• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

El fraude que no cesa

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No lo pueden ocultar, los resortes del fraude están en su propia naturaleza. Hablan, respiran, comen o duermen y despiden un olor a fraude. No tienen forma de ocultar la obsesión de poder que los alimenta. Las razones esgrimidas para someter a todo un pueblo crédulo, desinformado y conformista durante tres lustros se les agotaron y ahora solo les queda exhibir sin inhibiciones una carga de alta represión a todos los niveles. El lenguaje ha tocado los límites más indeseables que se pueda imaginar, la mentira ha sobrepasado con creces los niveles de la calumnia, la apología del desacierto encuentra en las acciones cotidianas del régimen una viva expresión que los señala como ineptos, el cinismo lo blandean como bandera y en ocasiones lo ascienden a los niveles de la abyección. Y es que a la luz de los acontecimientos ocurridos en estos dieciséis años, todo lo prometido, todo lo expuesto con un lenguaje vacío y rimbombante, ha sido un fraude y ese fraude pareciera que se hace perpetuo con la desgraciada circunstancia de no tener,  en esa misma escena, una fuerza totalmente compacta, unida todo terreno, con un discurso incluyente guiado por el propósito de salvar a Venezuela, capaz de unir en una sola voz el inmenso descontento  nacional para convertir en lamentable pasado esta pesadilla alimentada por el castro-comunismo. 

Ante ese cuadro que está a la vista de todos, debo confesar que me sorprende cuando escucho en el sector opositor las trompetas irracionales de un  triunfalismo que no debería ser cantado con semejante enemigo ni siquiera después de una victoria. Más allá de lo que alientan y dicen las encuestas, no sé si atribuir semejante euforia a la ingenuidad, a una manera muy superficial de ver la lucha política sobre todo con un enemigo que desprecia los valores de la democracia, o a una falta de análisis y estudio de la historia electoral de estos tres lustros de la llamada revolución bolivariana que en verdad debería llamarse de la ocupación de Venezuela por el castro-comunismo. Y tiene que llamar la atención de todo observador porque es bien sabido que en una confrontación como la que se vive en Venezuela hay estrategias totalitarias que no forman parte de los sabios capítulos del Arte de la Guerra, pero que sí figuran en los manuales de la KGB, de la Gestapo, del G2, solo para nombrar algunas de las policías políticas regadas por el mundo. Allí están, marcando el paso, la mentira, la siembra del odio, la división, la represión, el exasperante hostigamiento a la oposición, las inhabilitaciones ilegales, la descalificación y el insulto, las pruebas de esfuerzo a las que someten la paciencia de todo un pueblo, la calumnia y una larga lista de violaciones de los derechos humanos, todo ello sumado a la creación indefinida y permanente de escenarios en los que figuran triquiñuelas tales como los intentos de magnicidio, de sabotajes, de situaciones que se puedan revertir contra todo el que se oponga a la palabra y la voluntad autocrática en modo de hacerlos pasar de adversarios políticos,  a terroristas y asesinos, todo un compendio de perversidades a los que recurre todo régimen dictatorial con la complicidad de todos los poderes secuestrados con la única intención de retener el poder.

Para muchos el régimen en estos momentos pareciera estar dando palos de ciego y se multiplica en acciones que, por burdas y estériles, lo muestran ante el mundo como una dictadura condenada a morir en su propio naufragio, eso puede ser cierto, pero la mala noticia es que el régimen lejos de rendirse actúa y escarba en los libros ocultos de la autocracia métodos que nada tienen que ver con la democracia.

Como un depredador despiadado hinca el diente en la presa y lejos de soltarla la desgarra. Eso hace cuando, a pesar de que todas las encuestas hablan de una tendencia irreversible que sellará su derrota, pasan las veinticuatro horas del día maquinando cómo fomentar la abstención, como descuartizar a la dirigencia opositora, como aprovechar el más mínimo resquicio para entrar en querellas con los vecinos y con ello apostar por una carta nacionalista que en verdad les queda grande por su manera de poner en riesgo nuestra soberanía. Ya las inhabilitaciones, la dirigencia opositora perseguida y presa, las decisiones del TSJ destituyendo directivas de partido, los expedientes abiertos por el MP y las amenazas que a diario vociferan con rabia y desprecio, no son suficientes, ahora el salto represivo es mucho mayor y, más que esperar un milagro que lo ayude a recortar la brecha, el régimen ensaya capítulos como los del Esequibo que hubo de abandonar por las múltiples evidencias que coincidían en la antipatriótica conducta de Chávez en ese problema, más preocupado en complacer la política exterior de Cuba y de Brasil que en defender a Venezuela, o como el cierra de las fronteras con Colombia creando un conflicto artificial argumentando una supuesta lucha contra el bachaqueo y el contrabando que, por supuesto, según el régimen, es dirigido dentro de la “guerra económica” por Uribe y los paramilitares, acción esta que también según el mismo régimen, permitirá, una vez derrotados los saqueadores, llenar los anaqueles de los mercados y bodegas y señalar que todo este desastre fue producto de la guerra económica.

Ante este cuadro cabe preguntar si alguien puede estar celebrando un triunfo que no ha llegado, y que corre el riesgo de no llegar de seguir pensando que por el solo hecho del descontento popular, el mandado ya está hecho. Haber participado en varias campañas electorales me enseñó a ser realista y desconfiado y a leer más profundamente las estratégicas apariciones de ciertos fenómenos que se presentan en la escena electoral. En este caso la dirigencia opositora debe dejar a un lado todo vestigio de triunfalismo porque el enemigo que no tiene escrúpulos, está buscando darle un palo a la lámpara o bien creando un estado de excepción, o saboteando el proceso electoral con la fuerza.

En estos momentos a la oposición solo le queda transformar la rabia social producida por los desenfrenos del régimen, en una fuerza electoral que haga viable e indestructible el cambio político que toda Venezuela está reclamando. El gobierno lo sabe y por eso, además de la perspectiva de terror con la que marca el paso hacia el 6-D, como si se tratase de una guerra de guerrillas, inunda la escena de acontecimientos que también reclaman atención, por eso están allí el Esequibo, el cierre de las fronteras con Colombia, las perversas ejecuciones de las OLP, la sentencia contra Leopoldo López, la diplomacia de micrófono con lenguaje de guapo de barrio, el itinerario turístico presidencial y muchas otras “atracciones” que están por aparecer en la escena del crimen.  Lo que tenemos de frente es un régimen que con toda certeza no podrá ganar nunca más unas elecciones realizadas con transparencia, pero que amenaza, y siembra terror y no asoma la más mínima intención de dejar el poder. No hay que olvidar que en este cuadro que nos llena de dudas e incertidumbre, tiene sus manos metidas el castro-comunismo, y quien no lo vea así no está leyendo el mapa.