• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Muchos errores y cero carreras

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“Estamos llegando al llegadero”, como suelen decir los parroquianos para señalar hasta dónde llega el camino real y dónde comienza la trocha. El anuncio lo hace el señor Maduro cuando dice: “No voy a entregar los logros de la revolución”, con lo cual está diciendo que el único resultado electoral que él y quienes lo apuntalan en el poder reconocen es el que favorezca a la dictadura, y nunca, como todo parece indicar, si la oposición gana las parlamentarias pasando por encima de los abusos de poder, del ventajismo, de la alianza imperfecta del régimen con el árbitro electoral, las actuaciones del MP, del TSJ, de la DP, las amenazas de los colectivos armados. De ser así según amenazas del señor Maduro, “la alianza cívico-militar” desataría una guerra y mandaría al mismísimo infierno el deseo popular de ese cambio de rumbo que tanto ansía 90% de los venezolanos para no caer en el abismo. Díganme, por favor, si eso tiene un nombre distinto al de golpe de Estado.

Desde luego esto, que es una de las expresiones más puras del infierno castro-estalinista, dista mucho de la idea de democracia que tiene el pueblo venezolano obstinado ya del maltrato y del desprecio del régimen. Por lo visto al régimen no le bastaron ni la Asamblea Constituyente con la que elaboró una Constitución a la imagen y semejanza de sus propósitos y objetivos, la cual sin embargo fue y ha sido sistemáticamente violada desde que entró en vigencia, tampoco le bastaron ni construir una nueva hegemonía a punta de elecciones cada vez más fraudulentas, ni utilizar los recursos del petroestado para mantener una agenda populista de la peor calaña, ni desplazar y satanizar a los partidos políticos, ni utilizar una suerte de terrorismo de Estado, no solo en el campo de la economía, con el que ha ido reduciendo a cenizas el aparato productivo de la nación, ni el discurso antiimperialista a la usanza de los años sesenta apoyado en el caduco lenguaje de Fidel que ya pertenece a la prehistoria. Tampoco le sirven ya ni el secuestro de los restantes poderes, ni la pretensión de la reelección indefinida, y por supuesto aquella conducta que con el privilegio de los petrodólares logró “cautivar” a los vecinos. De todo ello se abusó hasta que ya no dieron más frutos cosechables. Así como dilapidó los inmensos ingresos de la renta petrolera, fue desgastando las herramientas con las que construyó su imperio del mal, al punto de que hoy solo le quedan: la fuerza bruta y el delito para lograr su permanencia en el poder. 

Sin embargo, intrigado por aquello de “los logros de la revolución” me he detenido a repasar todos estos años de populismo exacerbado en imperfecto maridaje con la altisonante retórica militar para encontrar esos logros y el resultado ha sido más que frustrante. Más allá de las misiones, si es que en verdad todas y cada una de ellas constituyen un logro y no un retroceso, nos encontramos con un país donde la inseguridad campea y llena de terror a todos sus habitantes sin excluir color, ni bandera, donde el Estado de Derecho desapareció para ser sustituido por un régimen de justicia absolutamente politizada al servicio de los más oscuros intereses del oficialismo, donde quedó suspendida la presunción de inocencia y la división de poderes pasó a ser una letra muerta de una vieja canción de la justicia, también muerta.

Pero si la mal llamada “revolución” nos hubiese traído inseguridad solamente, habríamos podido resolverla fortaleciendo nuestros cuerpos de seguridad, pero es que resulta que estos fueron incorporados al proyecto con una cartilla ideologizada hasta los tuétanos y pasaron a ser brazos activos de una guardia pretoriana que hostiga hasta las hojas que vuelan arrastradas por el aire.

Durante todos estos larguísimos años vimos que en cada tropiezo el régimen recurrió a nuevos y más rigurosos controles que trajeron, como es lógico suponer, nuevos sistemas de trasgresión cada vez más especializados, creando con ello una sociedad trasgresora protegida ampliamente por la impunidad. De allí todos los abusos y violaciones del control de cambios que ayudaron a enriquecer a una partida de limpios y pelabolas. Nacieron así los rojos rojitos codiciosos, los oportunistas y malhechores que se asimilaron a las mafias raspacupos, a las importaciones, a los pudrevales, al bachaqueo, al contrabando de la gasolina, a la importación de alimentos, al tráfico de drogas  y con esas prácticas, todas condenables como delitos de lesa patria, arruinaron el país hasta hacer de nuestra moneda bautizada como fuerte al momento de nacer, una ficción de moneda sin ningún valor.

Nunca la soberbia del régimen quiso tomar nota de las múltiples advertencias por haber tomado un camino equivocado. Todo ignorante es soberbio, y este régimen que desde hace diecisiete años desgobierna esto que alguna vez fue un país, no es la excepción. Por eso no quiso escuchar las advertencias de los sabios y en su lugar prefirió inventar a la manera de los fracasados y mediocres una serie de enemigos internos y externos a quienes responsabilizó de su infinita cadena de errores, y mientras esto ocurría, un extenso cáncer sembrado en las entrañas mismas de nuestro sistema económico hizo metástasis y nos trajo a estas orillas en las que luchamos por no morir ahogados. Hoy esas políticas probadamente fracasadas nos trajeron no solo la pulverización de la moneda, sino un desabastecimiento mortal en el que sobrevive ese nuevo delincuente que es el bachaquero, una inflación que ahoga los mejores pensamientos, un costo de la vida que comienza a provocar hambre en el pueblo, un estado de tensión por los momentos contenido por la esperanza de todos los venezolanos de dar un paso hacia el cambio y la transición democrática el 6 de diciembre. Los males que trajo son muchos más, destruyeron las instituciones, confiscaron los sueños de los más jóvenes, le tiraron y le pusieron piedras al futuro como si nada, sin el menor indicio de remordimiento, y tenía que suceder que ya toda Venezuela se cansó de la mentira, del discurso del resentimiento social, del ventajismo y sus abusos, del sadismo del régimen a la hora de percibir y castigar la protesta, de la prepotencia, soberbia y cobardía de quienes con la calumnia y las malas intenciones pretenden reducir a los venezolanos a la categoría de menesterosos dependientes de sus dádivas que son de paso también sus ofensas a un pueblo que no las merece. Así que deudas ya impagables de la revolución son muchas, pero, señor Maduro, logros de la revolución, así usted las quiera inventar y gritarlas a los cuatro vientos, no hay.

Hay pesadumbre, hay cansancio, hay el dolor de saber que la patria está enferma, grave, hay ira contenida, pero sobre todo nos asiste el ánimo de la reconstrucción del país, y un espíritu de reconciliación para que Venezuela vuelva a ser el país amable, amplio, armónico y plural  que todos soñamos para hacerlo mucho, pero mucho mejor. Pongo mi fe en el 6 de diciembre.