• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

El 5 de julio de 2016

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No es mi propósito entrar en el tema del 5 de Julio de 1811, fecha en la que se firmó el Acta de la Independencia de Venezuela, ni en la discusión que plantean los historiadores acerca de las manipulaciones que tanto el término como la fecha han tenido lugar, y menos aún sobre la retórica rimbombante y vacía que la fecha ha generado, sobre todo, desde el estamento militar venezolano.

Prefiero dejar eso en manos de nuestros historiadores más ilustrados para ver si algún día aparece la verdad en nuestra historia como nación y ubicarme en el presente y ahora cuando este pedazo de tierra, llamado Venezuela, padece una tormenta imperfecta que la ha llevado al borde de la destrucción.

Lo que ocurrió el martes 5 de julio de este año 2016 en la Asamblea Nacional tiene signos evidentes de una decisión con el sello de ese militarismo insubordinado a la Constitución, con la aviesa intención de darle un duro golpe a la civilidad, a la democracia, a la inclusión y a la expresión de la voluntad del 6-D. Un acto propio de la fuerza bruta cuyas consecuencias no las puede calibrar el estupor que originó en una sociedad atormentada en demasía por la crisis humanitaria, gracias a la sistemática destrucción a la que ha sido sometido el país a lo largo de estos impúdicos 17 años de castrocomunismo.

En la decisión tomada por la cúpula del régimen, de no asistir a la reunión democrática que convoca una fecha que sirve para unirnos en la reflexión sobre el país, hay un desprecio manifiesto por la historia y por la tradición. Que el presidente ni las cabezas del TSJ, CNE y Poder Ciudadano, ni el Alto Mando Militar estuvieran presentes en un acto que sirve para consolidar el principio constitucional de la división de poderes niega toda posibilidad de diálogo y nos está diciendo que la decisión de abolir el Parlamento sigue en pie. Que la Cancillería no haya cursado las invitaciones al cuerpo diplomático está diciendo que al régimen lo tiene sin cuidado lo que se piense fuera de nuestro territorio, hecho propio de los Estados forajidos. Que el Arca que guarda el acta fuese abierta por una funcionaria anónima de Ministerio de Relaciones Interiores y Justicia en el último minuto, sin la presencia de la directiva del Poder Legislativo, es un acto con el que se pretende degradar y ofender a la Asamblea Nacional como cuerpo, a cada uno de los parlamentarios que la integran y a cada elector que depositó su voto por ellos.

Por todos los signos que trasmite el régimen con sus alocadas acciones, no carentes de coherencia en su intención de atornillarse en el poder, así sea en la forma y en el fondo de una feroz dictadura, quienes dirigen estos desatinos nos están diciendo que están desesperados y, por tanto, son mucho más peligrosos. Toda la avalancha de declaraciones amenazantes, sus desplantes sin pudor exhibidos a diario, las cadenas inoportunas, pero irritantes en las que pretende esconderse un régimen sin tribuna, las repetidas apariciones de Maduro rodeado de militares beneficiados todos con ascensos inmerecidos, el saboteo a un acto como el del 5 de Julio, fecha que sirve para la reflexión colectiva de una nación, hecho realizado con propósitos tan deleznables como desacreditar al Legislativo e impedir que el país escuchara la reflexión de un hombre como Américo Martín que mucho tiene que decir, y con total autoridad, sobre el desastre causado por un régimen militarista de filiación castrocomunista y con el que han pretendido humillar, no solo a la directiva y a los parlamentarios que la integran y a todos cuanto depositamos nuestro voto para elegirlos, son manifestaciones que pasan a engrosar la larga lista de actos desesperados de un régimen herido y descubierto en su indignidad y su incompetencia puesta al servicio de quienes a diario vulneran nuestra soberanía.

Han transcurrido 205 años desde que se firmó el Acta de la Independencia con unos resultados más que deprimentes cuando observamos que los principios republicanos y federales no se han logrado consolidar, que de esos 205 años solo 40 fueron gobernados por civiles, que si alguna sensación nos acompaña, es que ni somos independientes ni somos soberanos y que todo cuanto se hizo en esos 40 años para lograrlo, la bota militar, que hoy nos desgobierna, lo liquidó.

No sé si el régimen ha hecho un inventario de sus actos desesperados y sus consecuencias, pero por donde usted lo mire se vistió de dictadura y, por tanto, hay que combatirla con las mejores armas con que contamos que es nuestra civilidad y la razón que nos asiste, hechos que nos hacen ser amigos de la paz, de la democracia, de la separación de poderes, de la discusión abierta y sin censura, del revocatorio, de la Carta Democrática a cuyo expediente hay que anexarle lo ocurrido este 5 de julio.

Amigos de un diálogo abierto con una agenda plena que abarque todo el capítulo de los derechos humanos y los presos políticos, en presencia de organismos internacionales de probada independencia y alta confiabilidad. En mi caso particular soy amigo de toda iniciativa democrática que interrumpa este proceso de destrucción que con tanta frialdad lleva adelante una cúpula de filiación castrocomunista, que piensa más en el poder y sus beneficios personales que en el bienestar de la gente y soy amigo, en grado superlativo, de abrir un proceso constituyente porque cada día que pasa, y ante la visión del desastre que el régimen ha generado con una intencionalidad criminal manifiesta en cada decisión, me convenzo más de la necesidad de refundar el país por los cuatro costados.