• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Cuando el destino nos alcance

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Es bueno que nos vayamos percatando de que en esta lucha lo que está en juego es el destino de una nación, de nuestra nación y que, por lo tanto, el asunto no puede quedar solamente en manos de dos bandos en pugna, también nos concierne a nosotros los ciudadanos. Y esto lo digo porque pasan los días, el tiempo de la paciencia se agota y el clima de incertidumbre que agobia al venezolano tanto como la crisis agravada por la inacción del régimen, ha resucitado. No bastan los llamados a un diálogo franco y profundo que la autocracia castro-comunista nunca auspiciará sencillamente porque no está en su naturaleza. Es bueno entender que por el camino que el régimen nos está imponiendo desde el poder corremos el peligro de retroceder y perder lo ganado. Que la crisis que vivimos necesita con urgencia soluciones a corto y mediano plazo que por ahora nadie ofrece. El escenario que tenemos no es precisamente el deseable: un país paralizado, molido por una crisis nunca antes conocida, que quiere estallar para decir ¡basta ya!, que observa el saboteo continuado de un régimen dictatorial contra todo aquello que ponga en evidencia su responsabilidad en este desastre, un océano de mentiras que ya no surten efecto porque la realidad las desmiente. 

Lo que en este momento tenemos es un régimen asfixiado por su propio proyecto y sus propias torpezas, arrinconado por una crisis cuya solución implica un costo político tan grande que quienes hoy lo detentan tendrían que olvidarse del poder para siempre, porque carecen de argumentos para enfrentar la crisis del agua, de la electricidad, del desabastecimiento, de la bancarrota hospitalaria, de la inflación, del costo de la vida, de la corrupción y tantos otros males que han dejado estos diecisiete años de pésimo gobierno. Un régimen hostigado y con razón por una multitud que de manera irreversible exige y quiere un cambio ya, con unas proyecciones en las encuestas tan precarias que no lo deja dormir, con represión y presos políticos que confirman la existencia del fascismo en casa, un régimen que para sostenerse recurre a la amenaza continuada, a la complicidad de un inescrupuloso TSJ y a una estrategia de saboteo contra todo aquello que genera la oposición desde la AN que cada día los hunde más.

Podríamos continuar con esta degradante lista de contras que tiene el régimen, pero no hay espacio suficiente. Por supuesto que a un régimen reducido a esa precaria situación no le queda más camino que ganar tiempo, entorpecer cualquier vía que apunte a su sustitución, extremar su poder para embochinchar cada vez más al país, hacer el mayor esfuerzo para inmovilizar a la oposición y sembrar aceleradamente las dudas y la incertidumbre en la gente para que aquel entusiasmo que produjo aquella flamante victoria del 6-D termine en decepción.

Ese plan está en ejecución desde mucho antes de una derrota que el régimen sabía inevitable, razón por la cual nombró sin respeto a la ley, a un grupo de sus incondicionales al frente del TSJ, organismo bandera en la misión de desconocer las decisiones emanadas por la nueva AN. Ese plan está lleno de múltiples recursos, legales e ilegales, constitucionales o anticonstitucionales, no importan en este momento las calificaciones, ni los métodos para ejecutarlo, ni las alianzas, ni los acontecimientos sucedidos o por sucederse,  que les pueda llegar ya sea por obra y gracia del azar, o de los errores y omisiones de la oposición. Para lograr el objetivo cualquier medio es bueno, dice el régimen, y de ese credo nadie los saca.

El camino fue trazado con premeditación, alevosía y se ejecuta en esos mismos términos con el mismo descaro, prepotencia e intolerancia de un régimen fascista cuyas intenciones están muy lejos de abandonar el poder. No habrá un solo resquicio por donde se pueda expresar la oposición sin la reacción represora del régimen militar y cívico, y para ello cuenta con el poder que le otorgan inconstitucionalmente y en un solo bloque, inseparable y aparentemente indestructible, del Poder Ejecutivo, el Judicial, el CNE, el Ministerio Público, instituciones a las que no les temblará el pulso para atropellar la Constitución cada vez que las circunstancias lo requieran.

Como es fácil suponer, esta realidad plagada de obstáculos, que nos concierne y nos asfixia, puede ser cambiada por la misma oposición si es capaz de aplazar proyectos partidistas y hacer suyos los padecimientos de todos los venezolanos y es por eso que cabe preguntarle, por ejemplo, ¿cómo enfrentará las deliberadas y calculadas dilaciones del CNE que llevan como fin el anunciado bloqueo del referendo revocatorio? O ¿cómo va a reaccionar cuando el régimen se niegue a reconocer la Ley de Amnistía, o cuando aborte la enmienda como ya ha sido anunciado? O ¿qué hará ante la suspensión de las elecciones de gobernadores y alcaldes? O ¿por qué, como pensamos muchos, no se dedican de una buena vez a promover una constituyente, ya que de lo que aquí se trata es de cambiar la realidad política del país, o sea, un verdadero cambio necesario y profundo, que no puede ser supeditado exclusivamente a la salida de Maduro? Me parece que estas y muchas preguntas más, merecen respuestas que no dejen ninguna duda si es que la oposición que dirige la MUD quiere de nuevo aglutinar voluntades. Creo que a la oposición le llegó la hora de definir, ¿o es que debo más bien utilizar el verbo sincerar?, los objetivos de los próximos pasos, lo cual pasa por reafirmar que los problemas del pueblo y del país están por encima de todo y en ello va incluida la lucha por la presidencia. De no ser así la pregunta tendríamos que dirigirlas a nosotros mismos, o sea, a los ciudadanos, antes de que un mal destino nos alcance.