• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

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Francisco Salazar Martínez

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Francisco Salazar Martínez se nos fue. La noticia, totalmente inesperada, golpea los sentidos de todos quienes tuvimos el privilegio de su amistad. Tengo como parte de mi patrimonio personal la amistad de hombres y mujeres que han hecho de su vida ciudadana un ideario interminable y profundo para entendernos mejor, para conocernos mejor y, por esa ruta, ayudarnos a rescatar la mejor memoria de un país. Gente que ha dedicado largas horas de sus respectivas y maravillosas existencias a observar, a meditar y a proyectar el pensamiento vivo de una nación.

Podría citar a decenas de hombres y mujeres que han conmovido mi pasión por Venezuela; sin embargo, me voy a detener en uno que con su acuciosidad, su reciedumbre, su fe en los ideales de una democracia siempre perfectible, y su persistencia crítica sobre asuntos y personajes hizo de nuestro país la razón fundamental de sus desvelos. Estoy refiriéndome a Francisco Salazar Martínez, poeta por los cuatro costados, indagador de nuestras maneras y saberes, acucioso lector de lo escrito y de lo no escrito, retratista de los momentos más emblemáticos de nuestra historia humana sin otro lente que no fuera su intuición de poeta puesta al servicio de su vocación latinoamericana.

Tuve la inmensa fortuna de ser su amigo desde hace varias décadas, de haber compartido largas tertulias sobre nuestro acontecer, de haber mantenido en el tiempo y el espacio las mismas inquietudes sobre nuestro devenir como nación, de haber recorrido el amplio y claro camino de la amistad unidos por el mismo sueño de una Venezuela rica en pensamiento, palabra y obra de gran aliento para nosotros mismos y para el mundo. Juntos celebramos aquello que se podía celebrar y lamentamos también todo cuanto había que lamentar. Y fue por esos caminos que Francisco hizo de la palabra la herramienta para decir y cantar todos sus sueños para un país tantas veces maltratado por la ignominia. Fueron más de cuarenta años muy densos de cercanía y amistad en los que, puedo dar fe, Salazar Martínez no dejó de ser un solo instante, el amigo que siempre fue, y el luchador aguerrido en defensa de sus principios y valores, convocando siempre con su palabra y con su ejemplo, a las nuevas generaciones a realizar un recorrido por el alma fantástica de esta tierra de gracia.

Muchas veces sus amigos nos preguntamos de dónde sacaba Salazar Martínez esa energía vital que lo llevó a explorar siempre con éxito los caminos a veces tortuosos de la poesía, a escalar los caminos del humorismo, a insertarse con fuerza en los predios del ensayo y en mantener al rojo vivo uno de sus ejercicios vitales más notables, como es adentrarse en los senderos de la tertulia creativa, esa con la que durante años ha dictado cátedra de sabiduría y buen esparcimiento, capaz siempre de convertir nuestro ánimo, a veces maltratado por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, en una fiesta. Puedo asegurar que una tertulia cotidiana con Pancho Salazar Martínez sirvió siempre para gozar y aprender, para sacudirse las pesadillas cotidianas, para hacer magníficas escalas en el buen humor, conocer las dimensiones de la buena mordacidad, espantar los malos espíritus y darnos las fuerzas necesarias para seguir en la lucha.

Pudiera llenar cuartillas enteras con anécdotas de Francisco y tengo la seguridad de que no se cansaría el lector de leer episodios que revelan el humor, la sabiduría, el goce de un poeta en el ejercicio pleno de sus circunstancias. Clásica su figura en una barra con papel y lápiz en la mano, siempre en movimiento y con los ojos y los oídos a la caza del más mínimo detalle para plasmarlo ya en verso, ya en prosa, ya como apunte para trabajos futuros. Si alguien podía dar lecciones y hablar de cómo aprovechar las horas de ocio para convertirlas en creatividad verdadera, esa capaz de llenar espacios y abrir caminos a la esperanza, fue y seguirá siendo con todo lo que nos dejó, es este amigo a quien siempre me referiré con el fervor que despierta la verdadera amistad. Se nos fue Pancho, ya no podremos sentarnos con él y compartir un refrescante vino de verano mientras su agudo ingenio atraviesa los muros de la desgracia nacional con ese canto hondo suyo tal como lo dijera Vicente Alexandre en una carta suya al poeta a propósito de sus décimas “Tensas y rasgueantes, resaltan inconfundibles. Ha troquelado usted en ese molde una poesía suya que resulta así perfectamente caracterizada. Hay canto hondo en esas estrofas, en esas cuerdas”

Su ejercicio vital que fue la escritura, nos ha dejado páginas memorables que van desde sus Historias de Bolsillo, muchas de ellas recogidas en un libro fundamental para descifrar “misterios” en la conducta venezolana como es Tiempo de Compadres, editado por Piñango en 1972, del cual dijo Pascual Venegas Filardo “es una nueva manera de contar la historia” pasando por los poemas humorísticos que bajo el pseudónimo de Florentino publicó por largos años en El Nacional , concretándolo todo en su antología Poesía Esencia, que  quien esto escribe tuvo el honor de presentar, en la casa de la cultura que lleva el nombre de otro insigne venezolano como lo fue el maestro Ramón Vásquez Brito.

Como hecho curioso debo referir que Salazar Martínez murió en plena conciencia y que su última exhalación le sobrevino mientras hablando de poesía con la médico intensivista, se quejaba de las luces que le recordaban los reflectores que en la SN le encendían para torturar su vista. Con Pancho en la memoria siempre.