• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

“Porque nos da la gana”

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No hay que ser videntes y sabios para ver y entender que el régimen, con una conducta inmadura y antidemocrática, ha decidido burlar la voluntad popular expresada el 6- D; que poseído como está por un reconcomio pernicioso ha preferido recurrir al hostigamiento y la obstrucción, a la arbitrariedad, al abuso de poder y al chantaje, en vez de tomar el camino del diálogo que es lo que corresponde; sin embargo, no podemos olvidar que estamos ante un régimen al que la democracia le da grima. 

Pareciera que nada de lo que  ocurrió el 6- D lo afecta, así su comportamiento  histérico, anárquico y fuera de la ley esté diciendo lo contrario. Por eso, entre otras muchas cosas, reconoce la derrota pero no acata el resultado y decidió declarar una guerra absurda que hará trizas la paz de la nación. Ahora aquel fatídico “como sea” se convirtió en un aberrante “porque nos da la gana”, hecho absolutamente inadmisible en una democracia y sobre todo después de unas elecciones en las que el pueblo fue inequívocamente claro.

Pretender desalojar una AN elegida con mayoría calificada por el pueblo, además de ser una declaración de guerra y un chantaje, entra en los terrenos del fraude poselectoral y por lo tanto se convierte en blanco del repudio mundial y objetivo de la Carta Democrática, cuestión que al parecer tiene sin cuidado a un régimen que con su talante totalitario no asume su responsabilidad empeñado como está en no ser investigado, ni controlado y mucho menos sancionado por muchas de sus actuaciones a lo largo de diecisiete años de arbitrariedades y abusos de poder. No se trata de otra cosa. Aquí no media la retórica de la patria, ni eso que llaman el legado, y mucho menos algo que tenga que ver con la palabra “revolución”. Todo eso, incluido el amor por el comandante, es postizo. Pura y simplemente se trata de desconocer la voluntad popular, entorpecer el funcionamiento normal de la AN, repetir hasta el cansancio los términos del chantaje que desde hace mucho impera en la política venezolana cuando se esgrime que, si queremos paz, lo mejor que puede suceder es que no haya oposición, que no haya disidencia, que nadie mire, ni vea, ni hable para seguir en la nefasta impunidad. Si quieres paz, entonces, sométete.

No es necesario ser un jurista avezado para afirmar que estamos frente a un autogolpe a la Constitución. Haber creado un Poder Legislativo paralelo al de la AN, apropiarse incluso de las instalaciones y los equipos necesarios para su funcionamiento, como lo ha planteado el troglodita mayor y  jefe de esta conspiración, es sencillamente redactar la carta de defunción de la democracia. Y ante semejante panorama, lógico es preguntarse ¿qué hacer? ¿Qué está pensando el liderazgo civil que logró, con la ayuda del desencanto popular, tan importante victoria? ¿Qué puede hacer para vencer semejante abuso de poder? Ante todo fortalecer la unidad y entender que en este caso no parecieran suficientes los argumentos constitucionalistas, ni los recodos legales, que con toda certeza les dan la razón. Ni siquiera la mirada alerta de los demócratas del mundo sobre la tragedia venezolana. Pienso que no siendo nueva esta treta inconstitucional y habiendo pasado ya por experiencias similares, el liderazgo opositor tendrá la respuesta a estas preguntas.

Creo que estamos frente a una decisión tomada por el régimen desde los umbrales del miedo por gentes que tienen mucho que temer. Lo que está frente a nosotros es un desafío que solo puede vencer la firmeza de los principios democráticos de quienes votamos por el cambio y una dirigencia convencida de que solo con el regreso de la democracia podemos salir de una crisis que amenaza con devorarnos a todos. Lo deseable es que las decisiones que tome la mayoría agraviada por un acto que tiene todas las características de un terrorismo de Estado, estén llenas de sabiduría política, sobre todo tomando en cuenta que lo que espera la gente es la solución de sus problemas, de lo contrario la tempestad que se anuncia, que es lo que quiere el régimen para tapar todas sus culpas, podría tomar cuerpo.

La lucha de la insensatez contra el sentido común y las buenas costumbres democráticas siempre producen heridas graves en el tejido social de una nación. La desgracia es que contar muertes no conduce a ninguna parte  y, menos aun, a una solución pacífica y verdadera como la que se necesita para sacar a Venezuela y su gente del hoyo en que las metieron un modelo equivocado, las mentiras, la corrupción y un populismo salvaje y perverso. El juego es más que peligroso y pudiera suceder que todo esto propicie otros escenarios con inesperados desenlaces capaces de traer más penurias a un pueblo que no se las merece. Llegó la hora de la verdad y de la reflexión pero lo peor es que uno de los contrincantes prefiere el juego sucio a un diálogo abierto que pueda traer soluciones no aptas para autócratas, dictadores y tiranos sobre todo cuando se apoyan en una palabreja tan desacreditada como es la palabra revolución.

En la víspera de una noche buena quedan implícitos todos mis buenos y mejores deseos por una Venezuela en vías de resurrección. Habría querido  hablar de concordia y buenos propósitos, de reencuentros y construcción, sin embargo, lamento tener que decir que la incertidumbre está de regreso, la manipulación de la verdad ha ocupado de nuevo su puesto en la mesa pésimamente servida del régimen, al querer imponer la anarquía sobre la ley, sin ni siquiera tomar consciencia de la gravedad de la crisis que tiene inmovilizada, y a punto de caer por un barranco, a la nación entera. Que todo cuanto pensamos y soñamos antes y después del 6-D, el régimen decidió, con su inequívoca conducta de pandillero fascista, no reconocer y echar al cesto de la basura la voluntad popular expresada con una victoria con 2 millones de votos de ventaja. Desde luego que no estamos hablando de una novedad, ni de un descubrimiento de última hora, hablamos sí de la reiteración de una conducta delictiva por parte de un régimen castro-comunista que nunca ha escondido su pretensión de quedarse en el poder para siempre.

Ciertamente, el resultado electoral, lejos de lograr un estado de reflexión en los nuevos oligarcas que manejan el poder, acusaron el golpe y decidieron acelerar el Estado totalitario y convertir la nueva AN en una instancia sin poder. ¿Otra vez se saldrán con la suya? ¿Qué hacer entonces?