• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

A otro perro con ese hueso (II)

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¿Por qué será que todo cuanto hace este régimen, no importan la hora y la circunstancia, huele a trampa? ¿Por qué mientras más las hace, más se le va la gente? ¿Por qué será que perdió todo vestigio de afecto y si acaso algo le queda, cada vez  menos, es el temor que infunden sus amenazas? A todos los gobiernos populistas, autocráticos, con pretensiones totalitarias, engreídos, prepotentes, arrogantes y tramposos les sucede que pierden la brújula y terminan por creerse sus propias mentiras. En nuestro caso las pruebas de lo que decimos flotan tanto en el aire, como en el agua.   

No hay mayor torpeza que la de creer que se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. No hay mejor método para caer en un hueco que no verlo. No hay mejor medio para morir ahorcado que construir tu propia soga. Y esas tres vías son precisamente las que el régimen cívico militar que asfixia día a día a este país son las que propone al presentar un decreto de emergencia que reitera y multiplica todos los errores cometidos durante todos estos años que nos trajeron hasta las puertas de un abismo del que tendremos que salir si es que queremos salvar a Venezuela.

Comencemos por hacernos varias preguntas para centrar el problema: ¿cuál es la autoridad moral de un régimen irresponsable, derrochador grosero de nuestra renta, populista perverso, monotemático y sin argumentos, para sin rectificación alguna, pretender con un decreto ambiguo superar una crisis que sus pésimas políticas a lo largo de diecisiete años de desaciertos, torpeza e irresponsabilidad en los manejo de nuestra economía, generaron? ¿Dónde están los rasgos de austeridad que se requieren para sortear la emergencia nacional que sacude el cuerpo entero de la nación? ¿De dónde saldrá la eficiencia necesaria para superar este desorden trágico que han generado sus controles, que afectaron severamente lo alimentario, la escasez, el desabastecimiento, el colapso de nuestro sistema de salud, la deficiente educación, el irrespeto a los derechos humanos, porque esto es lo que sucede cuando el pueblo no encuentra los medicamentos para curar las enfermedades? ¿De dónde sacará un régimen repetitivamente incompetente la sabiduría necesaria para solventar la crisis si no es capaz de reconocer las causas de la emergencia? ¿Una emergencia que por desgracia atropella la ética del buen vivir y nos coloca en el sálvese quien pueda de la supervivencia?

Si este régimen en verdad hubiese pensado para bien en este pueblo que lo siguió lleno de fe, en ningún momento hubiese promovido el resentimiento social, ni hubiese supeditado los programas sociales a una obediencia militante, ni el partido de gobierno habría tenido que convertirse en una agencia de empleo con cartilla de condiciones y mucho menos los hubiese dividido entre los que están conmigo y los que están contra mí. Tampoco hubiese recurrido a la trampa electorera de los dakazos, de las misiones, de la ley de precios justos, ni a métodos engañosos que no llevaban otra finalidad que el sometimiento; todo lo contrario, habría abogado por un pueblo libre, verdaderamente protagónico y muy alejado de cualquier forma de servidumbre.

Solo a un régimen enviciado malsanamente con el poder se le puede ocurrir presentar en un decreto llamado de “emergencia” el compendio de todos los errores cometidos en estos diecisiete años poniendo en primer plano todo lo que más daño ha hecho, que son los controles generadores de abusos y corrupción, y en la retaguardia un conjunto de ambigüedades que lo hacen mucho más peligroso, al dejar abierta la posibilidad de instrumentar medidas adicionales a conveniencia de un presidente que ha hecho de la equivocación un evangelio, que no es capaz de reconocer sus propios errores y hasta se permite echarle tierra a lo que le dijeron los electores el 6-D en un aluvional voto castigo que le arrebató, para el bien del país, de un solo golpe el Poder Legislativo.  

Solo a la tozudez y el cinismo castrocomunista se le puede ocurrir un decreto en el que se repiten al calco todas las vías que nos trajeron a este derrumbe. Presentar más controles como lo hace es mucho más que sevicia; dejar ver que con este decreto ambiguo en el lenguaje y perverso en su intención, que va a manejar la producción y la distribución de bienes y servicios, cuestión que ya hace desde hace mucho tiempo con un salvaje sistema de controles, no es otra cosa que una falta de respeto a la inteligencia de un pueblo que ya, cansado de tanto abuso, le dejó un claro mensaje de cambio, ya y ahora, que el régimen quiere eludir con un decreto que le permite disponer de la totalidad de los recursos presupuestarios, de la intervención, término con el que pretenden sustituir las expropiaciones, “de los medios de transporte, canales de distribución, centros de acopio, beneficiadoras, y demás establecimientos, bienes inmuebles y demás mercancías que resulten necesarios para garantizar el abastecimiento oportuno de alimentos a los venezolanos, así como otros bienes de primera necesidad” y, como si fuera poco, pone en manos de un presidente un sistema de controles tan absoluto, que le permitiría hacer uso incluso de los bienes tanto de corporaciones, como de bienes de las personas, sin pedir permiso, ni ofrecer devoluciones, con lo cual el régimen nos está diciendo que aquí no habrá rectificaciones de ningún tipo, ni cambios de modelos en el manejo de la economía y que seguiremos el curso de todo lo dispuesto por el castrocomunismo que se nos impone desde La Habana.

Desde luego que en la forma y en el fondo de esta presentación, desde todo punto de vista engañosa, se encuentra la trampa puesta por el régimen a la oposición para en el caso de ser negada la propuesta hacerla ver como la responsable de la crisis, razón por la cual a la bancada democrática no le queda otro recurso que dedicarse a explicar, con pasión y certero lenguaje, qué fue lo que nos trajo hasta las puertas de este barranco, cuándo comenzó la verdadera guerra económica de un Estado comunista contra el aparato productivo de la nación, cómo fue el despilfarro de la mayor renta petrolera que ha tenido la nación desde su nacimiento hasta hoy, cómo a la luz y la sombra de esos dineros de todos los venezolanos se incrementó grotescamente la corrupción que hizo posible el nacimiento de las grandes fortunas que adornan a una nueva oligarquía nacional, cuáles fueron los instrumentos utilizados para aventurarse en la destrucción del país, de sus instituciones y de su democracia, hecho en el cual han fracasado estruendosamente, y cuáles las artimañas que preparan para impedir la transición que el pueblo decretó con su voto castigo el 6-D. Allí está la batalla que hay que dar sin desmayo y fortaleciendo, hasta hacerla indestructible, la unidad de los demócratas de Venezuela que somos la inmensísima mayoría. Una batalla decisiva para rescatar a Venezuela de las garras del castrocomunismo y darle el gran y mejor futuro que se merece. Sigilo, pasión y certeza en los argumentos son ahora nuestras primeras necesidades. 

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