• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

La estrategia del caos

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En cualquier país que tenga un mínimo de respeto por sus instituciones, un acto como el de unos sesenta motorizados atravesando la ciudad en plena madrugada para atacar con granadas puestos policiales, acto que se repitió en menos de una semana en cuatro ciudades, habría ocasionado una investigación a fondo, con comisión de la verdad incluida, promovida desde la AN, hecho que no solo no ocurrió, sino que fue silenciado por la prensa y los medios de comunicación que maneja el régimen, que son prácticamente todos. Y este solo acto inscrito en el marco de una impunidad que da vergüenza, inevitablemente levanta sospechas y especulaciones de todo tipo. Diecisiete años de arbitrariedades y violaciones de la ley nos han enseñado que al régimen no le basta el arsenal de trucos desplegados hasta ahora con la malsana intención de retener el poder, no le bastan las complicidades de todos los poderes, ni el fraude electoral continuado puesto en marcha desde el momento mismo de tomar las riendas del que una vez fue un país, todo lo contrario, como un perverso troglodita devorador, le hace falta mucho más para saciar su voluntad dictatorial.   

Después de las amenazas con incendiar el país si las parlamentarias le son adversas, después de haber decretado estados de excepción en la frontera, después de haberse dado cuenta de que ninguna de esas acciones ha logrado, ni logrará, contener las ansias de cambio de más de 80% de los venezolanos, a nadie puede sorprender que a alguna de las corrientes más radicales que hacen vida en el régimen se le haya ocurrido habilitar en la víspera de unas elecciones parlamentarias, ya manchadas por el ventajismo, un ingrediente terrorista como el de los motorizados atacando con granadas de alto poder puestos policiales. Lo primero que se pregunta una sociedad cansada de tanto abuso, aterrada por la violencia, la indefensión y la inseguridad que reina en todo el territorio, es: ¿y quiénes son?, ¿qué es lo que pretenden?, ¿qué sentido tiene semejante insensatez en tiempos en que se quiere un cambio para ver si logramos un buen gobierno? Pero ninguna de esas interrogantes ha tenido una respuesta transparente que pueda satisfacer a una ciudadanía que reclama sindéresis y sentido común. Porque para muchos ese cuento de unos misteriosos personajes sorprendidos con 1.500 kilos de explosivos que  pretendían vender a unos presuntos paramilitares tiene el mismo mal olor de las denuncias de intentos de magnicidio, conspiraciones y otras igualmente alarmantes, que el régimen denuncia sistemáticamente sin investigar ni mostrar pruebas, ni culpables, con la única intención de cortarle el pescuezo a la oposición y a sus líderes.

No cabe duda de que actos tan vandálicos obligan a una investigación exhaustiva y con marcada transparencia porque, de no hacerse, una acción tan censurable a pocas semanas de efectuarse unas elecciones parlamentarias que por el silbido que llevan el régimen las tiene perdidas, podría ser interpretado   por muchos como el inicio de la estrategia del caos y una escalada represiva que podría terminar en un estado de excepción general que permita una suspensión del proceso electoral. 

Estos actos que se vienen repitiendo en distintos lugares de nuestra geografía, además de macabros y tener el sello de las facciones más radicales de los regímenes totalitarios y su desenfrenada intención de perpetuarse en el poder sin importar el costo en vidas y en odios, nos hace recordar aquellos tiempos en los que unos cuantos de quienes hoy detentan el poder activaron la violencia contra la democracia sin ningún remordimiento y no dudaron nunca en poner en práctica la matanza de policías, los secuestros, los actos terroristas y la violencia de los niples, añadiendo a esos expedientes esa guerra absurda que libraron siempre apoyados por Fidel. Afortunadamente teníamos unas FA apegadas a nuestra Constitución, que supieron ser garantes de nuestra soberanía.

De mentes y regímenes con vocación totalitaria podemos esperar cualquier cosa, la historia más cercana a nosotros, esa que se mueve en los territorios de la América Latina, la  bañados por el mar Caribe, la transcurrida en nuestra cordillera andina y las que llenaron páginas en nuestra propia casa, está llena de ejemplos que incluyen persecución y acoso, represión extrema, juicios sumariales sin derecho a la defensa, fusilamientos y matanzas en nombre de una entelequia llamada “revolución”. De esas mentes y esos regímenes han quedado formatos y manuales que las sucesivas generaciones aferradas a esa aberración histórica suelen no solo poner en práctica, sino perfeccionar en  perversidad represora.   

Llama la atención que el señor Raúl Castro, después de sentirse bendecido por la visita que el papa Francisco le dispensara a su hermano Fidel en el marco de una visita protocolar del papa a su país en la que por desgracia no se escuchó la voz de la disidencia, declarara en su última visita a la ONU la decisión de Cuba en defender al gobierno de Venezuela ante cualquier intento de desestabilización que se produzca en ese país, y uno tiene que concluir forzosamente que, siendo el gobierno cubano un chulo dependiente del destino y el petróleo de Venezuela y el principal interventor de este desastre, ha incluido entre esas posibles “desestabilizaciones” el proceso electoral que se avecina que, como lo dicen todas las encuestas, el gobierno tiene perdido. Ya sabemos por la boca del propio Fidel que para él las elecciones que su régimen tolera en su país son una farsa y nada extraño sería que siendo él el artífice de una estrategia para imponer el comunismo en Venezuela que consistió en acabar con la democracia utilizando las herramientas de la democracia de las cuales la principal es el voto, haya decidido terminar con esa herramienta de cambio y con ello poner punto final a esta farsa.

Está claro que al único que le puede convenir la introducción de esa materia absolutamente criminal y corrosiva, a estas alturas, es a quienes tienen todo que perder.