emigrados en busca de un trabajo que no encuentran, vagando por ellas desorientados, hambrientos y muchos entregados al delito, incluido el asesinato. Las cárceles de Turín son las clásicas del siglo XIX. Don Bosco habla de guardianes y centinelas, de puertas de hierro que se cierran, de rejas y cadenas, de oscuridad, aire corrompido, hediondez, peleas mortales entre presos y toda clase de males. En ellas encuentra también a muchachos condenados a la horca por sus delitos. En la calle empieza a tomar contacto con los jóvenes en peligro de caer en el crimen. Los reúne donde puede, unas veces en un edificio abandonado y destartalado, otras en la misma calle cuando de él lo expulsan y, finalmente, en un potrero que le prestan. Ahí juega con ellos, los instruye no sólo en la religión sino en todo lo que puede serles útil para defenderse en la ciudad y, sobre todo, los trata con cariño. La gente los llama los biricchini di Don Bosco; en el venezolano de hoy: “Los malandritos de Don Bosco”. Ahí empieza a practicar su lema para la educación: razón, religión y cariño. Muchos años más tarde, cuando en París le pregunten cómo ha logrado educar a esos malandritos, responderá con una sola palabra: “Amándolos”.

Esas experiencias le plantean una acuciante preocupación: cómo hacer para que los jóvenes no lleguen a la cárcel ni a la horca. Es necesario prevenir. Su método educativo él mismo lo definirá como “sistema preventivo”.

Doscientos años después, nuestra juventud se encuentra en situación parecida. El Estado sólo sabe responder con violencia y fuera de la ley. Cuando el mal está hecho, hay que aplicar la ley, pero la raíz del mal se elimina previniendo, como pide Don Bosco.

os que establece permanentes contactos con las cárceles de Turín, cuando surge en él la decisión de dedicar a ellos su vida. Turín, entonces, es una ciudad que está iniciando su revolución industrial. Sus calles pululan de jóvenes campesinos pobres, como el mismo Juan, emigrados en busca de un trabajo que no encuentran, vagando por ellas desorientados, hambrientos y muchos entregados al delito, incluido el asesinato. Las cárceles de Turín son las clásicas del siglo XIX. Don Bosco habla de guardianes y centinelas, de puertas de hierro que se cierran, de rejas y cadenas, de oscuridad, aire corrompido, hediondez, peleas mortales entre presos y toda clase de males. En ellas encuentra también a muchachos condenados a la horca por sus delitos. En la calle empieza a tomar contacto con los jóvenes en peligro de caer en el crimen. Los reúne donde puede, unas veces en un edificio abandonado y destartalado, otras en la misma calle cuando de él lo expulsan y, finalmente, en un potrero que le prestan. Ahí juega con ellos, los instruye no sólo en la religión sino en todo lo que puede serles útil para defenderse en la ciudad y, sobre todo, los trata con cariño. La gente los llama los biricchini di Don Bosco; en el venezolano de hoy: “Los malandritos de Don Bosco”. Ahí empieza a practicar su lema para la educación: razón, religión y cariño. Muchos años más tarde, cuando en París le pregunten cómo ha logrado educar a esos malandritos, responderá con una sola palabra: “Amándolos”.

 

Esas experiencias le plantean una acuciante preocupación: cómo hacer para que los jóvenes no lleguen a la cárcel ni a la horca. Es necesario prevenir. Su método educativo él mismo lo definirá como “sistema preventivo”.

Doscientos años después, nuestra juventud se encuentra en situación parecida. El Estado sólo sabe responder con violencia y fuera de la ley. Cuando el mal está hecho, hay que aplicar la ley, pero la raíz del mal se elimina previniendo, como pide Don Bosco.

ciporama@gmail.com