• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

Al instante

Conductas indecentes

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Nadie puede negar que la Venezuela de hoy está desfigurada, que es imposible reconocerla en la magnitud de su inseguridad, en su empobrecimiento, en la desintegración de su moneda, en la agonía de su democracia, en el acoso incesante a la sociedad civil y su aparato productivo, en su cada vez mayor dependencia, en la precaria libertad de sus ciudadanos, en la pérdida de su soberanía y en la explosión de conductas que han creado en el seno de su sociedad una muy grave crisis moral.

Todo y cosas tan o más graves aún, como el crecimiento desproporcionado de la delincuencia en toda sus formas y estratos que han llevado incluso a pensar en la existencia de un narcoestado, son parte de un proceso de destrucción amparado por una impunidad institucionalizada que se fue gestando como se gestan los grandes males cuyos síntomas pasan desapercibidos por quienes han tenido la obligación de combatirla, culpa de la que no están exentas instituciones tanto públicas como privadas, incluida la lasitud de los partidos políticos que apoyan al régimen que oportunistamente avalaron siempre el discurso de la antipolítica y se metieron en la colcha de un militarismo con discurso mesiánico que hizo de la destrucción un propósito sin encontrar obstáculos.

Muchos piensan que todo ese pasado debe olvidarse, que es necesario enfocarse en el futuro y en las vías para recuperar el tiempo perdido; sin embargo, no puede haber recuperación, y las reincidencias en los errores estará siempre a la vuelta de la esquina, si no vemos con detenimiento la historia y sobre todo la más reciente.

Sucedió en la mal llamada cuarta república cuando las militancias de los partidos dejaron a un lado la conciencia crítica y el descontento ante los errores de la dirigencia no se hizo presente, cuando en silencio se sometieron al juego del péndulo y olvidaron las razones de fondo que los llevaron a ser parte militante de movimientos políticos y sociales que entre otras muchas cosas prometieron una mejor y más eficiente democracia, conducta que sin duda abonó el camino para que entraran en juego el discurso de la antipolítica y apareciera en esa escena del todo contaminada, el fantasma del militarismo mesiánico que en nuestra historia aparece cada vez que la insensatez deja las puertas abiertas, solo que en esta oportunidad llegó vestido de revolución con disfraz de democracia y con todas las herramientas de un populismo cada vez más irresponsable, hasta convertirse en un gobierno absolutamente inviable por su incompetencia, sus políticas destructivas, su corrupción, sus abusos de poder y su permanente mala fe, que solo le queda el camino de convertirse en una dictadura para tratar de sobrevivir en el poder.

Tratar de imponer un régimen estalinista contra la voluntad de un pueblo que quiere democracia, mediante el abuso de poder, cuando se tienen las armas, se controlan los medios de comunicación, se tiene bajo vigilancia policial a toda la ciudadanía y se utiliza el sistema de justicia para satanizar la disidencia es una conducta indecente, propia de todos los regímenes con vocación totalitaria. Para ello solo les basta, como lo hacen a diario y en nuestro caso en nombre de una revolución que nunca existió, tejer un cerco hostil a la disidencia, clasificarla según los criterios y conveniencias policiales del régimen, dividirlas en grupos que irán siendo anulados con todos los métodos imaginables, control y censura de los medios, si posible hasta su exterminio, represión, inhabilitaciones, ilegalización de partidos políticos, juicios y persecuciones con expedientes falsos, y otros métodos más crueles, hasta dejar el territorio libre de contrarrevolucionarios, golpistas, traidores a la patria y todas esas denominaciones que el régimen difunde en cadena todos los días.

El asunto se pone peor cuando la militancia de un partido empeñado en controlarlo todo desde el poder sin importar el método lo aprueba o, sencillamente por temor, calla.

Inscribirse en un partido político, como toda acción humana voluntaria, implica discernimiento y por eso es bueno que las militancias entiendan que las conductas indecentes de la dirigencia de un partido la involucran, que las responsabilidades que de sus acciones se deriven no son de la exclusividad de la dirigencia, y que también responsabilizan de lleno a la militancia cuando estas deciden aceptar directrices que implican violaciones de derechos humanos y otros delitos, sin hacer objeciones.

Dicho esto, es perfectamente comprensible que haya dentro de los partidos que apoyan el régimen, más de un militante en aprietos con sus conciencias cuando guardan silencio ante las aberraciones dictatoriales que, resumiendo, están en una violación permanente de la Constitución, de los derechos humanos, en los abusos de poder, en la sevicia continuada contra los presos políticos, en la actuación de los radicales para que se desate la violencia, en el uso inmoral de los medios de comunicación, en una represión cada día mayor, en la pronunciación de una altisonancia mentirosa, y a un negarse a buscar soluciones a los problemas que hoy castigan sin misericordia a los venezolanos todos, sin excepción, sencillamente porque el libreto castro-comunista no se lo permite.

Aceptar el juego criminal de la impunidad, la ejecución malintencionada de programas como los Claps, hacerse la vista gorda con las desviaciones en ocasiones criminales de las OLP, aceptar y aplaudir el lenguaje insultante y la amenaza contra toda disidencia, permanecer mudos ante los abusos de poder y ni siquiera pedir explicaciones sobre los innumerables actos de corrupción denunciados por la AN, no habla precisamente de una militancia digna y ejemplar por su buen discernimiento, todo lo contrario. Nos habla de sumisión, entreguismo, ausencia de coraje y de conciencia crítica, de cobardía, de abyección. Eso fueron los militantes del nazismo, del estalinismo, del fascismo, y en eso se puede convertir todo militante que, no estando de acuerdo con líneas y conductas políticas extremadamente inmorales de un determinado partido, no manifieste su desacuerdo públicamente.

Hasta ahora no hemos visto, por ejemplo, en las filas de los partidos que apoyan al régimen, ya sea en su militancia, su dirigencia actual, sus cuadros medios, en sus bases, y en su militancia las manifestaciones de una verdadera conciencia revolucionaria que haya reclamado la masacre de Barlovento, los asesinatos en los barrios de Caracas, el Tuy y muchas otras barriadas distribuidas a lo largo del país, todas atribuidas a enfrentamiento entre pandillas, el uso político discriminatorio en la distribución de las bolsas de comida a través de los Claps, el empobrecimiento de la nación, el chantaje o la amenaza de la guerra civil, el silencio sobre el desfalco de Pdvsa, sobre la corrupción generalizada, sobre las sospechas de un narcotráfico que implica a altas esferas en el poder, el incesante y cada vez más virulento acoso a la disidencia y pare usted de contar porque de lo contrario las conductas denunciables no cabrían en una página completa del periódico.

Nuestro diario acontecer está lleno de conductas indecentes en su inmensa mayoría procedentes de un régimen que nunca conoció la ética, y que en vez de gobernar, desgobierna. Son hechos que marcan la degradación de una sociedad que de no ser enfrentadas frontalmente pasarán una factura tan alta que solo podrá ser pagada, si acaso, con el esfuerzo de varias generaciones.

Es de lamentar que aquella promesa hecha hace ya veinte años de elevar al pueblo de Bolívar a la categoría de un "pueblo protagónico y dueño de su destino", la  hayan reducido a la de un pueblo sumiso que solo sirve para ponerle una camisa roja y salir a la calle a gritar las consignas de un régimen que lo desprecia.