• Caracas (Venezuela)

Rolando Hanglin

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Rolando Hanglin

Papis progres

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Un nuevo azote ha caído sobre los padres de familia. Ahora deben realizar difíciles tareas para sus hijitos de 3 y 4 años, que van al jardín de infantes. Por ejemplo, una mamá de 37 años, que se desempeña diariamente como abogada en un estudio prestigioso, debe levantarse a las 4 de la mañana y dedicar largas horas a la confección de títeres. Sí, estamos hablando de la fabricación a mano de muñecos animados, mediante calabazas, mangas de tela, papel maché y tinturas de colores. Una vez realizados los muñecos, la abogada debe sentarse a la computadora y escribir un libreto de su propia invención.

Títulos posibles: "El ogro rompococo y la gallina Catalina" o "Tres payasos en la selva del Amazonas". Luego concurrirán al jardín de infantes y representarán la obra para todos los niñitos que allí concurren, emitiendo alternativamente la voz gruesa del ogro y la aflautada de la gallina. Finalmente, los alumnitos aplaudirán y la joven maestra encargará la próxima tarea.

Hay otros padres que optan por representar obras de teatro, memorizando libretos, realizando ensayos durante semanas, y confeccionando sus complejos vestuarios. Todo a mano. Todo a pulmón. Estas labores insumen muchas horas de madrugada, en personas que ya tienen un empleo...o dos.

¿Y para qué hacen estas cosas, los pobres padres? Se supone que es en beneficio de sus hijos. Pero los niñitos de 3 años ni se enteran de todo eso. Las maestras obtienen una cierta satisfacción: el placer que da el mando. Impartir órdenes, recibir obediencia, examinar el trabajo de los padres...y juzgarlo.

Hay un inconveniente. En la familia moderna, tanto el padre como la madre trabajan 8 o 10 horas diarias, de modo que necesitan que el jardín maternal (cada vez más temprano: ya van niños de 2 y 3 años) les saque trabajo, y no que les agregue tareas. En una vida que ya está saturada de obligaciones odiosas, automóviles sin parking disponible, apuro, ruido, gritos, conflictos, piquetes, asaltos, bocinazos, insomnio.

Pero a los padres de hoy ni se les ocurre discutir las órdenes de la maestra. Son papis progres. Creen que los niños merecen todo ese terrible sacrificio, y no llegan a comprender que los hijos no lo necesitan. Lo único que los niños precisan es estudiar, obedecer, crecer, ser amados y respetados. ¡Todo aquello que, antiguamente, brindaba la educación!

Papá progre tiene una explicación para esta carnicería: "Cuando yo era chico, mi padre me hacía callar. No podía gritar a placer, ni interrumpir a los adultos, ni levantarme de la mesa sin pedir permiso. Era un sistema autoritario. Ahora me toca a mí ser padre, y no quiero que mis hijos sufran los horrores del oscurantismo, como los sufrí yo. Por eso me he propuesto hacer todo lo contrario de lo que hicieron mis propios padres. Hoy, mi obligación es escuchar a los hijos. Ellos pueden opinar tranquilamente sobre todo, interrumpir a cualquier adulto, hacerlo a los gritos y con palabrotas. Son niños libres".

Completa la mamá: "Los niños sólo deben jugar. Pasarlo bien. Ser felices. No se puede permitir que sufran. Mi mamá no me compraba juguetes, no me permitía quedarme a dormir en casa de mis amiguitas, y a veces me pegaba. Todo esto pertenece al pasado. Yo estoy al servicio de mis hijos, aprendo con ellos y aprendo de ellos".
En realidad, los papis progres van al jardincito, y a la escuela de los mayores, y luego al secundario durante las tomas revolucionarias u ocupaciones de protesta, más que los propios hijos. Han resuelto castigarse de esta forma, con una cantidad de obligaciones absurdas.

En las casas de familia ya no entran juguetes bélicos. Aquella pistolita de plástico, aquel Colt 45 de utilería, aquella metralleta de hojalata que tantos nos fascinaron durante la infancia, ya no existen. En aquellos tiempos lejanos, los varones jugábamos a los cowboys y nos tiroteábamos interminablemente por la vereda, en el patio, en el jardín. Nuestro acting de la muerte era una obra de arte que habíamos aprendido en mil películas del Oeste. Incluso conocíamos de memoria el nombre de las naciones indias: sioux, dakota, apache, comanche, cheyenne, piesnegros, mohicanos o mohawk. Todo ese mundo ha sido prescripto, sin reparar en que hay algo en el varón que lo inclina a la admiración del arma. Cualquier niño gusta de manipular revólveres de juguete, espadas, escudos, cañones, buques de guerra, que sólo encierran algún peligro en la imaginación de algunos supuestos expertos en psicología. En cambio, las niñas adoran los vestidos de gala, las parejas principescas, los carruajes, las hadas, los caballos blancos montados por gallardos principitos, los bailes, los zapatitos de Cenicienta, el beso del caballero, la madrastra mala y la mamita buena. ¿O acaso han prescripto los mitos de la humanidad más remota, como la pobrecilla que sube al trono, el campeón que vence al monstruo, el beso de amor que despierta el alma de la hembra dormida? ¿Ya expiraron el eterno femenino y el imperativo masculino? ¿Quién lo decretó?

¿Los psicólogos han descubierto algo nuevo, algo que no vieron Karl Jung y Sigmund Freud?

Cuando éramos chicos, en el Pleistoceno, el dictador fascista de la familia (papá) proclamaba: "En esta casa, las luces se apagan a las 10 de la noche". Y a esa hora se asomaba a nuestro cuarto para accionar el interruptor: "¡Buenas noches!".

Por supuesto, mientras nosotros dormíamos, la vida seguía, pero era una vida adulta. Nuestros padres tenían vida de personas grandes, con su vocabulario, su amistad, sus problemas y sus diversiones adultas. Nosotros estábamos en el quinto sueño. Hoy, en cambio, los adultos van con sus hijos a todas partes: cine, teatro, comidas de noche, fiestas y hasta teatros de revistas donde se cuentan obscenidades. Pero los niñitos tienen que estar siempre. ¡Nadie cometería la herejía de excluirlos!

Los papis progres nos miran a nosotros, los cavernarios, con un poco de lástima, como una persona sana contemplando a una momia, y explican: "El mundo ha cambiado, los niños son distintos. Ya no aceptan órdenes".

Padre y madre trabajan como demonios para seguir los dictados de este nuevo paradigma. Eso sí, no permiten que sus retoños prueben la comida chatarra, a saber una hamburguesa con papas fritas. Pura grasa: un veneno. Mejor una ensalada de rúcula o de endivias. ¡Eso es salud!

Una vez que los han alimentado con distintas verduras orgánicas e incontaminadas, nos aseguran que sus chicos están cada día más brillantes. Incluso afirman que son niños índigo o cristal. En todo caso: muy especiales, muy inteligentes, muy sensibles. Seres de luz.

- Jonathan y Priscilla son increíbles. Vos les decís que esto es un lápiz y ya lo entendieron. No se olvidan más: es un lápiz.

Comprobamos todas estas genialidades y, mudos de asombro, volvemos a nuestro nicho en la cripta.