• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

El manual de la distracción

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 Nadie debería asombrarse por la continua aparición de personajes, propuestas, decisiones, noticias, que incendian a diario la distracción  y activan  la charlatanería nacional hasta el día siguiente en el que aparece una  nueva ocurrencia que cambia el curso de la atención ciudadana. Eso es parte del juego y un fenómeno recurrente de los distintos regímenes,  sobre todo cuando en los de naturaleza  dictatorial, las cosas de la política no andan bien, como es el caso de la nuestra. Si de algo saben los regímenes autocráticos, con vocación totalitaria, es usar  la distracción como método permanente para escurrir el bulto de sus responsabilidades y embaucar a la más perspicaz de las intuiciones ciudadanas. Lecciones completas sobre el particular nos han deparado el fascismo italiano, el nazismo alemán, el comunismo  ruso,  y en nuestra órbita latino americana, el castro comunismo, método este copiado al calco por el régimen que arrea hacia el desastre a nuestro nación.   

En un país como el nuestro donde nada, absolutamente nada anda bien y  en el que la única brújula con que cuenta el ciudadano es la incertidumbre, es lógico suponer que bastaría  con “el ruido de las hojas al caer”, para que se encienda el motor de la conversación y el boca a boca haga mucho más que mil campañas de propaganda política. Imagine usted por un momento hasta dónde puede llegar el desvarío  de la palabra en un país donde los  destinos  cotidianos  más ciertos son la inseguridad, el desabastecimiento,  la falta de medicinas, las colas para la supervivencia, la falta de agua y la falta de luz, con una olla de presión a punto de estallar,  por no ver claridad al final de la larga noche.

Claro que  nadie  se puede sorprender ante el incendio que a diario se produce en  los periódicos y semanarios, en el tiempo largo de la TV y la Radio, en las redes sociales, ni la subida de tono en las conversaciones de la gente, si al menú del día le añadimos   los disparos de la guerra sucia, las guerras del rumor, todo cuanto se dice en las cadenas presidenciales, las decisiones del TSJ, los pronunciamientos de Padrino, los gritos y amenazas de Cabello,  las discusiones y propuestas sobre las rutas a seguir, y la aparición en la escena del proyecto de la enmienda presidencial para ponerle fin a la AN. Todo esto sin contar la distracción a que nos someten las historias de pranes y colectivos, las ocurrencias de los llamados twit y ahora la que nos proporcionarán los llamados papeles de Panamá que aun cuando están llenos de refritos, distrae para bien o para mal, según quien las lea,  el solo hecho de verlos publicados con nombres y apellido. Desde luego     una sociedad sometida a una distracción continuada como la que se lleva a cabo en este país, aplicada con criterio político, con un tono que quiere ser de amenaza disuasiva,  para decir lo menos, es que se pierda en el palabrerío, no encuentre la salida y lo embista el toro.

Pasemos revista rápidamente por todos los temas que en el giro de pocos días, esclavizaron nuestra atención,   entre otros temas, los  desaparecidos de Tumeremo que resultaron ciertos después de haber sido negados por el gobernador y las contradicciones oficiales;  el llamado a un diálogo propuesto tanto por la señora Mccoy, como por el Papa Francisco y firmado de manera de forma curiosamente compulsiva por ambos bandos en la AN, para pasar de allí,  sin que se hablara más del asunto, a los electrocutados del  Guri según la narrativa de Mota,  luego a los asuetos presidenciales “para ahorrar, según sus palabras, energía eléctrica”, luego a la falta de agua, luego a la ley de Amnistía, y cuando pensábamos que allí nos quedaríamos por ser este instrumento vital para la reconciliación nacional que todos los venezolanos queremos menos,  por supuesto, la cúpula del régimen, aparecieron los reclamos de la oposición a Tibisay por seguir los pasos del maestro psiquiatra en eso de impedir el revocatorio a tiempo, de allí de nuevo al TSJ y a la Fiscalía,  entonces fue el turno de la mamá de Almagro puesta en escena por la canciller, los desafíos para debatir con  Rajoy, “dónde y cuando quiera”,  por parte de Maduro, los de Ramos Allup a Padrino, hasta llegar a el choque de las enmiendas propuestas por Escarrá en esa lucha suya por ser aceptado otra vez en la cobija del régimen.      Desde luego todas esas incursiones por temas que despertaron nuestros mejores instintos de conservación y hasta la capacidad oratoria y el histrionismo de muchos, fueron ráfagas de brisas muy cortas y veloces que,  si acaso,  han logrado hacernos descubrir que a pesar de hablar mucho y muy seguido sobre los mismos problemas, estos siguen allí sin ser ni remotamente resueltos.

Sobre la distracción como arma política  existe abundante literatura desde la China más imperial hasta nuestros días, pasando por los griegos, los romanos, por supuesto por Shakespeare, por Maquiavelo,    por Goebbels, y los descritos con gran economía de palabras por Noam  Chomsky, estos sin contar con aquellos escritos a mano y no importa si con errores sintácticos y ortográficos, por los especialistas que tiene el régimen para estos menesteres.   

La estrategia de la distracción permite al más duro hacer catarsis, al más blando soltar la brújula y mirar para otro lado y mientras esto ocurre, el régimen actúa a sus anchas llevándose en los cachos lo que tenga a bien llevarse. Para tal estrategia no hay vacuna mejor que la realidad de todos los días, mostrada con realismo, mucha eficacia y  teniendo  los ojos bien abiertos y la intuición muy despierta, para saber distinguir entre el camino real y la trocha.