• Caracas (Venezuela)

Ronald Nava García

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Ronald Nava García

Sísifo era un convencido

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Ya les digo que las líneas de hoy estarán dedicadas a tratar de responder algunas preguntas, dudas y opiniones de un lector que así como no está interesado en que su identidad sea conocida, sí lo está en saber hasta dónde y en lo más íntimo nos preocupan los errores y fallas que regularmente presenta el periódico.

Cree el lector que desde aquí hemos sido parcos a la hora de tratar el tema de la libertad de expresión y las presiones oficiales sobre el diario. No compartimos esa opinión, porque en múltiples oportunidades, tantas como cuantas el tema se asoma, hemos fijado posición sobre ello. Incluso, esta conducta se ha traducido en ácidas críticas y ataques personales en medios oficialistas porque ven en ello parcialización y subjetividad.

Como Defensor de los Lectores, desde el primer día, hemos atendido a nuestra conciencia y a la ética que ello implica, que ese es el todo. No hemos recibido, nunca, presiones de la cabeza editorial para forzar un comportamiento, que es algo que debe saberse. Lo que hemos hecho, validos de nuestra convicción moral y profesional, es valorar la esencia editorial de que el diario debe estar al servicio de la defensa de la democracia y de la libertad de expresarse.

Sobre los errores de bulto en textos y títulos, tanto gramaticales como los que comprometen la veracidad, claridad y exactitud, cree el lector que tanta presencia pareciera indicar que el diario ha bajado los brazos -“tirado la toalla”, preciso-. Piensa uno que el diarismo es imperfección y que lamentablemente siempre habrá errores, que no es justificación, por cierto. Sabe uno cuanta preocupación hay envuelta en ello, especialmente en ciertos jefes. Y también puede uno dar fe de los esfuerzos para lograr una mejor edición y titulación.

Sin embargo no puede obviarse el poco uso del Manual de estilo por parte del personal periodístico, y también percibe uno alguna actitud de poco compromiso en ciertos niveles de jefatura y coordinación a la hora de sentarse, textualmente, digo, con los reporteros, redactores y pasantes para revisar juntos las fallas y evitar sus iteraciones.

Tanto o más preocupantes que los errores gordos son aquellos que se cuelan calladitos en los textos y desgracian el nivel del lenguaje que debería tener el diario. Entran allí fallas en los usos de preposiciones, adverbios, concordancias y muy particularmente pelones en significados propios, como los que se presentan en el uso de “entrar” e “ingresar”, o “poner” y “colocar”, para usar dos  ejemplos casi diarios. Son esos los que convierten lo que debería ser un café expreso en un guayoyo.

En cuanto al sentimiento personal, íntimo, como lo pide el lector, debe uno decir que desde un principio sabía uno que la materia prima del trabajo era el error y la queja. No olvidaremos nunca esa figura del mito de Sísifo que  empuja la piedra camino arriba solo para que ruede camino abajo, y vuelta a empezar. Así fue asumido desde el comienzo y así seguimos, con la preocupación adicional de una intimidad, una querencia y un respeto que ya dura 38 años, casi los mismos que tenemos en el oficio. O así.