• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Rodríguez Zapatero, es con usted

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No sé si se ha dado cuenta que cada vez que usted manifiesta su desdén por el revocatorio que más del 80% de venezolanos queremos este mismo año, su figura como intermediario del diálogo se aproxima a la de persona non grata; no sé si usted  ha sopesado los estragos de una crisis que está pidiendo a gritos soluciones inmediatas que no se armonizan con las que puedan surgir a lo largo de un proceso de diálogo que usted mismo ha calificado de largo y difícil; tampoco sé si su anticlericalismo sumado al de los otros nombres propuesto por la Unasur, Samper incluido desde luego, le impiden poner su atención en un documento  sabio y oportuno,   generado y dado a conocer con una carga de valentía admirable, que tiene una magnífica virtud y es que también el 80% de venezolanos creemos en es documento.

Déjeme decirle que creo en el diálogo como forma de entendimiento, creo en su eficacia en la medida de la honestidad con la que se le invoque y creo también en que para que pueda arrojar buenos resultados,  debe partir de realidades perfectamente comprobables, sobre todo en estados de crisis graves como las que nos afectan. Por eso celebro lo oportuno que resulta en este momento, la exhortación llena de claridad,    sabiduría,  contundencia, buena fe y búsqueda de una paz posible y perdurable de nuestro episcopado,  porque constituyen un material muy útil a la hora de reflexionar sobre nuestros problemas al estar sustentado por verdades absolutamente incuestionables que todos padecemos a diario en todos los niveles sociales, con la misma dramática y a veces trágica intensidad y que,   lamentablemente,  el régimen no quiere ver y menos aun reconocer. 

Le recomiendo leerlo sin prejuicios, porque la llamada  ruta de los obispos nos recuerda que la crisis en la que estamos  sumergidos,  nos asfixia. Que  estamos al borde de una crisis humanitaria cuyas consecuencias son impredecibles, que la escasez de alimentos y medicinas está despertando nuestros peores instintos,   que en nuestra vida de todos los días crecen la inseguridad, la impunidad y la represión a manos de militares y de colectivos armados, que el discurso del régimen ha llegado a unos niveles de agresividad que ya nadie soporta, que la prédica constante de odio, la criminalización y castigo a toda disidencia afectan a la familia y a las relaciones sociales, que  “frente a esta situación, con un discurso cada vez más belicista, el acrecentamiento del poder militar es una amenaza a la tranquilidad y a la paz”, cosas que unidas a  la delincuencia y  la impunidad,  hermanadas  en el proceso de destrucción que padecemos, forman parte de un sistema de hostigamiento activo,  típico de  regímenes autocráticos y totalitarios.

También nos recuerdan nuestros obispos, que con sus tiros, el régimen, quiere matar la democracia, que el estado de derecho fue encarcelado, que  vivimos  ¿o morimos? bajo el  arbitrio de una autoridad que todo lo censura,  cuyos procedimientos se hacen cada día más inaceptables  y que encerrado en intereses muy opuestos al bien común y la justicia social, el régimen dividió el país entre los que están conmigo y los que están contra mí, lo cual lleva a la conclusión lógica que sin reconocer la existencia y la igualdad del otro, no es posible un  diálogo. 

Es imposible que estando en Venezuela usted no haya escuchado las amenazas criminales que los más radicales miembros del clan oficial disparan al aire no solo contra el revocatorio, sino contra el diálogo mismo. Ciertamente ¿no le parece que  son atroces y los descalifican? 

Estoy de acuerdo con los obispos cuando dicen que  “la crisis moral es mayor que la crisis económica y política”, que desconocer  la autoridad legítima de la Asamblea Nacional, es desconocer la voluntad soberana expresada en el voto popular, que  la división y  autonomía entre los Poderes es un principio democrático irrenunciable, que la indefensión ciudadana es una víctima directa de la impunidad, que la violencia nunca ha sido un camino, y que la raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, populista pero empobrecedor, rentista y centralizador,  que el Gobierno se empeña en mantener y que es inadmisible la existencia de presos políticos y peor aun que estos vayan como van, en aumento.

Las exhortaciones del episcopado,  deberían servir  como guía de ese diálogo,  si es que estamos hablando con sinceridad de un diálogo para hacerle frente a esta aberración histórica que estamos viviendo. Se trata de dialogar para reconciliar y reconstruir el país,  de lo contrario estaremos ante una maniobra más del ingenio tramposo,   ya agotado,  de un régimen que se niega a entender que hay una conciencia democrática en Venezuela que les está diciendo, ¡ya basta!

Ya que se nos quiere imponer el tema,  es menester que,  tanto el régimen, como quiénes integrarán la llamada mesa de diálogo y especialmente quienes tengan la responsabilidad de conducirlo,  no solo reconozcan la existencia de la crisis, si no   las verdaderas razones de las mismas tan brillantemente expuestas por nuestro episcopado.  De no ser así,  el diálogo no pasaría de ser, lo que muchos y con bastante razón han calificado como  un instrumento puesto en la mesa para distraer y retardar un  revocatorio que más del ochenta por ciento de los venezolanos, estamos exigiendo.