• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Un clamor toca a la puerta

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Hay un clamor tocando a la puerta que dice que debemos cambiar de gobierno democráticamente y utilizando los caminos que señala la Constitución. Pienso que si hay una cosa cierta es que así como están las cosas la nación no es viable, la gobernabilidad se va haciendo cada vez más precaria y los planes para el rescate de la nación no se pueden cumplir. Sin una rectificación del régimen que incluya sus monumentales desaciertos, y el error de haber querido imponernos el modelo castro-comunista, es muy poco lo que se pueda hacer. El régimen se ha mostrado tan obtuso y desacertado en la lectura de la realidad y ha tomado un camino que pudiera terminar por sacarlo del juego. Es la ley de la decadencia de quien prometió y no cumplió. Es el destino que ha acompañado siempre a todos los regímenes que, como el nuestro, creyéndose invencibles por la posesión de las armas, han jugado a la prepotencia y a la intolerancia, sin tener en cuenta sus consecuencias. Es, utilizando una frase de Maduro de reciente data, lo que les sucede a “aquellos que ganan con la mentira, con el engaño, con la oferta engañosa, con la estafa”. Como siempre ocurrió en estos diecisiete años. Una y mil veces hicieron promesas, y una y mil veces, incumplieron. Una y mil veces escudaron su inmenso fracaso inventando historias, saboteos, intentos de magnicidio y enemigos internos y externos sin pie ni cabezas, y una y mil veces ese pueblo cansado de sus engaños no les creyó. Una y mil veces jugaron a la prepotencia y la intolerancia, sin entender que la paciencia popular se había agotado, tal y como lo dijo el 6-D con una votación que no dejó asomo de dudas, tal fue la ventaja de más de 2 millones de votos, hecho que habría sido suficiente para que toda la cúpula dirigente del PSUV hubiese puesto sus cargos a las órdenes de su militancia pero, como era de suponer, gente sin ética y con un caradurismo a toda prueba, no iba a hacer. Ahora, movidos por temores y las mismas malas intenciones de siempre, juegan  a no reconocer este nuevo paso que la ciudadanía dio al conquistar una AN con mayoría opositora calificada y a agitar las aguas de la violencia y la confrontación sin importarles las brutales y trágicas consecuencias que ello traería.

Es muy poco o nada lo que podemos esperar de un régimen que tiene alergia a la crítica y a la autocrítica, que no es capaz de sentarse a dialogar con el adversario por no tener argumentos para defender el desastre provocado por sus políticas y por el inmenso temor que les causa una AN que comienza a exigirle al régimen una rendición de cuentas que la complicidad de la anterior asamblea nunca les pidió en diecisiete años. Un régimen autocrático y represivo que actúa como las mafias apoyando su conducta en el miedo y el chantaje de sus métodos. Si algo quedó claro y que este régimen sordo y ciego no ha querido entender es que la voluntad popular manifestada con el voto ha decretado que Venezuela por ninguna razón puede caer de nuevo en manos de autócratas sin escrúpulos como los que nos desgobiernan desde hace diecisiete años en nombre de una fulana revolución que nunca existió.

Esta sensación de apremio por cambiar de gobierno tiene su justificación en que la inmensa mayoría de los venezolanos dejó de creer en un régimen que niega su altísima cuota de responsabilidad en el desastre, que sigue sin entender que las leyes se hacen sobre realidades y nunca sobre fricciones, que no se pueden tomar medidas sin planificarlas, que los controles solo traen corrupción y que no se puede creer en un régimen que, para paliar la crisis que su insensatez provocó, propone un remedio peor que la enfermedad por insistir en los mismos exabruptos. A esto y mucho más habría que añadir que el pueblo no puede borrar de su mente el fanfarroneo con el que este régimen despilfarró la mayor renta petrolera que ha conocido la historia de este país y que es la causa de todos los males que hoy sufrimos los venezolanos.

Las insensateces de la cúpula que tan mal conduce este barco y lo ha llevado a un despeñadero trágico son muchas y han provocado una protesta ya convertida en clamor que nos habla de la necesidad de acudir a todas las fórmulas necesarias que nos señala la Constitución para, democráticamente, léase bien, democráticamente, cambiar a un régimen que sigue actuando con la misma prepotencia, que sigue utilizando el mismo lenguaje de guerra, que lejos de rectificar pretende seguir adelante con el mismo modelo y que al asumir la conducta irresponsable de desconocer la voluntad popular amenaza con convertirse en una dictadura al peor estilo castro-comunista.

Cuando un presidente como el señor Maduro decide desconocer a una Asamblea Nacional elegida por el pueblo con una votación como la del 6-D,  está cometiendo un acto inaceptable propio de un dictador; cuando decide hacerle la guerra a un proyecto de ley que le da el título de propiedad al beneficiario de una vivienda, no hace otra cosa que poner en evidencia a un gobierno que pretende controlar al pueblo y lo chantajea, y le gusta comprar conciencias, a la usanza de las dictaduras; cuando amenaza con no construir más viviendas porque el pueblo no lo apoyó, está reconociendo que el plan lleva como finalidad mantener al beneficiario al margen de la libertad de pensamiento y convertirlo en un ser políticamente castrado. Escucharlo en dúo con el ex presidente de la AN, posiblemente el político con el mayor rechazo a todos los niveles de la población, llamando a una confrontación desde todo punto de vista antidemocrática, acusando a la oposición de no tener ética política en el debate, no solo es una calumniosa insensatez, sino un comportamiento clásico que registran todas las dictaduras. Cuando uno ve a estos personajes que recurren a las típicas formas de agresión fascista, al insulto, a la provocación, a la calumnia, a la burla y banalización de la crisis, está viendo los métodos propios de las dictaduras. Hasta ahora se pudieron mantener con un discurso ambiguo que les permitió burlarse de la Constitución gracias a los precios del petróleo y a una inercia de la oposición que finalmente pareciera ha quedado atrás cuando esta ha entendido que las penurias del pueblo reclaman voluntad de cambio con urgencia, de un régimen que se ha convertido en verdugo y azote de ese espacio de paz llamado Constitución, lo cual es una permanente afrenta a la nación.