• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Del atropello a la rebelión (I)

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Quienes pensaron que el régimen tenía como único objetivo impedir, a como diese lugar, el revocatorio en 2016, tal como lo exige la voluntad popular, se equivocaron en sus suposiciones, porque  el asunto va más allá y comprende un plan siniestro muy completo, que afecta la libertad de todos los ciudadanos que vivimos en este país, francamente tomado por la desgracia.

Lo actuado con alma de psicópata y villano por Jorge Rodríguez, las señoras del CNE con sus estrategias grotescamente diseñadas a punta de violaciones constitucionales para cambiar a la propia conveniencia las normas vigentes, prolongar el revocatorio hasta hacerlo inservible, herir el alma de la democracia y los demócratas, faltarle el respeto a la Constitución, con el concurso vil de los colectivos violentos para reprimir y agredir a la oposición venezolana, dirigidos, válgame Dios, por un general y altos oficiales de la FAN, con la asesoría permanente del régimen cubano, forman parte del escenario represivo instrumentado por la experta represión del régimen desde mucho antes del dictamen popular del 6-D, fecha verdaderamente maldecida una y mil veces por el régimen.

No les bastó el rascacielos de violaciones constitucionales inventadas a lo largo de estos meses contra las 1.900.000 firmas recogidas para exigir el revocatorio, no fueron suficientes las 600.000 firmas obscenamente invalidadas, tampoco alargar los tiempos para llevarlo al más nunca del más allá; ahora, para enfrentar a la multitud que el 6-D decretó la caída moral del régimen, inventaron una famosa planilla de arrepentimiento que no es otra cosa que una diabólica versión de la famosa lista Tascón, destinada sobre todo a chantajear a aquellos militantes arrepentidos. 

Desafortunadamente, hay muchos guiones y escenarios puestos ya en marcha que tienen el sello inequívoco de aquella perversidad política del estalinismo soviético, fusionado esta vez con la represión a la cubana, en la que intervienen el chantaje y la amenaza como factores previos a los métodos de sumisión más conocidos. Allí están en plena acción las famosas OLP que no son otra cosa que cuerpos de seguridad ideologizados y armadas con sello de impunidad, dedicadas exclusivamente a la tarea de amedrentar a la población, llevándose por delante todo aquello que esté fuera de las directrices  del régimen, así se trate de antiguos aliados. 

Al lado de este plan tan siniestramente concebido, soltaron los llamados CLAP, proyecto ineficiente que, además, se torna en criminal, si es manejado con alevosía y premeditación por los comandos que el partido de gobierno ha designado con fines exclusivamente políticos, tal como lo explica Aristóbulo Istúriz al decir: “Es un proceso de socialización de la conciencia del pueblo”, o como lo dice Cabello: “A los vendepatria ni agua”, o como ha dicho Bernal: “Lo montamos para que no nos tumben”, hecho que alcanza unos niveles de inmoralidad sin precedentes en nuestro país. O como lo dice Florencio Porras, ex gobernador de Mérida, hombre hasta hace poco del régimen, quien dijo al conocer de la activación de un plan tan diabólico como ese, “que jugar con el hambre del pueblo es algo supremamente indignante”.

Este nuevo acto de insensatez en un país que padece por culpa exclusiva del régimen una emergencia humanitaria, en el que el régimen prohíbe sin remordimiento recibir la ayuda que otros países han ofrecido, en el que la bayoneta acusadora, el gas del malo y el puño vil de los esbirros y fanáticos miran con furia las protestas ciudadanas por la falta de seguridad, comida, medicinas, comportamientos, constituye un expediente más contra un régimen acusado por violaciones de los derechos humanos. 

Mucho se habla de estallido social, hecho que está sucediendo a escala regional en muchas partes del país sin que los métodos hasta ahora empleados hayan podido controlarlos, y la razón es muy sencilla: Con el pueblo no se juega y mucho menos con su hambre. Si el Caracazo, deliberadamente provocado para herir de muerte a la democracia en tiempos en los que la escasez no existía, fue un hecho que marcó un antes y un después en la historia menuda de Venezuela, esa misma acción, esta vez espontánea, hoy cuando el hambre acosa sin piedad, repetida en cada ciudad de Venezuela, como está sucediendo, puede ser el antes y después de este régimen, así tengan ya redactado un decreto bajo el nombre de estado de excepción y de conmoción, con el que pretenden frenar cualquier acción opositora, por más constitucional que sea. Los abusos de poder han sido demasiados y han golpeado, sin remordimiento alguno, la parte más sensible de un pueblo cada día más insatisfecho y más consciente del engaño, lo cual lo está llevando no solo a un estallido social con sus terribles consecuencias, sino a un estado de rebeldía en el que al instinto de la supervivencia se une una plena conciencia de las ideas. Una cosa es saquear por hambre y otra luchar contra todo aquello que la originó. Por eso no creo que estén muy equivocados quienes piensan, siguiendo la lógica milenaria de la política, que quien mucho atropella desde el poder, termina creando las condiciones necesarias para la rebelión popular. Contra esta máxima no pudo ni siquiera la Revolución francesa, esa que marcó un antes y un después en la historia de muchos pueblos. Como decía Jefferson: “La rebelión nunca le ha hecho daño a los pueblos, todo lo contrario”, máxima que me gusta recordar con aquella de Albert Camus cuando escribió: “Un hombre rebelde es uno que dice NO”, y eso es lo que se escucha en todos los caminos de Venezuela.