• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Sin medicinas la gente muere

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Eran las 6:00 de la tarde cuando me senté, más que exhausto, derrotado y desolado, en un murito del último centro comercial que en mi rutina diaria visité en busca de las medicinas que con urgencia me fueron prescritas. Una reacción típica de quien ya no puede más y no sabe elegir entre la ira, la impotencia, las mentadas de madre, siempre presentes aun en los actos de suprema resignación, para desahogar las tensiones interiores que provocan el atropello, la ineptitud y la sevicia de quienes dicen gobernar a este país. Y debo aclarar que ya son meses en la misma rutina y escuchando las excusas y los despropósitos de unos funcionarios a quienes nunca les han preocupado las necesidades de un pueblo, culpando a todo el mundo, mientras tratan de sacudirse, ya sin éxito, la única verdad que los señala como los verdaderos responsables de todo este desastre.

Más allá de las mentadas de madre que por millones provocan las declaraciones de quienes, se supone, tienen la responsabilidad de conducir la nave a buen puerto y no lo hacen, está el juicio crítico, el sentido común y las urgencias de cada venezolano ante la escasez, el desabastecimiento, los exabruptos, la incompetencia y la desidia, que llevaron a la desaparición de alimentos y medicinas y nos han colocado a las puertas del más estruendoso fracaso como país que la historia podrá registrar, porque a esta maldita vaina que a alguien se le ocurrió llamar “revolución”, le debemos que nuestro país, que prometía ser el ejemplo a seguir en América Latina para un mejor y armónico desarrollo, hoy convertido en esta caricatura de país, padezca escasez, desabastecimiento, insoportable costo de la vida, desmoralización y desasosiego ciudadano, enfermedades y epidemias que nos han puesto en la lista de países que requieren emergencia humanitaria, y a este punto es bueno señalar que la mayoría de las decisiones del régimen están insertas en la violación de los derechos humanos, lo cual amerita castigo de larga cárcel.

Hace poco leí un reportaje en El Nacional en el que la señora Aleida Ponceleón de González, hipertensa desde los 15 años de edad y hoy sometida a los 51 años de edad a tratamiento de diálisis tres veces por semana por insuficiencia renal avanzada, nos narraba sus padecimientos en los distintos centros asistenciales con palabras desgarradoras el espeluznante cuadro que la esperaba tres veces por semana. “La semana pasada estuve enferma y fui al Domingo Luciani de El Llanito, donde me diagnosticaron una infección intestinal aguda. Cuando regresé el jueves 14 de enero a la Unidad, una doctora me dijo que tenía que llevar todas las cosas para mi diálisis de la próxima semana: macrogotero, inyectadoras, gasas, guantes y tapabocas. Además, que si llegara a requerir heparina, un anticoagulante, ellos me avisaban, porque aparentemente estaba agotada”.

Y como si fuese poco, a la angustia de la señora Adelaida se unió la de la señora María Yanes, ex presidente de la Red de Sociedades Científicas, quien advirtió que la falta de kits de hemodiálisis afecta a centenares de pacientes en cada uno de los centros de salud que dispensan ese servicio. “La población más afectada son los pacientes crónicos, que si no se dializan ponen al riesgo sus vidas” por no encontrar los medicamentos para su enfermedad, y ese artículo me conmovió porque la angustia y la desazón de la señora es la misma que padezco a diario cuando nueve de cada diez veces que pregunto por mis medicamentos para mi hipertensión, me dicen que no hay; cuando nueve de cada diez veces que pregunto por mis medicamentos para controlar la diabetes, me dicen que no hay; cuando nueve de cada diez veces que pregunto por mis medicamentos para combatir una insuficiencia renal que me fue diagnosticada hace pocos meses, me dicen que no hay, o cuando los resultados de los análisis de laboratorio que debo realizarme con una frecuencia necesaria pero indeseada, llevan mi angustia a niveles muy altos ante la credibilidad de cada resultado porque las voces que señalan la falta de reactivos no son invenciones diabólicas de los enemigos de este funesto régimen.

El país todo está enfermo y por desgracia su enfermedad es contagiosa, porque todos los males que la aquejan vienen de una misma fuente que no es otra que el régimen y sus controles y contagian nuestro sistema inmunológico y cavan cada vez más hondo para seguir destruyéndolo. Todas las desventuras que padece gracias a su mala conducta y pésima conducción, a la manera de sanguijuelas insaciables, se han pegado a nuestros cuerpos para chuparle hasta la esperanza.

Ya es demasiado peso ver cómo mi país, traicionado y vapuleado por la mentira, sufre tanta desventura y nos empuja a padecer sus mismos sufrimientos con el agravante de no tener a la mano y mucho menos cerca, ni las medicinas, ni los placebos necesarios para aliviar esos males. Cada día, cada mañana, cada atardecer y anochecer, nos asaltan a todos los venezolanos los temores que producen la realidad y el desencanto de discursos llenos de palabras huecas que, con absoluta irresponsabilidad y desconocimiento de las palabras que se utilizan para elaborarlas, se pronuncian y se escriben y hasta pretenden sellar en el lomo de los ciudadanos a la manera de un tatuaje para perturbar para siempre su cuerpo y su alma.

Que los altos funcionarios del régimen repitan como loros que la culpa de que no haya medicinas es de la gente que las compra en demasía, y que si no hay comida es porque ahora comemos mucho, es una bofetada en el rostro ciudadano y un insulto a su inteligencia. El régimen debe saber que la solución de los grandes problemas no se arreglan con decretos y que sepan también el presidente Maduro, la primera combatiente, todos los ministros del régimen, los que son y los que han sido, que lo sepa Aristóbulo, Diosdado, y todos aquellos que han contribuido en esta destrucción de Venezuela que todos los días se cuentan por millones las protestas encendidas de un pueblo que el 6-D les dijo: “Basta ya, no los queremos y fuera” porque no es posible aceptar que un régimen que en dieciséis años logró destruir el país, convertir la gran bonanza petrolera en estiércol del malo, pretenda, con su cara muy lavada, dejar de un lado, como si nada, la inmensa responsabilidad de su maltrato al país, por haber aplicado el mismo modelo castro-comunista que suma más de cincuenta años continuos, fracasado.