• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

El punto del no retorno

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Por donde usted lo mire y sin importar los ojos con que lo mire, este régimen se vistió de dictadura y eso no es bueno para la salud ni de un pueblo ni de un país, y por lo tanto hay que combatirla. Tal y como lo he expresado repetidas veces a lo largo de esta columna, soy amigo de varias cosas que lejos de contradecirse se complementan entre sí. Soy amigo de la paz, de la democracia, de la separación de poderes, de la discusión abierta y sin censura, del revocatorio, de la Carta Democrática y su posible aplicación si se cumplen los requisitos, soy amigo de un diálogo abierto con una agenda plena que abarque todo el capítulo de los derechos humanos en presencia de organismos internacionales de probada independencia y alta confiabilidad. Soy amigo de toda iniciativa que interrumpa este proceso de destrucción que con tanta frialdad lleva adelante una cúpula de filiación castro-comunista que piensa más en el poder y sus beneficios personales que en el bienestar de la gente, y soy amigo en grado superlativo de abrir un proceso constituyente porque cada día que pasa y ante la visión del desastre que el régimen ha generado con una intencionalidad criminal manifiesta en cada decisión, me convenzo más de la necesidad de refundar el país.

Aquí no hay caminos sin tropiezos ni obstáculos. Los libritos rojos del castro-comunismo lo dicen y en eso son inflexibles así la gente en todos los rincones del país, y aun en sus propias trincheras de apoyo, digan con claridad meridiana que este desastre no puede continuar. Como toda dictadura, esta que tenemos y pretende permanecer in eterno en el poder, es terca, cruel, pero también ciega y sorda. Basta ver las acciones tomadas por el régimen para detener la voluntad de cambio que se expresa en el revocatorio. Basta ver el silencio del CNE sobre las elecciones regionales, para entender con claridad que los procesos electorales para la cúpula del régimen ya no forman parte de una agenda que en otros tiempos lideraba sus prioridades. Basta ver cómo el régimen ya no sabe qué inventar para correr la arruga de su caída. Lo único que sabe a ciencia cierta es que, aun utilizando al máximo sus ventajismos habituales con todo el apoyo del CNE y recurriendo a la vía del fraude que tanto conocen, sus posibilidades por la vía electoral son nulas. 

Su repertorio de abusos, a pesar de ser tan abundante, se agotó y solo les queda sembrar el caos informativo y recurrir  al atropello delirante y psicopático para impedir el indetenible alud de rechazos e inconformidad de los ciudadanos que exigen su salida. Lo que estamos viendo en acción es la manifestación de un desconcierto sociópata de los principales voceros de un régimen que no termina de entender que más de 80% de los venezolanos se niega a que sigan en el poder ejecutando un plan de destrucción del país como lo han hecho durante todos estos años. De allí que la estrategia del miedo y la desinformación haya crecido como agenda en esta etapa en la que sus malas intenciones han quedado al descubierto y que a diario estemos viendo, ya sin máscara que los cubra, los muy graves desequilibrios emocionales que rigen la conducta antirrevocatorio de Jorge Rodríguez, la incapacidad de Maduro de entender que más de 80% de los venezolanos no lo quiere en el poder y que su renuncia sería beneficiosa incluso para su propia corriente política, las insensateces del mayor insultador oficial que con el mazo en la mano espeta sin que le quede nada por dentro que “si la oposición va a recoger el 20% de las firmas, debe hacerlo en un día y con 20% de las máquinas”, y a todo ello se unen ahora la absurda idea de una parte del llamado polo patriótico de inhabilitar la actual AN mediante sentencia del TSJ y convocar a nuevas elecciones legislativas, unidos a otros exabruptos más en pleno proceso de elaboración, todo lo cual no hace otra cosa que confirmar la guerra a muerte que tienen los mayores pecadores del régimen contra al revocatorio. Y es que resulta evidente que después de tantos años de desaciertos el régimen perdió el fervor popular y llegó al convencimiento de que por cualquiera de las vías electorales y constitucionales su tiempo está vencido. 

Con esa avalancha de declaraciones condimentadas con la obstrucción al proceso de validación y represión brutal desatada contra todo aquel que manifieste a favor del revocatorio están diciendo que, diga lo que diga la voluntad popular, diga lo que diga la OEA, digan lo que digan las opiniones de los más calificados líderes mundiales, incluida la más reciente declaración de Obama, es que no habrá revocatorio, sin que les preocupen ni un ápice las consecuencias que tal conducta pueda traer. 

Impedir de esa manera tan burda, tan delictiva, tan ruin, el ejercicio de un derecho constitucionalmente legítimo que tiene el pueblo para sacudirse a los malos gobernantes por la vía democrática, más que un abuso dictatorial es la manifestación de un desprecio ilimitado por un pueblo que en su momento le dio su apoyo confiado en la palabra y las promesas de un discurso que prometió crecimiento, prosperidad, “verdadera democracia”, independencia y futuro propio de países del primer mundo, pero los hechos han puesto en evidencia que solo se trataba de una vulgar dictadura como las de siempre, dispuesta a aniquilar cualquier voluntad manifiesta de cambio. Ciertamente el  desengaño ha sido brutal, porque aquellas promesas de aire fresco que con tanta insistencia vendieron a la sombra de un discurso populista mantenido por un ingreso petrolero que ya se consumió terminaron convertidas en una dictadura, en nada diferente en sus métodos y propósitos a la dictadura castro-comunista. Y es bueno recodar lo que a este propósito escribió J. L. Borges: “No hay dictaduras buenas y las militares son las peores”. Señores, estamos en el punto del no retorno y lo que queda es luchar y luchar y vencer.