• Caracas (Venezuela)

Rogelio Altez

Al instante

La rebelión del fantasma

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En este momento importa más la derrota que la victoria. Es en el porqué del revés del gobierno donde hay que leer con cuidado. Con el control de todas las instituciones públicas, con el Estado convertido en su aparato de partido, con la omnipresencia propagandística de costumbre, con las dádivas multimillonarias y la profundización del clientelismo, aun así, nada de eso fue suficiente y la oposición alcanzó los dos tercios de la AN. Su recurso más grandilocuente, la invocación del Comandante, acabó siendo un bumerán, y en la derrota puede apreciarse, además, que el fenómeno del chavismo parece distanciarse de quienes lo dirigen en este momento.

Un chavismo sin Chávez se antojaba indiscutible asido a su imagen (y sus ojos) como plataforma de todos los objetivos, pero las elecciones parlamentarias parecen haber dejado en claro que su fantasma no acepta controles, y que los hilos que pretendían hacerle bailar al son de la convocatoria electoral escaparon de las manos de sus titiriteros. Esta fuga de votos que puede interpretarse como un castigo tiene en el chavismo más genuino un gesto en contra de aquellos que hundieron el portaviones. También es una huida despavorida de esa voz que machaca los cerebros a diario repitiendo lo mismo una y otra vez desde hace década y media. Invocaron al tótem, como siempre, y conjugaron las masas, pero el voto que debía satisfacer la mirada del comandante optó por apartarse de la destrucción de su proyecto. En esa lectura va un buen porcentaje de la derrota.

En la victoria también hay lecturas importantes, pues del mismo modo que el aparato oficialista fue derrotado a pesar de tenerlo todo a su favor, la oposición logró barrerlos apenas recurriendo a las redes sociales y a la firmeza de algunos de sus dirigentes que no buscaron confrontaciones directas ni se obstinaron esperando renuncias o salidas intempestivas. En la convicción demócrata de quienes han luchado cada día por ponerle la mano en el pecho al autoritarismo hay un gran porcentaje de este triunfo. Ahora deben zafar la coyuntura electoral para abrazar un proyecto de país. Una victoria política es un compromiso con una sociedad, algo que va más allá del día de las elecciones. El país que espera un cambio demandará que ese compromiso se cumpla. Lo hará de inmediato y lo volverá a hacer en los próximos comicios, los que sean.

La oposición, esa entelequia que simula un espejo roto (cuya imagen refleja la realidad siempre dividida), tiene ahora un reto mayúsculo: no embriagarse de paroxismos y dejar de pensar en aplastar a su oponente, para hacer un intento por encaminar el país hacia una situación mejor, cuando menos. Tampoco será fácil, pues del otro lado sigue habiendo un contrincante, cebado en el engranaje del Estado y deseoso de retomar su primacía política. El camino hacia una transformación real de las instituciones y de la moral de esta sociedad explotada ideológicamente hasta el desquicio pasa por comprender que el trabajo es largo, y que hay que dejar de obnubilarse con la idea de una salida a las carreras, pues aun con una probable desbandada de dirigentes, en el país queda una importante cantidad de gente que cree (con fe, que es la única manera de creer) que la revolución es una realidad abandonada hace un par de años y que debe despertar para volver a andar.

La revolución tornó en valor y ha ido a parar más allá de los intereses de turno. Ya no necesita conductores, opera orgánicamente, se vuelve voluntad, como la del voto, que torció las vociferaciones y las propagandas, los millones de la campaña y la aplanadora mediática oficial, hacia un derrotero diferente. La revolución se rebeló, y asida al fantasma mil veces invocado dio un golpe sobre la mesa. Este domingo el chavismo se separó del gobierno.