• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Lo mejor que pueda pasar

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Ante todo es necesario partir de la premisa, creo que casi unánimemente compartida, de que Venezuela por el camino que lleva solo puede esperar deterioro, degradación y muerte como nación. Que, si bien es cierto que este país cuenta con recursos para salir del abismo en que se encuentra, es impostergable un cambio de conducción que le permita recobrar el equilibrio, la armonía y el sentido común. Ya a estas alturas la crisis es tan profunda y los errores tan grandes en todos los terrenos que, por no haber el régimen rectificado a tiempo, habría que plantearlo todo desde el principio.

Lo que hemos vivido en estos diecisiete años (incluyo en ellos el año en que electoralmente cuajó esta locura) no es más que la pesadilla resultante de una utopía manejada por una autocracia populista, con código y lenguaje militar y comunista, que lo desconfiguró todo causando con ello un verdadero desastre,  y en ese desastre que crece como la verdolaga estamos.

A estas alturas del juego, tal y como lo ha planteado el régimen, por lo demás en forma macabra gracias a todos los atajos llenos de perversiones y amenazas que ha tomado para evitar una derrota anunciada y ante una fortaleza opositora limitada en recursos y en organización como la que tiene, lo mejor que puede pasar, y ojalá que ocurra, es que la oposición gane esta contienda con una mayoría tan amplia que le permita entender a los seres pensantes que hacen vida en el Polo Patriótico, que los hay, que la hora de la transición ha llegado, que una derrota electoral, lejos de ser un sinónimo de muerte puede significar la pausa necesaria para reinventarse, mejorar la visión de las cosas, corregir los errores que causaron esa derrota; entender que a la  ciudadanía hay que informarla con absoluta transparencia, que en el siglo XXI las fórmulas, mecanismos y lenguaje han cambiado, que pretender el control total de todo es una manera de suicidarse, que el debate y el diálogo son herramientas útiles para desarrollar estrategias que nos permitan crecer como nación y como ciudadanos, que la impunidad no da dividendos y que este país duélale a quien le duela es de todos.

Y a los factores todos que hacen vida en la oposición organizada en la MUD que entiendan lo mismo que hemos escrito en el párrafo anterior, más el hecho de rescatar y perfeccionar la democracia para que nunca olvidemos que esa forma de gobierno es la mejor para lograr los mejores sueños ciudadanos, que sin una verdadera justicia social no hay futuro, que la hora de la inclusión llegó para quedarse, y que es imprescindible dejar de lado ese elemento tan nefasto que es la venganza que ha estado siempre presente en la vida política y social de este país.

A Venezuela si hay algo que le falta es que la quieran de verdad, que se le aparte de todo lenguaje ampuloso, retórico, que deje de ser la excusa y el motivo de falsos ideólogos, de oportunistas, de malhechores, que se convierta en el verdadero centro de las atenciones de todos aquellos que habitan en su vientre y aspiran a dirigirla. Que la imposición, la arbitrariedad, los abusos de poder tienen que ser echados de cualquier agenda, que nadie es dueño de toda la verdad y que para salir adelante no cabe mejor fórmula que el diálogo.

No se pueden meter en un mismo saco a quienes abusan de su autoridad, a quienes fomentan el caos y la teoría del miedo que termina por alterar y ensombrecer a propios y extraños, a quienes ven en la conquista del poder una vía expedita para el enriquecimiento personal, y a aquellos socialistas honestos, de buena fe, que han comprendido que las cúpulas (porque son varias) que ejercen el poder con tanta furia, deshonestidad y desatino nada tiene que ver con el socialismo, y menos aun a aquellos que de buena fe, por falta de información y otras circunstancias, creyeron en el paraíso que un verbo delirante les dibujó. Tampoco se pueden meter en un mismo saco aquellos que en sectores de la oposición manifiestan un radicalismo furioso, ni aquellos que ven en la transición una oportunidad para trepar y utilizar el poder pro domo sua, y a aquellos que sencillamente aspiramos a una reinvención de la democracia, que no toleramos la intransigencia de un régimen sin brújula, ni aciertos, ni forma alguna de autocracia, o dictadura que destruya a una nación y golpee a diario con medidas insensatas la ya maltrecha calidad de vida de los venezolanos. Esto requiere de mucha claridad porque los que son menos suelen hacer más daño que los que son más. 

También es necesario entender que si hay un riesgo inmenso que tiene la transición y que el poder político necesita superar es el chantaje de esa cúpula militar que convirtió a este gobierno en régimen, el chantaje que también ejercen los colectivos armados, o si lo prefiere los paramilitares creados para servir como guardias pretorianas, y los chantajes continuados que ejercen algunos partidos, tanto los grandes hoy reducidos a una mínima, o moderada expresión de lo que un día fueron, como aquellos que no pasan de ser partidos de maletín, que actúan siempre con una desmedida apetencia de poder. Para solventar esta crisis que viene actuando como un tsunami que todo lo destruye no hay mejor fórmula que el diálogo y la negociación que es precisamente la que no quieren los radicales de lado y lado y a la que solo se llegará por exigencia de toda la ciudadanía que es la que sufre los rigores y padecimientos de tan frenético como irracional desencuentro. Además de ganar la oposición ampliamente, también será necesario, para que ocurra lo mejor, la presencia de verdaderos estadistas en  la clase política, capaces de actuar con la sensatez necesaria indispensable en situaciones desesperadas.