• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Pueblo unido jamás será vencido

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Lo que más asusta a un régimen autoritario, de filiación comunista como el que aquí tenemos, es que las rutas del pueblo y la oposición se vayan pareciendo cada vez más, y eso, aun cuando muchos que se dicen de oposición no quieran verlo, viene ocurriendo en nuestro país, tanto por una ley natural que nos dice que todo río busca su cauce y toda sociedad su mejor convivencia, como por el trabajo que viene realizando la oposición organizada desde la AN legislando con acierto sobre materias que al pueblo interesan y sobre las cuales el régimen miente de manera continua, estrategia que, entre otras cosas, ayuda a descubrir cada día, no solo la naturaleza dictatorial del régimen castrocomunista, sino la dimensión de la catástrofe nacional.

Esas rutas que definitivamente marcan caminos hacia la democracia liberadora estuvieron muy cerca en la elección que le dieron a Maduro una victoria más que dudosa, parecieron ser más que idénticas en las parlamentarias del 6-D y se repitió ahora cuando el régimen, lleno de temor por la marcha anunciada por la oposición, ordenó al CNE entregar las planillas del revocatorio pretendiendo con ello enfriar el entusiasmo acumulado para la marcha. Vana ilusión de quien no quiere ver, porque el resultado de la maniobra no pudo ser peor al explotarle en la cara la fiesta de la firma por el revocatorio teniendo como gran protagonista la voluntad de un pueblo que decidió no calarse más los despropósitos del régimen. Así de sencillo.

No estamos ante un ejercicio de ficción si decimos que están llegando a su fin los discursos, aseveraciones, intervenciones, decisiones de todos los que conforman la cúpula temerosa de esto que llaman la cúpula cívico-militar que nos desgobierna; que ya lo que digan y aleguen gente como Maduro, Cabello, Padrino, Motta, Arias, Vielma Mora, El Aissami, Jaua, Rodríguez, y el propio Aristóbulo, a pesar de tener este juego propio, perdió toda credibilidad, que cada vez que hablan, lejos de tranquilizar, agitan más a la audiencia contribuyendo al rechazo que el pueblo les profesa. Nadie puede negar que cada vez que hablan se delatan como lo que son: incompetentes, mentirosos, arbitrarios y partidarios del caos, empeñados cada uno de ellos en cavar su propia impopularidad.

Lo mismo ocurre con los abusos del TSJ y del CNE y con ese lenguaje lleno de improperios de la bancada oficialista, cada vez que los diputados de oposición desnudan lo que han dejado diecisiete años de ensañamientos y alevosías contra una sociedad de alma democrática, que lo único que ha pedido para salir del desastre, es rectificación y diálogo.

Ya el discurso populista, adulador, lleno de promesas, se ha ido llenando de amenazas puntuales y de represión sin disimulo que cargan más el aire de desesperanza. De aquí en adelante el régimen en su obsesión por mantener el poder, energúmeno como es, recurrirá a la ilegalidad de sus acciones, a la violencia verbal y física contra todo un pueblo que dejó el miedo atrás por haber perdido todo cuanto esta insensatez que desgobierna le quitó en bienestar, pero sobre todo en dignidad y respeto.

Quisiera creer que el rechazo hacia este régimen que comienza a rugir como un volcán no se detendrá, que su amenaza de explosión seguirá viva mientras la rectificación no aparezca y se haga más evidente la represión. Quisiera creer tantas cosas que podrían ayudar a un cambio pacífico hacia la democracia, pero soy consciente de que esta lucha no está llegando a su fin como muchos suponen. Todo lo contrario, recrudecerá y se hará más peligrosa en la medida en que como respuesta a la presión popular el régimen se sienta acorralado y abandone el disimulo y como respuesta natural la dignidad de la gente siga presente con su rabia a cuestas y no la detengan ni las amenazas, ni la represión, ni el chantaje de un régimen que no quiere entender que sus propios errores lo trajeron a esta agitación que amenaza ser su final.

Más allá de la lucha intestina por el poder que se lleva adelante en la cúpula misma del régimen, está claro que el discurso se agotó, como han comenzado a agotarse también los abusos del TSJ y del CNE tratando de hacer trizas la voluntad popular expresada con claridad meridiana el 6-D, así como se agota y derrumba ese lenguaje lleno de improperios de la bancada oficialista, cada vez que los diputados de oposición desnudan lo que han dejado diecisiete años de ensañamientos y alevosías contra una sociedad de alma democrática, que no las merecía.

Es necesario advertir, ahora que el régimen siente en el cuello de manera irreversible el repudio popular, que la oposición toda, tanto la que hace vida en la MUD como la que no, ahora más que nunca, tiene que afinar las brújulas y entender que la AN y la MUD tienen tareas distintas pero complementarias, mientras una legisla a favor de la gente, la otra tiene la responsabilidad de interpretar y conducir a buen destino el descontento popular. La tarea no es fácil y exige una unidad de propósito y acción cónsona con el único camino que puede salvar a Venezuela como es un gobierno de unidad nacional, capaz de impedir un luctuoso derramamiento de sangre, revertir todos los despropósitos acumulados en estos diecisiete años y de paso acabar con esa vorágine que desencadena la desesperanza cuando el liderazgo hace sentir los extravíos del fraccionamiento y las ambiciones personales. Estamos, pues, en el ojo mismo de una tormenta indeseada e imperfecta y solo nos queda navegar con pulso y los ojos bien abiertos. Ya todas las encuestas lo dicen, el 83% de los venezolanos quiere un cambio de gobierno ya, y por esa razón, ahora más que nunca, la vieja consigna “pueblo unido nunca será vencido” tiene vigencia plena y hasta puede provocar que el régimen tenga un arranque de sensatez que lo lleve a rectificar, a pedir perdón por los daños causados, renunciar a su pretensión de eternizarse en el poder y hasta permitir un nuevo torneo electoral, aun a sabiendas de que será derrotado. Claro, esto último no pasa de ser un deseo de quienes queremos evitar trágicos baños de sangre y que, de una vez por todas, se instale en Venezuela la sensatez.