• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Una cena memorable

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Tenía previsto y hasta había enviado para esta columna de El Nacional una sugerencia para una cena en el marco de nuestra tradición navideña cuando,  misteriosamente, emergieron de mi archivo sin yo buscarlo unos apuntes viejos que hablaban de cómo un 31 de diciembre de 1955, en la mesa de la casa de mis padres se posó con toda su exuberancia una cena gallega. Sin darle cabida a remordimientos y otras consideraciones, decidí sustituir aquella columna por esta que en mis apuntes aparece con el nombre de “Una cena memorable”. Y es que hay pequeños acontecimientos en la vida de toda persona que se quedan en la memoria  y aparecen en el momento menos  pensado. Historias personales o situaciones en las que uno fue actor principal, actor de reparto o solamente un testigo. Desde luego que nos gustaría contar siempre aquellas que tienen un rango épico, las que nos aproximen a la heroicidad o las relacionadas con grandes personajes o exclusivos momentos de la historia y si es universal, mejor. Pero a mí me ocurre recordar de manera muy especial la de las personas tan comunes como yo, las que están en la vida sin otro propósito que vivirla como dijo Eladia Blaszques, “honrando la vida”,  ya sea este grande o pequeño, esas que pertenecen a  la historia general del ser humano, las mismas que llenan con sus vidas la escena de un mundo cada vez más complicado. Pequeñas historias de otras gentes que en muchos casos nos dejan porque lo tienen, ya en el fondo o en la superficie, la candidez de los  buenos poemas.

Algún maestro nos dijo alguna vez en la escuela que la memoria humana no es otra cosa que la capacidad de nuestro cerebro para guardar, almacenar, codificar, retener y posteriormente recordar datos e informaciones de toda índole. Acepto la definición en este caso circunscrita al afecto y es por eso que mi memoria se esmera en buscar aquellos momentos en que de una u otra manera el ser humano logra más y mejores armonías. Trato de recordar historias sencillas que nos ayuden a entender mejor la vida.

Tengo una particular afición por la gastronomía gallega a partir de dos hechos: haber descubierto la escritura notable de Álvaro Cunqueiro y haber conocido a la señora Manola Iglesias, gallega ella, nacida en Pontevedra, ya fallecida, encargada durante tres años de los fogones de la casa de mis padres, quien nos puso en contacto directo con los sabores de esa cocina tan especial.

Doña Manola era una mujer de genio, pero paciente, que además de haber sido devota de la poesía de Rosalía de Castro cuyos versos solía decir con estricto apego al sufrimiento, logró imponer en nuestra casa y de a poquito los mejores registros de su cocina gallega que ejecutaba con santa fidelidad. Manola, como todo gallego melancólico, solía contar historias sobre su Galicia amada, sus luchas, sus poetas, los chistes amargos sobre los gallegos que ella contaba en momentos de euforia con mucha gracia, pero cuando se iban acercando las fiestas de la Natividad su nostalgia subía no sé cuantos peldaños y sus cuentos se hacían conmovedores. Entonces nos referían cómo en su Galicia natal en tiempos de Navidad la familia se reunía para comer, beber y cantar villancicos y recibir y dar regalos, todo en familia y en el hogar, según ella único sitio en el que se puede estar seguro. Cada año lo contaba con tanto sentimiento que aquella nostalgia suya se apoderaba de la casa de tal manera, que un día mi madre conmovida y a manera de consolación solidaria, le dijo: Entonces Manola, nos harás el favor de prepararnos una cena gallega. Y un día 31 de diciembre del año 1955 Manola sirvió una gran mesa con manjares nunca comidos en fecha tan tradicional, que nunca olvidaré. Lo que más me impresionó fue la variedad de platos servidos, allí había bandejas de camarones, almejas, empanada gallega, pulpo a la gallega, un mero al horno,  una sopera con un cocido gallego montado sobre un caldo limpio de gallina y un bacalao con coliflor y papas al gratén que fue la mayor sensación de la noche. Por supuesto que la mesa concluyó con una rica bizcochada, mazapán y un hermoso turrón con chocolate. Todo aquello acompañado con vinos gallegos de la mejor calidad. Ese día a la amable Manola mi madre la invitó a sentarse a nuestra mesa para comer con nosotros y pudimos mientras íbamos degustando aquellos platos, escuchar muchas historias hasta llegar a la razón de ser de su vida en Venezuela y supimos entonces que todo tenía que ver con la vida española en tiempos de dictadura. Un año después Manola montó su pequeño negocio de bisutería sin dejar de prepararnos cuando, lo requeríamos, sus famosos platos gallegos. Al finalizar aquella cena, para mí memorable, le dimos un aplauso a escena abierta que Manola agradeció con lágrimas y bendiciones. 

Hasta aquí el apunte aparecido en mis archivos que completo diciendo que he traído el recuerdo de aquella opípara, más que cena, degustación de platos gallegos, es para recordarle a mis amables lectores en estos días de tanta escasez, cuando el salario mínimo, si acaso, alcanza  para montar uno de aquellos platos o para comprar un juguete a uno de los hijos, que alguna vez en este país tuvimos abundancia de todo, una moneda muy fuerte y un dólar a 3,30, gracias a que se respetaban las leyes de la economía. Despídase de este año tan pavoso como quienes lo provocaron y tenga fe, mucha fe,  repitiendo no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.