• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

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Rubén Osorio Canales

La sopa de comenunca

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Colgados en los anaqueles de farmacias, supermercados, bodegas y tiendas, se mece un carteloncito en el que se lee, NO HAY, que sumado a las giras del presidente por el mundo buscando auxilios financieros para reponer el dinero proveniente del petróleo dilapidado de manera irresponsable durante tantos años, nos define como país paupérrimo, o sea, muy pobre. Una vez puesto ante nuestros ojos a manera de evidencia irrefutable el desabastecimiento, el costo de la vida, las colas con marcas humillantes incluidas, el desorden, las reacciones temerarias del gobierno por absurdas, ante una crisis que tiene su origen y desarrollo en la torpeza gubernamental de haber tomado un modelo históricamente fracasado, solo queda hacerse la misma pregunta que el mundo entero se formula en todos los centros de estudios y no es otra que: “¿¡Cómo lo hicieron!?”. ¿Cómo fue posible que un país con las mayores reservas de petróleo del mundo, con unos ingresos tan fabulosos como los que obtuvo durante tantos años de manera ininterrumpida, con una población relativamente pequeña, haya pasado de la riqueza exuberante a una pobreza tan lastimosa como la que hoy exhibe?

Nunca como ahora es tan indispensable recordar aquellas interminables cadenas en las que el comandante ya ido nos anunciaba con su engañosa teatralidad, como si fuesen fábulas, ramilletes de propuestas cuyo único fin era garantizarle al pueblo el pan de cada día. Pareciera que no, pero todos los días la memoria mueve y precisa promesas y anuncios que nunca fueron cumplidos. Por eso la gente no puede olvidar aquellos sembradíos en la avenida Bolívar de Caracas, los gallineros verticales, la ruta de las empanadas, de los quesos, de los dulces abrillantados, del chicharrón, el casabe, la hallaquita, productos todos que al igual que las caraotas, el café, el papel toilet, los desodorantes, el jabón de lavar, los pañales, los bombillos, solo para nombrar algunos, o son muy escasos o brillan por su ausencia gracias a las malas políticas del gobierno.

Cómo olvidar la teoría del huerto y el conuco familiar que, según el decir y las predicciones del “infalible” comandante, a estas alturas tendrían que habernos garantizado comida abundante y barata para toda la población.

Soñar es una condición imperativa para que un pueblo pueda ser engañado, y el pueblo venezolano movido por la retórica del engaño soñó y creyó en ese discurso al punto de pensar que con la fuerza de las palabras y las pulsiones del orador de todos los días, se cumplirían los deseos de Juan Luis Guerra en aquello de llover café en el campo. Pero no fue así, nada tuvo un parecido con los sueños, porque actuando con la soberbia clásica de los dioses muy menores, el personaje en cuestión tomó el camino equivocado y nos metió en esta pobreza crítica. Pero bastante se le advirtió al caudillo que el modelo por él escogido era meterle un retroceso muy severo al país que nos conduciría indefectiblemente a un estado de pobreza paupérrima, que centralizarlo todo resultaría catastrófico, que no se podían manejar los recursos de un país como si fueran los de una hacienda exclusivamente suya, que al lado de los períodos de vacas gordas estaban al acecho los de las vacas flacas, que los precios del petróleo no vivirían permanentemente en una escalera cada vez más grande, que de nada sirve tener las reservas de petróleo más grandes del mundo si no las extraes, que el dinero se acaba si no lo pones a producir, que no comes si no siembras, que los controles son el camino más expedito para abrir las puertas de la corrupción y que eliminar la independencia de los poderes conduciría a la impunidad. Años perdidos en un proceso de destrucción signado por arbitrariedades, barbarismos, abusos de poder, expropiaciones sin sentido, intervenciones sistemáticas de empresas, acompañado todo ese ramillete de arbitrariedades y desafueros por un discurso radical nada positivo, todo producto de un modelo vencido por malo e ineficiente. Años en los que se impuso por encima del sentido común, esa combinación letal de la ignorancia y la soberbia en una sola persona, además con poder, no importa si usurpado, pero con el poder de las armas, de las malas intenciones y el deseo de perpetuarse.

La verdad es más porfiada que la mentira y por eso hoy tenemos esta escasez de todo con sus colas y sus frustraciones, como resultado de tanto error cometido y tanta paja hablada y condimentada con especias que han hecho demasiado daño al plato y a la salud del venezolano, tanto la física como la espiritual, por quien dijo hasta el cansancio que ser rico es malo, que solo a los pobres pertenecía el reino de la revolución, y que eso de comer y vivir bien podía considerarse un acto subversivo y contra revolucionario.

No hay nada como el tiempo para desenmascarar la mentira, materia en la que este gobierno, por desgracia, es la máxima autoridad, tal y como lo han demostrado estos ya diecisiete años de pésimo ejercicio aderezados con las grandes frases marmóreas de Bolívar, el repetitivo fabulario del presidente, tanto del ido como del actual y las amenazas y gritos de quienes se saben perdidos  en un laberinto.

Esta situación que nos afecta a todos menos a las cúpulas militar y cívica que todo lo controlan, me llevó a recordar una anécdota de mi amigo el actor Ramón Hinojosa, alias “Comenunca”, a quien le ofrecieron una parte en una telenovela que duraría un par de minutos, con la condición de hacer una dieta severa porque debía aparecer famélico. “Comenunca” que andaba pelando aceptó la parte soltándole estos versitos: Lo de la dieta te lo ahorras/ porque con ella convivo./ Dame más bien cuatro fuertes/ para hacerme una sopita/ con nabos y lechuguita. Cogió sus cuatro fuertes y se jugó unos terminales que salieron, pero que no le pagaron.

Vaya, en honor de esa sopa que Comenunca jamás se preparó, esta receta de la cocina lojana especialmente sabrosa, que comí alguna vez en casa de amigos ecuatorianos, cuyo costo va más allá de los cuatro fuertes de los viejos que el productor le dio a Ramón.

Haga medio litro de caldo de pollo bien sustancioso. Cuando ablande el pollo, deshuéselo, córtelo en cubitos y regréselo al caldo. Añada media taza de leche y llévela a un hervor. Bata un huevo con media taza de leche y tres cucharadas de harina. Y pase un repollo de lechuga crespa cortado en julianas finas por esa pasta antes de freírlas en aceite y mantequilla. Una vez fritas y escurrida de grasa, añada estas “tortillitas” al caldo, llévelo todo a un hervor y sirva. Si quiere puede prescindir de las “tortillas”, en cuyo caso añada el repollo en juliana a la sopa y sirva sobre rodajas de pan frito en mantequilla de ajo y perejil.