• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

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Rubén Osorio Canales

La habilitante y el secuestro de la democracia

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Con grandes manipulaciones, engaños, retórica barata y despreciable, este desgobierno le ha ido cortando, de a poquito, las alas a la democracia en Venezuela provocándole una metamorfosis que la hace irreconocible. Poco a poco, entre ineficacias y urgencias, con la paciencia de un estafador profesional, el gobierno se dedicó a  utilizar las herramientas de la democracia, para convertirla en una autocracia tumultuaria que nos ha llevado a estas aguas contaminadas en las que solo presagiamos el naufragio. Algún día tendrá que escribirse en clave de extravagancia criminal la historia de este proceso que hizo de una nación rica en camino a la prosperidad una nación inexplicablemente saqueada, atormentada y empobrecida. 

En cualquier libro de cocina usted encontrará los métodos de cocción para preparar un guiso. Los hay a fuego alto, medio o bajo, los hay fritos, hervidos, horneados y al vapor y rara vez encontrará algún autor que en un mismo guiso utilice todos los métodos sin orden, ni concierto; sin embargo, eso es precisamente lo que hace este gobierno las veinticuatro horas del día con resultados nefastos para los adversarios, para el país y para sus instituciones. A ese método caótico, ineficaz y estrafalario de gobernar, que por supuesto no conduce si no al desastre, es necesario añadir lo que es una constante en todo régimen con vocación totalitaria: distorsionar las funciones naturales y constitucionales de un parlamento, embaular la justicia para un solo fin absolutamente injusto, convertir el poder de la sanción en un sistema de coacción permanente para inmovilizar y satanizar toda disidencia, tanto individual, como colectiva, gobernando por decreto e imprimiéndole a los mismos una ambigüedad llena de malas intenciones. Sumando las veces que este gobierno ha recurrido a la vía habilitante van seis años que, hasta ahora, lejos de resolver los problemas nacionales los han multiplicado hasta lo insoportable, y a pesar de haber avanzado en sus planes siniestros, no le han sido suficiente para tener el control total de la sociedad que es en realidad su propósito.

Para nadie es un secreto que este desgobierno no atina una, ni en lo político, ni en lo social, ni en lo económico y que gracias a ello el país se ha convertido en una mala caricatura, pero tampoco para nadie es un secreto que, como los piratas, adaptan sus estrategias para el asalto con enorme facilidad por lo que suelen salirse siempre, o casi siempre, con la suya. Llevan dieciséis años haciéndolo con marcada impudicia y, sin embargo, ante cada golpe que le asestan a la Constitución, la llamada oposición pone cara de sorpresa, en algunos casos se hace la loca y al final termina por caer en el siniestro juego del desgobierno.

Desde hace tiempo la sala situacional del gobierno, es decir, la cúpula, llegó a la conclusión de que la única manera de ocultar el profundo rechazo de los venezolanos a las políticas oficiales, la incontenible censura popular hacia sus grandes y gravísimos errores, la crítica objetiva y razonada a sus continuas violaciones de los derechos humanos emanadas de políticos e instituciones internacionales que lo hacen ver como un gobierno forajido, es recurriendo al caos y a la represión sin tener que rendirle cuentas a nadie y para ello nada mejor que gobernar por decreto, o sea, recurriendo a una habilitante que faculte al presidente a legislar sobre todo tipo de materias, metiéndose incluso por la rendijas de la privacidad ciudadana y utilizar todos los caminos que le permitan hacerse del control total de la sociedad, profundizar la confrontación radical, mantener la represión como método y anular, condenar y satanizar a la disidencia venga de donde venga. Conducta que forzosamente pondrá a prueba el temple y la resistencia de los venezolanos.

Tal y como lo señala el constitucionalista Gerardo Fernández, “con la habilitante la AN le otorga al gobierno un cheque en blanco para ‘legislar’. Esto quiere decir que el régimen puede interpretar a su antojo dicha delegación y dictar las normas que le convengan, sin límite alguno. Eso permite al gobierno abusar del poder, atentar contra el Estado de Derecho y la democracia, bajo un manto jurídico de muy dudosa constitucionalidad y legitimidad. Entre otros asuntos, la habilitación permite al gobierno ‘legislar’ en materia penal y de responsabilidad civil y administrativa, con lo cual se estaría invadiendo la reserva legal en materia de derechos humanos, ámbito indelegable y solo regulable de manera progresiva mediante ley formal. Tal delegación está prohibida por la propia Constitución y la jurisprudencia de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos. Es una suerte de suspensión de garantías constitucionales, sin cumplir para ello con los términos, requisitos y condiciones que la propia Constitución impone y, entre otros asuntos, sin notificar al sistema internacional de protección de los derechos humanos, tal como expresamente lo exige la Constitución”. Y eso que ha señalado el constitucionalista es sencilla y llanamente un secuestro de la democracia, lo cual facilita el camino para cosas tales como imponer el comunismo estalinista, cancelar toda investigación sobre sus malos procederes, aniquilar a toda la oposición, utilizar el miedo como método para poner de rodillas  cualquier intento de protesta, y seguir exprimiendo al país hasta convertirlo en un bagazo.

No creo que sea posible una perversión mayor del poder de un gobierno-estado, imposible imaginar una camisa de fuerza mayor apretada sin escrúpulos sobre un cuerpo social llamado nación. Su solo enunciado es en sí mismo una violación del derecho todo, tanto humano como divino. Y ante esa realidad me pregunto si la oposición, esa oposición que luce fragmentada, que no muestra una unidad sólida en función de un proyecto claro con objetivos y métodos perfectamente definidos, una oposición que solo se une artificialmente en funciones electorales, está preparada para enfrentar semejante poder en manos además de gentes que carecen de escrúpulos a la hora de darle golpes a la Constitución. Pareciera que ante el hecho objetivamente cierto de que la democracia ha sido secuestrada, tenemos que preguntarnos si hay fuerzas para salir a su rescate en tiempos en los que la punta del más alto gobierno ha encontrado muy provechoso el hecho de recordar y esgrimir su parecido con Stalin, personaje que no encontró obstáculos para imponer un régimen de terror con decenas de millones de muertos, desterrados y desaparecidos. El mismo que repetía sin descanso ni tregua: “La violencia es el único medio de lucha, y la sangre el carburante de la historia”.