• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Del populismo inescrupuloso y otros crímenes

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No es para asombrarse que día tras día los liderazgos populistas vayan quedando en entre dicho si con sus discursos no hacen otra cosa que desinflar la fe de los mortales con sus nefastas consecuencias. Está claro que quienes, en medio de tanta crisis, han usurpado las posiciones de liderazgo con sus discursos estridentes no han estado a la altura porque, sencillamente, no son líderes. El líder es un constructor, alguien que guía, orienta y conduce, y por lo tanto debe tener, entre otras muchas virtudes, capacidad para comunicarse, habilidad para manejar sentimientos y emociones tanto propias como colectivas, capacidad para planificar, para adaptarse a los nuevos tiempos y establecer metas y objetivos reales. Un líder, además de tener carisma, debe siempre abrazar causas justas, mirar hacia adelante, conocer en profundidad la historia para no caer en fórmulas vencidas y fracasadas, tener conciencia de sus propias fortalezas y debilidades, ser responsable a la hora de innovar, estar dotado de voluntad y transparencia, y sobre todo debe estar bien informado para hacerlo mejor.

En medio de tanta crisis sin aparentes soluciones, el liderazgo humano, ese capítulo sobre el cual se han escrito demasiados volúmenes, se encuentra a nivel mundial en el banquillo de los acusados. No hay líder que no esté en tela de juicio, o sobre el cual no pese una descalificación sostenida y sin posibilidad de rectificación por parte del público interesado. Hablamos del liderazgo en todas las actividades del ser humano en cualquiera de sus disciplinas. Desde luego que aquí pondremos el acento mayor en el liderazgo político porque en torno a la política, quiéranlo o no, gira toda la vida de una nación. No existe disciplina, o actividad en el mundo, que no esté afectada para bien o para mal por el desarrollo político de cada nación, al punto de que podemos afirmar que la calidad del liderazgo tiene una relación directa con la calidad política de una nación. Si una nación tiene instituciones eficientes, políticas justas, armonías vinculantes en su desarrollo, ética y asepsia en el manejo de los recursos, debería tener consecuencialmente buenos liderazgos, confiables y creíbles, pero el asunto se descompone cuando las instituciones dejan de ser eficientes y viven en conflicto, cuando las políticas juegan fuera del fiel de la balanza, y consecuencialmente sus liderazgos se van adaptando y de alguna manera haciéndose cómplices de esos “cambios” que prefiero llamar descomposiciones en marcha, perdiendo así toda confiabilidad, lo que suele llevar a los países y sus respectivos pueblos, a la calle de la amargura y al desastre.

Hoy día al liderazgo se le acusa, entre muchas otras cosas, de falso, de ineficiente, de corrupto, de no estar acorde con los nuevos tiempos, de falta de visión, de consistencia y de creatividad. Se le percibe como incapaz de reinventarse y de mantener una pobreza en el discurso que en vez de motivar, asusta. Bastaría ver lo que está sucediendo en países que, por haber fallado sus líderes, dieron cabida a la desesperanza, gran caldo de cultivo para que aparezcan la antipolítica, los falsos profetas y esa plaga destructora que conforman los populistas inescrupulosos que, en su peor expresión, se han especializado en repetir irresponsable y oportunistamente, una y otra vez, la hojarasca de los discursos más vacíos, por ser lo que le gusta escuchar a eso que llamamos comúnmente pueblo.

Lo que hoy surge en la escena mundial para ocupar ese lugar son farsantes de verbo fácil que solo tienen en su discurso las municiones de las mentiras que a la gente le gusta escuchar, el restriegue de la frustraciones que esa misma gente lleva a cuestas, el sentimiento de fracaso de cada uno de los que les presta atención, hincarle el diente al hueso, suculento o no, representado en errores o fracasos de quienes intentaron infructuosamente resolver los problemas, tomar como actitud la apariencia de justicieros implacables que vienen en auxilio del pueblo, contadores de cuento, charlatanes de oficio, inventores de las promesas de todo aquello que la gente común desearía tener, a sabiendas de que no lo podrán lograr, un discurso criminalmente engañoso que suele retroceder y hacer añicos las verdaderas conquistas del hombre. Un “liderazgo” tan falso e irresponsable que no es capaz de decirle a un pueblo en crisis que la única forma de salir de ella es con trabajo y más trabajo, que no hay privilegios para nadie, que si hay algo cierto en el camino que nos espera es que al lado de la esperanza que se necesita, convivirán el sudor del trabajo, las lágrimas que puede dejar cada fracaso en el intento y la sangre vigorosa y nueva que nacerá del esfuerzo.

Es cuestión de ver y seguir con la debida atención los debates que se escenifican en el mundo en cada contienda electoral, no importa de qué naturaleza, llenas de maledicencias, zancadillas y guerras sucias, para entender las razones por las cuales el liderazgo no solo político está en crisis.

Los que actúan en política, según una inmensa mayoría tan contundente y grande que casi se convierte en unánime, ese liderazgo no está pensando en la nación, en el problema de sus distintas comunidades, en su futuro y en su educación, si no en el poder y en los beneficios que el poder da. Lo mismo ocurre en las disciplinas deportivas, en sindicatos, gremios, juntas comunales y hasta en las juntas de condominio. Hay que ver con horror lo que ocurre dentro y fuera de la política. Y lo más doloroso del caso es que esta situación ya no es reversible ni en el corto, ni en el mediano plazo, porque en la medida en que ese cáncer avanza y hace metástasis, el cuerpo malo genera sus propios mecanismos de protección, se hace impenetrable y peligrosamente impune y contagioso, si no, vea lo que sucede en España con Iglesias, en Estados Unidos con Trump, en Argentina con Perón y sus descendientes ideológicos, y, sin ir muy lejos, lo que sucedió en Venezuela con Chávez y sigue sucediendo con quienes se dicen sus herederos.

Si todo este cuestionamiento que con carácter viral creemos que se expande por el mundo como la peor plaga que el hombre haya conocido es cierto o no, toca a los liderazgos en acción desmentirlo. Pero si es cierto, en cambio, como pareciera estar demostrado, toca a la gente subvertir el orden para corregirlo y encontrar los nuevos liderazgos que no requieran ni de la mentira, la descalificación y la estridencia criminal, para guiar a sus pueblos con la razón y en el imperio del sentido común, hacia metas que puedan conducirlos a un mundo más justo.