• Caracas (Venezuela)

Rubén Osorio Canales

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Rubén Osorio Canales

Alberto Soria

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Quien come bien, bebe bien; quien bien bebe, concededme,

es forzoso que bien duerme; quien duerme no peca, y quien

no peca es caso notorio que, si bautizado está,

a gozar del cielo va sin tocar el purgatorio,

esto arguye perfección; luego, según los efectos,

si son santos los perfectos los que comen bien, lo son.

(Aforismo cuya paternidad se atribuyen muchos autores)

 

Hace ya algunos años me invitaron a participar en un conversatorio para tratar el tema del sibarita. Confieso que desde el momento en que por primera vez escuché esa voz, tuve la inquietud de saber qué es, cómo es y que hace un sibarita. Confieso también que pasé años en esa tarea, en los que además de cotejar definiciones, estudiar perfiles de personajes, revisar la mitología y en particular la historia de Alkioneus y Euribatos, y hasta aventurarme a escribir muchas páginas sobre el tema, no conseguí un modelo real en el que pudiera identificarlo, hasta que un día me encontré y conocí a Alberto Soria. Fue en el Mesón de Andrés Rodríguez, un restaurador con clase y buen amigo, donde por primera vez tuve el inmenso placer de conversar con un maestro del buen vivir, alguien que sabe con exactitud cuándo y cómo llegarle a la intimidad de un vino, cómo y cuándo no pecar a la hora de recurrir a un escocés para calmar la sed y cómo tomar mejor las rutas del cordero, de un buen pescado,  de una carne de ternera e incluso de una olla podrida. Lo mejor es que todo lo hace con convicción, naturalidad y sin petulancia, actitudes propias de un verdadero sibarita, como debe ser. 

Conversar con Alberto Soria es una manera de obtener la radiografía de un sibarita sin desperdicio alguno. Desde el momento mismo de estrechar su mano, intercambiar saludos y abrir una conversación usted estará en presencia de un gran observador, alguien que sabe moverse en cualquier espacio, que al pedir un aperitivo le está mostrando un camino directo hacia el placer, que al pedir la comanda sabe con exactitud lo que el paladar le exige, que al dirigirse al encargado de tomarla puntualiza la dignidad del oficio que este desempeña, y que en cada uno de los movimientos sucesivos nos hace descubrir el valor que tiene andar muy cerca de aquella fisiología del gusto que ocupó los desvelos de Brillat Savarin, alguien que además conoce los secretos de esa disciplina ya convertida en ciencia que llamamos enología y ha sabido actualizar las maneras y estilo de las mesas desde las viejas dinastías chinas hasta las recomendaciones de Grimod de la Renyere  y otros apuntes más recientes de la literatura del buen vivir.

Los viejos patrones que había asimilado para llegar a la esencia del sibarita, que consistían, según la teoría de Alejandro Maglione, quien puntualizaba en este orden, que un verdadero sibarita no debe tener preocupación alguna por su figura, debe valorar los conocimientos de gastronomía, debe conocer los secretos de la enología y con ellos, por supuesto, los de la alimentación, o sea, la comida nuestra de cada día, hecha principalmente con la sabiduría del fuego lento, para mí cambiaron cuando advertí que a todos los señalados Alberto Soria añadía uno, para mí el más valioso, que es el placer que siente  al enseñar tanta ciencia aprendida.

Ir a una cata ejecutada por Soria es entrar en los linderos del humanismo más expedito y, si se quiere, en aquel hedonismo filosófico que Michel Onfray, filósofo francés creador entre otras cosas de la Universidad Popular del Gusto,  resumía diciendo que “se trata de ser, en vez de tener, que no pasa por el dinero pero sí por una modificación del comportamiento que lo lleve a lograr una presencia real en el mundo y a disfrutar jubilosamente de la existencia:  oler mejor, gustar y escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y nunca como adversarios”.

Si hablar con Soria es una manera de entrar en el mundo encantado de una verdadera conversación, leer sus artículos, sus libros es otra manera de aprender y descubrir que si hay algo importante en la vida es la convivencia, que no hay cosa, por pequeña que sea, que no tenga su valor, y que la mejor brújula para conducir nuestras vidas es el sentido común, todo ello dicho y escrito con lenguaje sutil en muchos casos no distante de aquella misteriosa ironía de la que nos habló Salvatore Quasimodo, en un poema dedicado a su madre. Ironía misteriosa porque está muy lejos de la intención de agredir. Paséese por Bitácora para sibaritas, Permiso para pecar, Con los codos en la mesa, por cualquiera de sus libros y artículos, vaya a sus conferencias y catas y sentirá el placer inmenso de ver, leer, escuchar, un lenguaje tan claro como el agua clara, capaz de descubrir el más recóndito misterio de una mesa y de todo cuanto la viste y la rodea, incluyendo los temas de conversación. Es sencillamente un ejercicio de lectura que nos acerca al placer con pasos muy ciertos.

Lo leo siempre, siempre le agradecí su deferencia y las palabras que dedicó al primer volumen de mis memorias del fogón, dedicado a los platos caseros de Venezuela. Tengo tiempo que no lo veo, y siento que me hacen falta sus amables tertulias sobre temas tan cotidianos como indispensables de la vida, como comer bien, beber bien y, sobre todo, pensar mejor.