• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Ni seguro ni soberano

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Creer a estas alturas después de 205 años de una supuesta independencia, de los cuales durante ciento sesenta y cinco hemos sido gobernados por militares con resultados comprobadamente desastrosos, que los militares van a solucionar los problemas creados por ellos, es más que una ingenuidad. Pensar que la designación del ministro de la defensa como autoridad única para resolver la crisis en materia de abastecimiento sin apartarse  del discurso   castro comunista que en este país impera desde hace diecisiete años,  es sumergirse en una nueva frustración. No tener presente que quienes han manejado los problemas  que el pueblo hoy padece al borde de la desesperación, han sido abrumadoramente militares.  Creer en quimeras, dar votos de confianza  y seguir manteniendo  la leyenda del gendarme necesario, además de ser una prueba más de nuestra desmemoria, es un acto propio de una inmadurez incurable.

Sin embargo,  más allá de que unos  consideren que detrás del poder otorgado por Maduro a Padrino se esconde un golpe de estado definitivo al derecho que tiene el estamento civil en la conducción del Estado,  lo cual es cierto; más allá del hecho  que haber cedido esos poderes confirman fehacientemente la evidente y preocupante  debilidad del titular de la presidencia, lo cual también es cierto; más allá de que muchos interpreten esa designación como parte de una transición hacia un nuevo modelo, lo cual no me resulta para nada claro porque en todo caso lo que estamos viendo, así lo veo yo,   es una transición de un régimen cívico militar, a un régimen absolutamente militar,  materia en la que somos dueños de una historia, muy amarga por cierto, que  no sé si hemos aprendido;  más allá de los panegíricos que comienzan a aparecer sobre el personaje en cuestión con la firma inconfundible, no solo  de los oportunistas de siempre dispuestos a toda hora a pescar en río revuelto, sino también de gente temerosa e incluso de aquellos que de buena fe piensan que no puede haber transición sin tomar en cuenta al factor militar y de  algunos analistas políticos que creen posible algún éxito en su gestión, hecho sobre el cual tengo muchas dudas razonable, es que a ese militar se le ha encomendado la tarea del abastecimiento a una población que necesita ser abastecida hasta de lo más esencial para su subsistencia,  tarea ciclópea si se tiene en cuenta que gracias a las políticas del régimen predominantemente militar en estos diecisiete años, no hay nada, o casi nada,  para  abastecer,  porque poco, o nada,  producimos y porque ya poco, o nada, podemos importar, porque,  el dinero que queda es muy poco, gracias a que este régimen militar derrochó nuestra abundante bonanza petrolera.

Ante esta realidad que ha quedado  plasmada en las infructuosas mega colas de todos los día, en la protesta justa de cada pueblo con hambre, en los saqueos al transporte que lleva alimentos y   en las ciento treinta mil personas que en un fin de semana cruzó la frontera para buscar lo que en nuestro país no encuentra,  hecho que solo la demencia de algunos fanáticos se atreven a negar, es bueno recordarle al jefe máximo de esa misión de tan pomposo nombre, que el problema atañe peligrosamente a la totalidad de los venezolanos sin importar filiación o color político, que no bastarán las estrategias cosméticas, como por ejemplo ocultar las colas o cerrar de nuevo las fronteras   para resolver el problema, que tampoco la retórica rimbombante surtirá ningún efecto, ni el  uso de la fuerza y la represión traducida en acoso permanente a las empresas que todavía sobre viven a la barbarie, lo logrará. El problema no lo resuelven, ni deseos que no preñan,  ni los escuetos comunicados de los militares, ni la fuerza bruta que suelen aplicar cuando son desasistidos por la razón. El problema  es económico, agravado por una obtusa  intolerancia política e ideológica, que lo convirtieron en una crisis social profunda,  dispuesta a convertirse en un río indómito y devastador antes de encontrar su cauce natural.

Por lo tanto es la hora de entender que la única forma de superar la crisis es reconociendo errores, rectificando casi todo lo actuado  en estos años de conducción borracha y delirante, y no   dejarse arrastrar por el engaño  y tener una desmemoria de la errática y en ocasiones catastrófica eficiencia militar, en cualquiera de las actividades naturalmente civiles en los que les ha tocado actuar.

Esta es la hora de la sensatez, de la lógica pura, de abrir los ojos y de dejar de lado todo inútil prejuicio revolucionario, de olvidar el nefasto estribillo de “la bota extranjera devorándose los recursos de la nación”,  verdadera pieza de la literatura de folletín que ha olvidado que estamos en el siglo XXI y no en el siglo XIX; que es la hora de reconocer que erraron el camino y con plausible humildad rectificar para poder aplicar  políticas sensatas muy distintas a las hasta ahora aplicadas,  guiadas por la malsana intención de controlarlo todo.

No hay que morirse en la víspera, caminos para recuperar nuestra auto estima como país, disfrutar de nuevo del sano orgullo de ser y sentirnos venezolanos, los hay en abundancia y han estado a la vista a lo largo de todos estos años en las oportunas advertencias que les fueron indicando al régimen los errores cometidos con sus respectivas soluciones que, por desgracia,  la soberbia ideológica despreció. Búsquelas y léalas general. No tenga miedo a vencer su ignorancia sobre la materia, olvídese del catecismo castro comunista porque sería su definitiva perdición, aléjese de los oportunistas que han comenzado a adularlo, serénese y lea con la actitud de los hombres libres y sin prejuicios, lo escrito por verdaderos sabios en la materia. Lea a Hausman, a Naím a Machado Allison, a Silva Michelena, a Grisanti, convoque a los mejores, hable con quienes a esfuerzo limpio han construido nuestro aparato productivo, ese que el llamado chavismo con su inspiración castro comunista destruyó. Muchos de ellos  están vivos y con fuerza suficientemente grandes para emprender su reconstrucción, hecho absolutamente indispensable  para   volver al terreno perdido.

A la vista suya están las recomendaciones de insignes especialistas que, preocupados por la situación de emergencia humanitaria que, como primera medida,  de inmediato usted debería reconocer, han tenido a bien poner a disposición de  quienes aspiran a dirigir el país y en especial  a este régimen, usted incluido,  que  por desgracia,  hasta ahora, ha sido sordo, ciego y prepotente, al  no aceptarlo.  Le llegó la hora de rectificar y avanzar, o de permaneces sordo, ciego y contando luciérnagas en un bosque muy oscuro, mientras espera que ocurran milagros en tiempos en que los mismos son materia tan escasa, como los bienes que usted no encuentra en un país que fue rico y hoy convertido en paupérrimo,  para repartir a una población reducida a una pobreza cada vez más crítica que, además,  tiene hambre.