• Caracas (Venezuela)

Rogelio Altez

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La Hidra inútil

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El chavismo es un movimiento, nunca un partido. Aunque lo ha pretendido, jamás podrá lograrlo. El objetivo de un movimiento es el poder; se constituye por ello y se despliega en consecuencia. Al lograrlo suele desvanecerse, o bien se funde en una nueva forma de organización que, preferiblemente, ha de ser un partido. De ahí la insistencia en convertirse en algo que, por su naturaleza, trascendería ese objetivo inmediato para intentar existir más allá de una o dos generaciones. Pero un movimiento es un aluvión caótico, una sumatoria de numerosas cosas no necesariamente homogéneas ni con los mismos intereses. Por tal motivo necesita un catalizador que mantenga esa unión (que no es lo mismo que unidad), pues de ello dependerá su éxito y su sostenimiento en el tiempo. Chávez era ese catalizador, y fue mucho más que eso.

Sin partido, el aparato del chavismo es el Estado, un monstruo antiguo que, como Cronos, devora a sus hijos, solo que aquí lo ha devorado todo, incluido el chavismo que, desde luego, no es su hijo. El monstruo es, con todo, más grande que aquello que se come. Crece de lo que se alimenta, pero se constituye de su alimento. Obeso, amorfo, lento, enfermo, este monstruo se ha convertido en algo peor.

Aquel catalizador fue un recurso excluyente, un mito en plena vida, el pegamento de esa masa heterogénea que le rodeó y decidió lanzarse al océano bajo su comando. Chávez lo sabía, sin su figura no habría orden en el circo. “Solo yo puedo calmar a mis locos”, dijo alguna vez. Esa reunión de diferencias que le rodeó y convirtió todos sus intereses en uno mismo, el poder, apenas creyó en una sola jerarquía y únicamente ante ella se rendía. Pero Chávez se fue y no volverá por más que le invoquen, y aunque en su último acto de liderazgo señaló un sucesor, sin su voz y su mando tales decisiones se diluyen.

Cada parte de esa heterogeneidad llamada chavismo asume que no hay jerarquía que le supere. Sin importar el cargo que ocupe, todas se creen poseedoras de la misma autoridad. Se miran de reojo y recelan entre sí. Se enfrentan en las entrañas del monstruo, que ahora es una pútrida oscuridad, tiniebla que les asfixia en sus propios miasmas. A dentelladas van pasando el tiempo.

 

Un Estado enfermo, de por sí, enferma a su sociedad, y no es capaz de solucionar nada. Se le han venido encima todos los problemas, los de siempre y los que ha creado con su propia actuación. Se destruyó por dentro y va camino a destruirlo todo. Le arrincona una sequía; le asustan las lluvias; naufraga en inflación; acumula delincuencia; multiplica la pobreza; no produce nada; tampoco permite que otros lo hagan; y se consume a sí mismo. Ésa es su mayor enfermedad. Con cada mordisco que se inflige sangra petróleo devaluado, y no hay transfusión que le recupere.

Ha devenido en una Hidra, monstruo de nueve o miles de cabezas, tantas como intereses haya en esa masa que alguna vez fue un movimiento político. No hay manera de negociar con una cabeza sin complacer a las demás, y esto es imposible. Al cortar una, nace otra de su propio cuello. Con este adefesio de aliento venenoso y sin jerarquías no habrá acuerdos ni diálogos.

Pero esta es una Hidra tan omnipresente como inútil. Gigantesca y voraz se come a sí misma matando a las cabezas más pequeñas. Está en todas partes y no controla nada. Mira con ojos de Chávez como si eso fuese suficiente, aunque no es capaz de resolver ni el más nimio de los conflictos, ni siquiera en su favor. Asiste al desmoronamiento de su mundo, a las balas de cada día y cada noche, a las interminables esperas tras algún kilo de arroz o un bollo de pan, al caos que creó como un juego electoral y que hoy le persigue como las Erinias. Contempla su apocalipsis sin intención de comprender, solo dispuesta a seguir ahí, a pesar de todo, mordiendo, sangrando, enferma.

Torpe e ineficiente, enreda sus largos cuellos con la cola y tropieza sin caerse aun. Tambalea entre vómitos de billetes inútiles y se ahoga con su propio veneno. No hace nada bien. Levanta un puente y construye una hilera torcida de defensas que ondula sobre un asfalto desnivelado. Entrega viviendas en riesgo y aplaude el desastre que vendrá. Hace de la pobreza un negocio y cuelga un cartel que dice “socialismo”. Mancha todo de rojo queriendo decirse de izquierda y viste de verde dólar.

Inútil y cruel, ríe con sorna mientras sus jóvenes se agolpan en el aeropuerto en desbandada. Con hálito de improductividad contamina de desorden, mata de desidia, miente y desprecia. Su alma de milico nos mira cual subalternos y su voz de mando grita prepotencia, repudia, infecta.

Como Heracles, habrá que cubrirse la boca para evitar el aliento envenenado de la Hidra, y luego rendirla. El monstruo del Estado hizo del chavismo otro monstruo, o viceversa, fundiéndose en uno mismo. He ahí el dilema: para curar a uno habrá que sanar al otro, y seguir adelante. Transformar monstruos en criaturas afables es, ahora más que nunca, una necesidad ineludible, y no un mito.