• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

La tarjeta de la unidad el detalle que falta

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Vengo sosteniendo que estamos inmersos en una lucha de la democracia contra la barbarie castro-comunista y que era indispensable ganar las parlamentarias porque en definitiva significaría el triunfo de la nación, sobre el régimen. Hoy lo repito para abogar por la tarjeta de la unidad, no como dicen algunos de los dirigentes que hacen vida en la MUD, para dar una sensación más eficiente de la unidad, sino para decir que el verdadero partido de más de 80% de venezolanos que queremos el cambio pacífico y democrático es Venezuela, una Venezuela  ultrajada, casi herida de muerte gracias a los dislates de un régimen anclado en un pasado sin futuro, arreada inescrupulosamente por aventureros, oportunistas, fanáticos obnubilados y una casta que nadie sabe por qué ha hecho del resentimiento una perversa expresión.   

Ya para todos está a la vista que el modelo político, social y económico puesto en marcha desde hace dieciséis años, nos aplasta. Nadie se llama a engaño. Todos en este país hemos podido comprobar en carne propia que este mar de la felicidad, esta promesa de paraíso del llamado socialismo del siglo XXI ha sido, además de un fraude de colosales dimensiones, una de las mayores perversiones políticas de las últimas décadas en el mundo, llevada a cabo por un caudillo histriónico, populista, autócrata, que desde el fondo de su ignorancia se creyó mesiánico, acompañado por un grupo de radicales que se negaron a crecer, a ver más allá de sus narices y cuyas mentes y anhelos se quedaron en los años sesenta sin procurarse nuevas herramientas para saber lo que estaba pasando en el mundo y, por supuesto, a este grupo se unieron en imperfecta formación, verdaderos oportunistas, apátridas y corruptos que en aguas enlodazadas como esas han hecho verdaderos saqueos del patrimonio público.

Está visto que el fanatismo nada tiene que envidiarle a la ignorancia, que ni el fanático, ni el ignorante pueden ver más allá de sus propias deficiencias y si quieren una demostración de lo que aquí afirmamos, solo bastaría con mirar, día tras día, este gran fraude que dieron en llamar la revolución bonita, sin que en algún momento los autores del proyecto le prestaran la más mínima atención, a los golpes de altísima contundencia y en ocasiones mortales, que infligían a nuestras instituciones y a nuestra manera de vivir, proceso todo  conducido antes por un autócrata absoluto convencido de su mesianismo y afecto al culto a su personalidad y, hoy por hoy, por una camarilla que se define como cívico-militar que, además, habla y actúa en nombre de un pueblo que, oh paradoja, es su primera y más importante víctima.

Ese modelo que redujo al país con el  más brillante porvenir de este continente, a este amasijo retorcido de problemas, a esta decadencia, a esta degradación de valores e instituciones, es el mismo que cada vez que lo han puesto en marcha en otros países, ha conducido a los mismos desastrosos resultados que hoy sufrimos los venezolanos. Pobreza crítica en alza continua, hiperinflación que devora con la inconsciencia de un dinosaurio a quienes menos tienen, una  inseguridad galopante que maltrata y reduce los espacios del ciudadano, con una total impunidad a la orden del día, con el añadido de una quiebra de los sistemas de salud, acosos a todo tipo de disidencia, justicia para unos e injusticias para otros, una moneda destruida y con ella los sueños de libertad derrumbados, censura, ausencia de debates, calumnias por verdades, penoso, ridículo y perverso discurso único, trapos rojos y engaños, pactos y acuerdos que lesionan nuestra soberanía, todo ello acompañado con controles que lejos de resolver los problemas los hacen terminales y sobre todo con la siembra paulatina del caos para tener a la mano la o las excusas para ejecutar cualquier atropello a la Constitución.

El país todo, gracias a ese caos dirigido y montado con perversas intenciones, vive en la incertidumbre, acosado continuamente en sus sueños, en su libertad, en su credo, en su intimidad, en su capacidad de protestar, impedido de dar un paso en libertad. Todo ese arsenal de desgracias que el modelo castro-comunista ha traído al país, se puede observar en cada región, no hay ninguna que no muestre el rostro del fracaso de un modelo extraño y perverso que con tan mala fe nos sembraron a lo largo y ancho de nuestro territorio perforando así la mente de los menos informados que lo habitan. No habiendo sido posible un diálogo gracias a la otitis deformante que padece el régimen, llegó la hora de ir a las parlamentarias, vestidos con la bandera de Venezuela y una tarjeta única que la identifique, con la cual poder manifestar nuestro descontento para comenzar a estructurar, finalmente, el cambio anhelado y tantas veces anunciado. Una tarjeta única capaz de lograr el milagro de la unidad en torno a un solo objetivo que no es otro que rescatar la democracia en Venezuela.

A los partidos políticos hay que decirles que ya tendrán tiempo para contarse una vez rescatada la democracia, y que el pueblo solo los reconocerá por sus frutos y uno de ellos es el sacrificio, de no entenderlo y proceder a propósito, serán responsables en parte de que Venezuela siga padeciendo grandes frustraciones con el agravante de la incomprensión severamente crítica de un pueblo que sigue sin entender como de país rico, con las mayores reservas petroleras del mundo, pasó a ser un territorio que, de seguir por este camino,  terminará siendo objeto de la ayuda humanitaria mundial.

Es hora de que todas las fuerzas organizadas que hacen oposición entiendan,  que quien necesita salir victoriosa en esta lucha que se prolonga desde hace dieciséis años, es la nación y no los partidos. Solo bajo los dictados de esa premisa se podrá llegar a una gran alianza nacional que neutralice y convierta en actos terroristas las amenazas de masacre hechas desde la cúpula del régimen, y al mismo tiempo garantice la paz necesaria, para emprender los cambios urgentes que se necesitan para corregir el desastre que esta tempestad nos dejó.