• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

El efecto Felipe (II)

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Estaba en la cocina manipulando un pollo de corral que conseguí en la casa de un amigo, pensando que tema debía tratar del arsenal que nos asedia a diario, si el tema era el polarazo que prepara la radicalización obtusa de un régimen que perdió la razón, o internarme en el aumento salarial decretado, o recorrer, con riesgo de ser atrapado por cables de alta tensión, los laberintos de las purgas internas que se están operando en las fuerzas que se disputan el control del poder dentro del oficialismo, o, más peligroso aun, tratar de dilucidar la razón de ser de la afirmación de Pepe Mujica cuando dijo que  la democracia terminaría por irse para el carajo si los militares de izquierda se les ocurría dar un golpe de Estado. La decisión no era fácil, pero tomé un camino que el gobierno pretende con todos esos inventos para hacer olvidar, y es el de la decisión de Felipe González de incorporarse a la defensa de nuestros presos políticos.   

Lo primero que salta a la vista de cualquier curioso que siga los hechos políticos de Venezuela, es cómo la presencia de Felipe González, uno de los políticos más prestigiosos a escala mundial,  ha desquiciado al régimen. Desde el mismo momento en que alzó su voz en defensa de los alcaldes y líderes  de la disidencia convertidos hoy en presos políticos, víctimas de expedientes falsos, arbitrariedades judiciales todas alimentadas por órdenes precisas de un  gobierno que exhibe a cada instante métodos fascistas y que tiene el tupé de hacerse llamar socialista,  no ha hecho otra cosa que hostigar y calumniar a mansalva al líder socialista, sin importarle que cada vez que habla sobre el caso no hace otra cosa que mostrarle al mundo su propia naturaleza antidemocrática, fascista y estalinista, alimentada por una grosera falta de escrúpulos.

El solo anuncio de Felipe González señalando su intención de venir a Venezuela a luchar por la libertad de los presos políticos desató la ira del régimen. El primero en exhibirla a niveles impensadamente oprobiosos fue el presidente Maduro, quien apeló de inmediato a los más bajos recursos de la retórica comunista de la descalificación comenzando por la calumnia. A esa voz que acusó a González de injerencista, inmoral, tarifado y por supuesto de traidor, siguió el rugido de las focas de la AN utilizando el mismo discurso descalificador presidencial y declarando al líder mundial del socialismo “persona non grata”, en un gesto que los retrata como verdaderos dinosaurios de la política. A esas reacciones se sumaron en perfecta formación  el PSUV, el  Poder Judicial, el Ministerio  Público  y la llamada Defensoría del Pueblo, instituciones que dedican sus horas de trabajo a perseguir y acosar a la oposición, al sector productivo nacional y a esconder bajo la alfombra a todos los responsables de la corrupción, salvo aquellos casos en los que por razones de  ajustes de cuentas, enjuician a algún chivo de la llamada revolución.

Desde luego esa conducta, a todas luces reveladora de prácticas antidemocráticas, no ha hecho otra cosa que develarle al mundo entero una  vergonzosa realidad represiva del régimen autocrático venezolano que previamente había impedido la visita de Pastrana y Piñeras en Ramo Verde  al líder Leopoldo López, un régimen que en su intolerancia,  ha superado la de Augusto Pinochet, uno de los más feroces dictadores de nuestro continente, quien sí le permitió a Felipe González defender al alcalde chileno preso y lograr con ello su liberación, cosa que aquí, a todos luces, no sucederá porque líderes como López, Ledezma y Ceballos cometieron el horrendo delito de conquistar con su trabajo y sus mensajes a la masa más pura del pueblo que quiere vivir en paz y libertad y eso para una autocracia cívico militar como la que lleva las riendas de la destrucción nacional, no es permitido.  Sin embargo, el resultado funesto para el gobierno ha sido que con este rango de arbitrariedad e intolerancia, a Felipe González se la han unido 34 ex presidentes de la región,  varios parlamentos latino americanos y europeos y  centenares de demócratas de todo el mundo   que rechazan los métodos fascistas de una cúpula cívico militar que arrea a la ciudadanía como si fuesen ganado para el matadero y que desde ese brutal primitivismo encierra en la cárcel a todo liderazgo creíble y de creciente popularidad, sometiéndolos de paso a juicios perversos que nada tienen que ver con la pulcritud procesal que requiere un juicio justo. 

Ante la debacle de una revolución que nunca fue, ante el rechazo casi unánime de la población hacia su manera arrogante de conducir el país  produciendo decisiones llenas de exabruptos que afectan al pueblo, el gobierno  mantiene su doble discurso cada vez con menos efecto: por un lado saca el libreto de la descalificación extrema, convirtiéndose  en victimario e implacable verdugo, mientras por el otro se exhibe como víctima, olvidando concentrar sus esfuerzos y sus recursos en la solución de los gravísimos problemas que tiene el país.

Tiene toda la razón Felipe González al afirmar que “una cosa es la legitimidad de origen y otra la de ejercicio y, si uno no respeta la opinión de la oposición, la independencia del poder judicial o las garantías democráticas, la segunda "empieza a fallar.  Es bueno recordarle a Maduro que la oposición está para oponerse a todo aquello que lastime al pueblo”. No importa lo que diga y haga este régimen contra Felipe González, el efecto Felipe ya está en marcha y sin retorno, pero lo lamentable es que al gobierno eso pareciera no importarle. 

Después de haber escrito estas líneas decidí concentrarme en hacer un arrollado de pollo con un  ragú de chorizos carupaneros que también conseguí en casa amiga. Comencé por hacer el relleno con chorizos, cebolla, ajo, pimentón y ají dulce cocinado en un caldo de huesos rojos que,  una vez listo,   reservé.  Para hacer el arrollado coloqué el pollo en una tabla de cocina amplia, le introduje  el guiso y lo até con  hilo de cocina. Una vez terminada la operación, lo coloqué de espaldas  en una fuente para hornear untado con mantequilla por fuera y lo dejé a temperatura alta por espacio de sesenta minutos. Luego lo dejé reposar a horno semi abierto durante diez minutos,  para luego rebanarlo con cuchillo de filo competente y comerlo en raciones equitativamente justas, acompañado por un puré de papas y zanahorias y unas acelgas salteadas brevemente en mantequilla de ajo muy suave.