• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

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Rubén Osorio Canales

Una zuppa di pesce en Nápoles

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Corría el año 1958 y estábamos en Nápoles despidiendo a Rafael Ferro Orta, quien fuera mi suegro, reservado, austero, íntegro. Había tomado la decisión de regresar a Venezuela en barco. El puerto de Nápoles es una fiesta de exuberancia y picardía, de aires llenos de mar, de música y de voces humanas de gran alegría. Por un lado los estibadores, por otro los “guaglioni” lanzándose al mar para recoger las monedas que le lanzan los turistas, por otro, los vendedores de cualquier cosa susceptible de ser vendida, sus cantos de trabajo, todos llenos de voces ancestrales tejidos con ritmo y armonía y, por si fuera poco, ya en los balcones, en las ventanas, en las calles de la ciudad, el encanto de la mujer napolitana, con su aire de desafío, su picardía, su hermosura y sus fantásticos atributos. Toda una fiesta para el espíritu. Esa tarde, comenzando el verano, me fui a la cubierta del barco a ver el mar.

El mar de Nápoles tiene un color único, de un azul que se hace verde y regresa al azul con el ir y venir del oleaje y aquel día el sol tenía una tibieza agradable que me hacía sentir muy bien. Recordaba algunos cuentos de Domenico Rea y el espíritu de algunos pasajes de un libro de Marotta, L’oro di Napoli, y me complacía descubrir que la poesía vive y la ves si la quieres ver, en todos lados.

De ese estado de gracia me sacaron las voces de dos señoras ancianas sentadas a mis espaldas y en la misma banqueta, con unas voces mayores, pausadas, llenas ambas de una maravillosa nostalgia. Recordaban otros tiempos, mientras hablaban de lo triste que eran a veces las despedidas. Una tenía un nieto que emigraba y la otra un hijo que regresaba a Venezuela. Ambas habían llegado al barco con los respectivos avíos, chorizos, mortadelas, salami, panes campesinos.

—No sé por qué tienen que irse, é tanto bello qui –decía una.

—Certamente –decía la otra–, nunca van a encontrar un mar así y un sol, ni un canto tan bello como el nuestro.

Se hizo un silencio largo que fue interrumpido con la voz de una de ellas, un poco más gruesa que la otra. “Señora, mi scusi, la prego, no sé si pueda hacerle una pregunta como ésta”. Entendí que no se conocían.

—Usted sabe, a veces los viejos nos ponemos impertinentes.

—No tenga cuidado puede preguntar –contestó la otra con una voz muy dulce–. La vida –dijo en un lento suspiro– está llena de preguntas y respuestas, si tengo la respuesta se la doy, si no callaré.

La de la voz gruesa dijo:

—Excúseme, yo sé que no tengo el derecho, es algo tan personal... quería preguntarle si usted alguna vez le fue infiel a su marido, ma la prego, mi scusi. Su voz, entrecortada, tenía un dejo de angustia.

Hubo un largo silencio. Yo solo podía imaginar la cara de sorpresa y de estupor de la otra anciana, trataba de pensar lo que pasaba por su mente y suponía que quien había hecho la pregunta debía tener un color distinto en su rostro y que su corazón podía estar como detenido a lo largo de aquel silencio.

La anciana de la voz dulce dijo entonces:

—Sí, una volta, una sola volta, e solo Iddio sa che io dico la veritá. Fue un día de invierno y yo era conserje de un pequeño edificio. Había tanta tarea por hacer, tanto trabajo en aquellos tiempos previos a la guerra. Subía yo a poner el carbón en la calefacción, subía y bajaba y entraba a la casa a vigilar la sopa que tenía en la cocina y volvía a subir y en una de esas tropecé con el muchacho que nos llevaba el carbón cada semana. Caímos por la escalera, el trató de agarrarme y rodamos dos o tres escalones, no sé si fue el sudor, la agitación o qué, pero allí nos besamos y allí nos entregamos. Fue rápido y salvaje. Algo sin ninguna intención. No recuerdo que nos hayamos mirado siquiera al levantarnos. El siguió llevando el carbón al edificio y nunca más nos vimos al rostro, imagino que por la vergüenza. Aprecié mucho el gesto de aquel carbonaio, cierto, fue muy gentil y muy hombre y quizás por eso, hoy, después de 50 años, me atrevo a contarlo. –Después de una pausa dijo–: Gracias señora, era algo que tenía  adentro como un peso muerto y usted me ha librado de él. Il mio marito, poverino, é morto senza mai sospettarlo.

Hubo una pausa. La brisa batía sin mucha furia y las voces de los guaglioni se escuchaban lejanas.

—Yo también lo fui, cara signora –dijo la anciana de la voz ronca, para añadir, después de una larga y pesada pausa–:. Ma, la mía, é una storia piú lunga assai e forze meno bella che la sua.

Hubo un silencio, imaginé que había lágrimas en esos ojos, que se tendrían tomadas de las manos y que la de la voz gruesa debía estar dándole alguna palmada a la anciana de voz dulce. Esperé a que se levantaran y se marcharan. No quise verles el rostro porque pensé que era violar su silencio y aquel secreto tan largamente guardado.

Cuando al fin decidí levantarme, vi que el mar estaba más azul e intenso que nunca y que las olas, a lo lejos, habían perdido toda su agitación.

El barco zarpó y nosotros regresamos a Roma con la tristeza de la despedida y aquella historia tan sentimental que, finalmente, encontró el espacio para ser contada. Como teníamos hambre no pude vencer la tentación de comerme una zuppa di pesce a la manera de Nápoles, como seguramente la habría hecho la anciana de la voz delicada.

La haremos con peces del mar Caribe, por supuesto. Prepare un litro y medio de caldo de pescado con agua, cebolla, sal al gusto, cabeza, espinas y colas de pescado. Cuélelo y resérvelo. Limpie un kilo de pescados mixtos (mero, pargo, mejillones, camarones, curvina), y en una olla de barro ponga tres dientes de ajo machacados y picaditos, una cebolla grande picadita, 400 gramos de pulpa de tomate, un pedacito de peperoncino, y sofría  todo en aceite de oliva. Cuando el sofrito tome cuerpo y consistencia, añada los pescados y comience a dorarlos a fuego suave. Báñelos con el caldo reservado, tape la olla y déjelo cocinar hasta que los pescados estén blandos, pero firmes. Cuestión de veinte minutos a fuego suave. Esta sopa debe quedar bastante espesa y ha de ser servida sobre rodajas de pan campesino con ajo y dorado a la plancha. Esa tarde esa magistral zuppa la  acompañamos con un Rosato del Salento.

En estos tiempos, no sé si una historia como esta puede conmover a alguien.

Pareciera que las únicas infidelidades que llaman la atención hoy día son las de los políticos y, en este momento, la de los comandantes.