• Caracas (Venezuela)

S:D:B Alejandro Moreno

Al instante

Contagio de violencia

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La trágica masacre de la antigua cárcel de Uribana, que hoy se llama de otro modo dada la obsesión de este régimen por cambiar los nombres pero no la sustancia, ha motivado una verdadera explosión de comentarios asquerosamente brutales en las redes de comunicación.

“Lo único lamentable fue que no todos pasaron el páramo”, “Ninguna consideración con ningún animal de esos”, “deberían hacer eso en todas las cárceles”, “se autoaplican la pena de muerto que esos parásitos merecen”.Alguien llegó hasta la blasfemia: “que se mueran todos esos choros y delincuentes y verán que Dios lo agradecerá”. Se podrían llenar muchas páginas de expresiones así dictadas por una reacción de violencia emocional, visceral, contra la violencia de hecho vivida cotidianamente. Comprensible como se puede comprender la emergencia de lo más animal prehumano, infrahumano e inhumano en el hombre cuando estalla impulsado por la fría inhumanidad del asesino. La violencia es una enfermedad contagiosa. Puede contagiar el alma, el pensamiento y la ética de toda una sociedad. Pero comprender no es aceptar ni justificar. Esto no nos lo podemos permitir. Un hombre, por mucho crimen que haya cometido, por muy perversa y abominable que haya sido la historia de su recorrido por la vida, es siempre mucho más que su mala conducta. La humanidad que le es inherente no la pierde ni puede, aunque quiera, perderla.

Esta manera de concebir y apreciar a todo hombre por su pura humanidad, fuera de cualquier otro calificativo, es cristiana en cuanto está arraigada y se ha difundido, precaria e imperfectamente todavía, por el mundo, en la persona, la vida y la palabra de Jesucristo.

Precisamente este es el fundamento de la paz, de esa que se anunció clamorosamente una noche en Belén a todos los hombres sin distinción, “porque Dios les tiene buena voluntad”, una manera de decir que los ama. La “buena voluntad” es de Dios hacia los hombres; no cualidad de algunos como se nos ha dado a entender sobre la base de una deficiente traducción.

Paz apoyada en el amor y el perdón. Junto al anuncio navideño, la palabra del profeta: “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado –oráculo del Señor—sino que se convierta de su conducta y viva?” (Ez. 18,23).

Aquellos comentarios, nada pacíficos, resultan así ante-navideños y antinavideños en tiempos de Navidad. Se sostienen sobre profundidades emocionales aun no cristianizadas. Cristianización no sólo de fe creyente sino cristianización de una cultura a la que, en eso, después de 2.000 años también los no creyentes pertenecen.

ciporama@gmail.com